Los consejeros matrimoniales, los pastores y las parejas sabias te dirán lo mismo una y otra vez. Normalmente no acabas con tu matrimonio de un solo golpe catastrófico, sino con mil pequeños detalles que, al final, lo llevan a la muerte.
Nadie se para frente al altar, mira a los ojos a la persona que ama y piensa: ¡No veo la hora de que empecemos a tener resentimiento el uno contra el otro! Nadie planea convertirse en compañeros de cuarto, llevar la cuenta, usar viejos pecados como arma, descuidar la intimidad o pasar veinte años poniendo a todos los demás antes que al otro. Simplemente pasa poco a poco… un pequeño paso a la vez.
Quizás te encuentres mirando hacia atrás en tu matrimonio y empieces a ver dónde comenzaron a aparecer esos pequeños pasos. Te has dado cuenta de que dejaste de hacer ciertas cosas cómo solías hacerlas, empezaste a tolerar ciertos pecados, escuchaste las voces equivocadas, dejaste que los niños tomaran el control, dejaste de lado la intimidad, dejaste de perdonar rápido y perdiste las ganas de servir desinteresadamente.
En algún momento del camino, el pacto que alguna vez atesoraste empieza a funcionar más como un contrato que estás renegociando constantemente.

Salomón advirtió sobre esto cuando escribió acerca de “las pequeñas zorras que arruinan las viñas” (Cnt 2:15), porque los matrimonios con frecuencia se arruinan de esa manera. Las cosas pequeñas se convierten en grandes cuando se les permite seguir sin control.
En el artículo de hoy, quiero adoptar un enfoque contraintuitivo (¡aunque te parezca provocativo!), porque puede ser una forma útil de impulsarnos a actuar. Al igual que en las Cartas del diablo a su sobrino de C. S. Lewis, puedes imaginarte a los demonios ideando estrategias para atacar tu matrimonio con estas ideas.

Si quieres matar poco a poco tu matrimonio, no necesitas una aventura, un escándalo explosivo ni una salida dramática. Solo empieza a hacer estas seis cosas una y otra vez:
1. No perdones
Si quieres acabar con tu matrimonio, asegúrate de que el evangelio se quede en la puerta de tu casa. Celebra que Cristo haya perdonado tu enorme deuda, pero exígele a tu pareja que pague la suya. Guarda los comprobantes. Repite una y otra vez los fracasos del pasado. Reabre casos cerrados. Haz que el arrepentimiento no sea suficiente. Perdona con la boca mientras mantienes un registro mental detallado de cada ofensa. Ignora los mandamientos de las Escrituras de perdonar tal como Dios también te ha perdonado en Cristo (Ef 4:32; Col 3:13). No te preocupes de que el amor bíblico no lleva en cuenta el mal sufrido (1Co 13:5).
Cuando el pecado haya sido confesado y haya arrepentimiento de verdad, asegúrate de desenterrar lo que tu pareja ha enterrado en la cruz de Cristo.

2. Busca muchos consejos mundanos
Cuando el matrimonio se complique, rodéate de gente que siempre se ponga de tu lado y te diga lo que quieres oír. Busca amigos que validen cada sentimiento, refuercen cada sospecha y te aseguren que tu felicidad es la máxima prioridad. Mejor aún, basa tu filosofía matrimonial en TikTok, Instagram, las celebridades, los terapeutas seculares y los influencers que no comparten tus convicciones sobre Dios, las Escrituras, el pacto, el sacrificio o la santidad. Las Escrituras advierten que “las malas compañías corrompen las buenas costumbres” (1Co 15:33), ¡pero es que Pablo solo estaba siendo dramático y legalista! No le prestes atención al hecho de que “el compañero de los necios sufrirá daño” (Pro 13:20). Con el tiempo, las voces que escuchas una y otra vez empiezan a moldear tu forma de pensar, pero no queremos darle demasiada importancia a esa verdad a costa de las personas que nos hacen sentir tan bien con nosotros mismos.

3. Pon a tus hijos en el centro
Esto suena noble porque los buenos papás se sacrifican muchísimo por sus hijos. Pero si quieres ir vaciando poco a poco tu matrimonio, haz que los hijos sean el centro de la familia. Deja que el fútbol, el baile, la tarea, los torneos, las actividades, las fiestas de cumpleaños y su universo emocional lo consuman todo. Deja de salir con tu pareja porque los hijos te necesitan. No dejes espacio en tu corazón para la intimidad con tu pareja porque los hijos son tu ídolo supremo. Deja de hablar de cualquier cosa que no sean horarios y logística, y conviértete en un excelente coadministrador de los hijos mientras, poco a poco, te vas convirtiendo en un extraño para tu pareja.
Tu pastor te ha advertido que, aunque los hijos son un regalo extraordinario de Dios (Sal 127:3), son pésimos dioses, pero ese tipo de consejo parece tan míope. Aunque los hijos nunca fueron diseñados para cargar con el peso de ser el centro de tu hogar, es importante para la muerte de tu matrimonio que cargues sus pequeños hombros con toda tu adoración. Uno de los mejores regalos que puedes darles a tus hijos es un asiento de primera fila para ver un matrimonio fiel, afectuoso y centrado en Cristo, pero si quieres acabar con tu matrimonio, simplemente cree que el mejor regalo que puedes darles a tus hijos es tu adoración.

4. Trata el sexo como un “extra” opcional
Para acabar con un matrimonio, tienes que dejar de buscar la cercanía del otro. Necesitas menos caricias, coqueteo, abrazos al despertarte y besos de buenas noches. Deja de hablar con sinceridad sobre lo que pasa en la cama y en sus corazones. ¡Deja que el cansancio, las excusas, el resentimiento, la inseguridad, el ajetreo, el trabajo y los hijos consuman toda la energía que te queda y luego manipula a tu pareja para que piense que es su culpa!
Con el tiempo, empieza a vivir como si fueran compañeros de cuarto y luego finge sorprenderte cuando te sientas como tal. Debido a que las Escrituras tratan la intimidad sexual en el matrimonio con mucha más seriedad de lo que con frecuencia lo hacemos en nuestras vidas tan ocupadas, querrás evitar cualquier enseñanza bíblica sobre el sexo, la intimidad y cómo atender las necesidades de tu esposo o esposa. El afecto conyugal generoso y hacer caso a la advertencia de Pablo de no privarse el uno al otro, salvo temporalmente y de mutuo acuerdo (1Co 7:3-5), solo conducirá a la plenitud sexual, así que es mejor ignorar esas verdades. No luches por la intimidad, no luches por la privacidad y, sobre todo, no saques el tema. Escóndelo debajo de la alfombra conyugal.

5. Deja de poner sus necesidades por encima de las tuyas
El matrimonio se vuelve increíblemente fácil de destruir una vez que ambos empiezan a llevar la cuenta. Pensamos: Yo tomé la iniciativa la última vez. Yo me disculpé primero. Yo hago más cosas por aquí. Yo gano más dinero. Ella no ha hecho esto, así que yo no voy a hacer aquello. Él dejó de intentarlo, ¿por qué debería hacerlo yo?
Cuando cada acto de amor se convierte en una transacción, ¡ya vamos por buen camino hacia el último aliento!
La visión cristiana del matrimonio va en la dirección opuesta, así que debemos evitar a toda costa el modelo de Cristo. “No hagan nada por egoísmo o por vanagloria” (Fil 2:3) ¡Nunca! A menos que quieras que tu matrimonio empiece a florecer.

6. Trata el matrimonio como un contrato en lugar de un pacto
Esta puede ser la forma más rápida de acabar con tu matrimonio. Un contrato dice: “Cumpliré mis obligaciones siempre y cuando tú cumplas las tuyas”. Un pacto dice: “Te di mi palabra”. Uno da vida, el otro trae la muerte.
El matrimonio por contrato lleva la cuenta, el matrimonio por pacto cumple promesas. El matrimonio por contrato se pregunta si la otra persona sigue cumpliendo con las expectativas, mientras que el matrimonio por pacto se pregunta cómo puedo permanecer fiel ante Dios. El matrimonio por contrato se basa en proteger mis intereses, mientras que el matrimonio por pacto se basa en entregarme por completo.
El matrimonio comenzó con un lenguaje de pacto: “Por tanto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Gn 2:24). Las Escrituras llaman explícitamente al matrimonio un pacto ante Dios (Mal 2:14), y Pablo, en última instancia, señala que el matrimonio va más allá de uno mismo, hacia Cristo y Su iglesia (Ef 5:31-32). Por eso, para acabar con un matrimonio, rechaza esas realidades y elige una unión transaccional, como un negocio, en lugar de un compromiso de alianza.
Así que, si quieres acabar con tu matrimonio, convierte esos votos en términos y condiciones. Solo da cuando recibas, solo sirve cuando te sirvan, solo sé tierno cuando se lo merezcan y solo cumple tus promesas cuando el otro cumpla las suyas.
Pero si quieres un matrimonio que sobreviva a los cambios en el cuerpo, a los cambios en las cuentas bancarias, a las épocas difíciles, a las decepciones, al sufrimiento, al pecado, a los fracasos y a décadas de vida juntos, simplemente haz lo contrario de estos seis “asesinos del pacto”.
Publicado originalmente en For the Gospel.
