Mito #1: Hay una forma de hacer esto a la perfección
Sabemos que no podemos, así que, ¿por qué nos castigamos cuando nos equivocamos?
El primer problema que tenemos que abordar con respecto a este mito es que lo perfecto podría ser un objetivo que siempre cambia. La próxima vez que intentes conocer a una pareja nueva, pregúntales a cada uno cuál es la temperatura ideal para su casa. No es imposible encontrar una pareja que comparta las mismas preferencias de temperatura, pero es ridículamente común encontrar una pareja que nunca se ponga de acuerdo en la configuración correcta. Mi esposa prefiere una temperatura agradable de 26 grados Celsius en casa. (Me arrepiento de no haber incluido algunas normas sobre el termostato en nuestros votos matrimoniales). Yo diría que se equivoca por al menos en 12 grados. Si no puedo usar una sudadera con capucha y pantalones de ejercicio en mi propia casa los doce meses del año, entonces no me siento cómodo.
En muchas situaciones familiares, lo que alguien considera un resultado perfecto o una decisión perfecta es subjetivo. Lo que sería perfecto para un padre sería un fracaso para el otro. Lo que es una respuesta ideal para un hijo puede que no le afecte a otro. Da la sensación de que lo perfecto siempre está cambiando.
El segundo problema que tenemos es que la crianza de los hijos es increíblemente importante. Cada vez que algo es muy importante, viene con una presión extra para hacerlo bien. Esto puede volver locos a las mamás y a los papás. El área de nuestra vida que más queremos que sea perfecta es también la más importante. Esto es una receta para la vergüenza, la culpa, la desesperación y el conflicto.

El paso para superar este mito no es solo saber que no vas a ser un padre o una madre perfecto; es dejar de culparte cuando no lo logras. ¿Podemos intentar hacerlo mejor? Siempre. ¿Podemos hacer más? Claro que sí. ¿Queremos hacerlo bien? Por supuesto. Pero no es la voz del Señor la que atormenta a quienes se quedan cortos. Él es quien establece el estándar y perdona a los descarriados.
Hay una forma de criar a tus hijos que honra a Dios, que recorre su camino estrecho, y que nos exigirá buscar Su perdón y ayuda. Necesitaremos perdón porque nuestro pecado se colará en nuestras familias, y necesitaremos ayuda porque la tarea de guiar a una familia para que siga a Dios requiere el poder del Espíritu Santo. Nunca vas a ser un padre o una madre perfecto, pero siempre podrás apoyarte en un Dios perfecto.

Mito #2: No hay forma de hacerlo bien
El otro extremo del mito de creer que podemos encontrar algo de perfección en nosotros mismos es creer que no hay nada bueno que podamos hacer en absoluto. Quizás te identifiques con algunas de estas cosas que veo en mí. No me cuesta para nada creer en las críticas, y tiendo a rechazar los comentarios positivos. Me hablo a mí mismo de formas en las que nunca dejaría que alguien más me hablara. Les aconsejo a los demás que se animen de maneras que a mí me costaría mucho aceptar. A veces no hay nada más fácil para mí que creer que “no puedo” hacer algo que requiere un alto nivel de habilidad y mucho esfuerzo. Admito sin dudar que en algunas cosas soy inepto, en otras soy perezoso y en muchas me falta tanto motivación como habilidad. Gran parte de la teología de mi infancia estaba tan impregnada de lo que no puedo hacer por Dios debido a mi depravación, que empecé a creer que no había nada bueno que pudiera hacer. Empecé a creer que las buenas obras eran imposibles y que los pecadores no podían hacer más que causar desagrado a Dios.

Luego tuve hijos y me di cuenta de que incluso los niños imperfectos, malhumorados y rebeldes me dan alegría. Y si puedo alegrarme con mis hijos imperfectos, ¿cuánto más debe poder alegrarse de mí el Padre celestial, que es perfecto? Puedo creer más que nunca que Él habla en serio cuando dice en 1 Juan 3:1: “Miren cuán gran amor nos ha otorgado el Padre: que seamos llamados hijos de Dios. Y eso somos”. Y aunque Su agrado no depende de mis habilidades, Él nos da el poder, en nuestra unión con Cristo, para hacer cosas buenas, con fe, que le agradan. Cosas buenas en nuestro hogar que Él preparó de antemano para que las hiciéramos. Bondad que llega a mí como un fruto del Espíritu.
Mito #3: Estoy demasiado agotado
La verdad es que esto solo es un mito a veces. El agotamiento es algo muy real. El exceso de trabajo es un problema de verdad. La razón por la que quiero incluirlo aquí es porque gran parte del buen trabajo de discipulado y crianza de los hijos no se hace con la excusa del agotamiento cuando, en realidad, no es energía lo que nos falta, sino entusiasmo. Tenemos mucho en el tanque. ¡Podemos hacerlo! Simplemente, la verdad es que no tenemos ganas.

Cuando Dios nos ofrece el fruto de la “paciencia”, nos ofrece la tenacidad para seguir adelante incluso cuando las cosas se ponen difíciles. El Nuevo Testamento se parece mucho más a la determinación que a una espera tímida. Cuando Dios nos ofrece paciencia, nos ofrece la capacidad de seguir adelante incluso cuando las cosas se ponen difíciles. Por eso, a veces esa palabra se traduce como tolerancia o perseverancia.
En la crianza de tus hijos te vas a cansar, y con mucha frecuencia no vas a tener ganas de hacer lo que deberías hacer. Pero, en Cristo y al caminar según el Espíritu, se te ofrece el don de la paciencia: la capacidad de seguir adelante incluso cuando, fuera de Cristo, nos habríamos rendido.

Mito #4: Estoy demasiado ocupado
Lo entiendo. Estás trabajando. Estás tratando de coordinar tus horarios. No duermes toda la noche. Sé que tienes mucho que hacer. No digo que te equivoques al pensar que tu vida está muy ocupada. El mito es que la razón por la que no estás guiando a tus hijos es que estás demasiado ocupado. Esto lo escucho mucho. No leemos la Biblia juntos, ni vamos a la iglesia juntos, ni pasamos tiempo juntos porque estamos demasiado ocupados. Sin embargo, nunca he conocido a una familia que me haya dicho que nunca comen porque están demasiado ocupados. Ni a una familia que haya dicho que sus hijos no tienen tiempo para estudiar porque la familia está demasiado ocupada.
La verdad es que no estamos demasiado ocupados para discipular a nuestros hijos; es que otras cosas se han vuelto más importantes para nosotros. ¡Claro que te va a costar algo seguir a Dios juntos, como familia! Eso es lo que es un sacrificio vivo de adoración: algo costoso que le damos a Dios. Ya sea nuestra fuerza, nuestro tiempo o nuestras preferencias, lo ponemos todo a los pies de Cristo y decimos: cuanto más me cuesta, más me doy cuenta de que es un acto de adoración.
Probablemente tu familia esté ocupada. Pero ocupémonos de hacer lo que Dios nos llamó a hacer, aunque nos cueste todo lo demás que nos gustaría hacer.
Mito #5: Cuanto más control tenga, mejor le irá a mi familia
Nuestros hijos tienen una imaginación desbordante cuando son pequeños. Ven unicornios y monstruos, sus juguetes cobran vida para jugar con ellos y hay algo escondido debajo de su cama. La verdad es que sus papás también tienen una imaginación desbordante. Nos imaginamos que cuanto más control tengamos sobre nuestros hijos y sus circunstancias, mejor les irá. Esto, por supuesto, nos genera ansiedad y preocupación porque todos los días tenemos que enfrentar el hecho de que, en realidad, no tenemos el control.
Una de las mentiras más comunes que veo en los matrimonios jóvenes es: si mi pareja pensara igual que yo sobre esto, todo sería mejor. Hacemos lo mismo con la forma en que seguimos a Dios en nuestros hogares. Si Dios pudiera hacer que esto saliera como yo quiero, todo sería mejor. En otras palabras, la raíz de este mito es que actúo como si supiera mejor que Dios qué es lo que nos conviene a mí y a mi familia.

Dios siempre es bueno, y siempre puedes confiar en Él, incluso en medio del sufrimiento. Sus caminos son sin duda más elevados que los nuestros. No necesito intentar estar en todas partes, saberlo todo ni ser todopoderoso. Confío en un Dios que sí es todo eso. Cuanto más me entregue a Dios, mejor estará mi familia.
Publicado originalmente en Crossway.