La pereza no es una virtud que tolere en mi vida, ni le damos mucho margen a nadie que contratamos en For the Gospel o en Shepherd’s House (donde soy pastor). En mi casa, tanto a mi esposa como a mí nos molesta la pereza. Sin embargo, al mismo tiempo, me veo en la necesidad de revisar constantemente mi agenda y mis compromisos para asegurarme de que estoy dando lo mejor de mí con gozo, porque el trabajo es una forma de adoración, pero sin dejar de tener cuidado de no empezar a adorar al trabajo.
¿Te suena familiar? Ya seas dueño de un negocio, mesero, estudiante universitario, maestro, abogado, atleta o mamá que se queda en casa, Dios nos da responsabilidades y debemos cumplirlas con diligencia. Debemos estar presentes, dedicarle las horas necesarias, ir más allá, cumplir nuestra palabra, terminar la tarea y trabajar con excelencia incluso cuando nadie nos está viendo, porque el trabajo es adoración al Señor (Col 3:23).
Pero hay otro peligro: que nos dediquemos tanto al trabajo que pasemos de que “el trabajo es adoración” a adorar al trabajo. Debemos ser adoradores por medio de nuestro trabajo, no adoradores de nuestro trabajo. Pero ¿cómo sigues esforzándote al máximo sin convertir el trabajo en tu dios? Las Escrituras nos dan un camino, y he estado reflexionando sobre estas verdades durante los últimos meses porque, al igual que tú, quiero darlo todo por el evangelio y ser diligente en el arado, pero al mismo tiempo, quiero mantener el trabajo en el lugar que le corresponde.

Para asegurarnos de que abordamos el trabajo con la mentalidad correcta, quiero empezar con unas palabras sobre trabajar duro, y luego quiero que pensemos en lo que está pasando en nuestros corazones.
1. Trabaja duro porque Dios te creó para trabajar
El trabajo ya existía antes de que el pecado entrara al mundo. Dios puso a Adán en el jardín para que lo cultivara y lo cuidara (Gn 2:15). El pecado trajo frustración al trabajo, pero no convirtió al trabajo en sí mismo en una maldición. Mi pasaje favorito de la Biblia es Colosenses 3:23, donde Pablo les dice a los creyentes que trabajen de todo corazón como para el Señor y no para los hombres. Aplicar este pasaje a nuestros trabajos implica preparación, seguimiento, integridad y esfuerzo (entre otras cosas), lo que significa que tu jefe no debería tener que perseguirte ni presionarte, tus compañeros de trabajo no deberían detestar tu falta de esfuerzo y tu familia no debería preguntarse si vas a ser un proveedor confiable.
Proverbios 18:9 dice que el holgazán es como un hermano del destructor. Las responsabilidades descuidadas lastiman a la gente. La pereza puede disfrazarse de espiritualidad o parecer que eres una víctima, pero llamar a la procrastinación “confiar en Dios” o usar excusas evitables para tu falta de acción sigue siendo pereza.
Si este es tu caso, toma medidas identificando una responsabilidad que hayas estado evitando. Programala, hazla y deja de esperar a sentirte motivado.

2. Analiza qué le está aportando tu trabajo a tu corazón
Las horas que le dedicas a trabajar importan, pero también tus motivos. Con frecuencia les digo a los hombres de nuestra iglesia: “No eres lo que haces”, porque como hombres podemos convertirnos en adictos al trabajo cuando es en él donde encontramos nuestra identidad. En última instancia, nuestra identidad debe estar arraigada en Cristo y en quiénes somos como Su pueblo, no en nuestra productividad ni en nuestra ética laboral. Hay quien puede trabajar muchas horas durante una temporada exigente con un corazón fiel, y hay quien trabaja un horario normal pero está obsesionado con el reconocimiento, el estatus y el éxito. ¡Lo importante no son las horas, sino el corazón! Deberíamos hacernos preguntas como: ¿qué creo que me va a dar este logro? ¿Estoy buscando la importancia de una manera poco saludable? ¿He ido más allá de buscar lo necesario para vivir y ahora me mueve la codicia? ¿Quiero ser excelente porque tengo una buena ética laboral o estoy buscando la aprobación por medio del perfeccionismo?
Jesús nos advierte que no podemos servir a Dios y a las riquezas al mismo tiempo (Mt 6:24). El dinero es un amo despiadado, y también lo es la identidad que se construye en torno a ganarlo. Si las críticas en el trabajo te destruyen, el éxito te hace sentir superior o el hecho de no estar disponible te hace sentir importante, examina qué es lo que estás adorando. Si el trabajo es donde encuentras tu satisfacción y a tu familia le tocan las sobras de tu energía y atención, examina qué es lo que estás adorando.

3. No dejes que una responsabilidad absorba a las demás
Mantener a tu familia es importante, y trabajar da un propósito, pero también lo es estar presente con tu familia y cumplir con muchas de las otras cosas que Dios nos llama a vivir como creyentes.
Las Escrituras nos dicen que los esposos amen a sus esposas, que los padres eduquen a sus hijos en el Señor y que los creyentes se reúnan con la iglesia (Ef 5:25; 6:4; Heb 10:24-25). Un sueldo no cumple con todos los mandamientos, ¡así que hay que analizar si el trabajo ha pasado de ser una expresión de nuestra adoración a convertirse en el objeto de nuestra adoración!
El hombre que dice: “Hago todo esto por mi familia”, debería preguntarse si su familia siente su amor o, sobre todo, su ausencia. Hay épocas que exigen sacrificios inusuales, y debemos preparar a nuestras familias para eso. Pero una etapa exigente necesita una explicación honesta y una reevaluación constante. Tenemos que dejar de justificar nuestra mentalidad adicta al trabajo diciendo cosas como: “Al final las cosas se calmarán y entonces pasaré más tiempo con la familia”. La verdad es que no se van a calmar porque el trabajo nunca lo hace, y nada cambiará a menos que tú cambies de marcha.

4. Pon límites al trabajo antes de que el trabajo te límite
Recuerdo haber tenido una conversación importante con mi esposa en una época en la que el ministerio se estaba apoderando de todo. Yo no lo veía como un problema. ¡Lo veía como algo productivo! Y como se trataba de la obra del reino, era fácil “bautizarla” como algo espiritual y necesario. Al final, mi esposa y yo nos sentamos a pensar en qué aspectos el ministerio estaba empezando a invadir mi primer ministerio. Desde entonces, hemos puesto nuestro calendario familiar en primer lugar y luego filtramos las oportunidades del ministerio a través de él. Esto no significa que no cambiemos las cosas para adaptarnos a las necesidades de la iglesia o del ministerio, más bien, significa que la familia nunca siente que le están dando las sobras o que se la deja para el final. Hemos descubierto que los esposos y las esposas son extremadamente comprensivos y están de acuerdo con los cambios cuando se le ha dado prioridad al matrimonio de manera constante.
¿Cómo se vería eso en tu caso? El trabajo casi nunca te dice que ya ha recibido suficiente de ti, porque siempre hay otro correo, otra oportunidad y otro problema que resolver. Necesitas límites guiados por tus responsabilidades. Planea cuándo vas a parar. Decide cuándo vas a guardar tu celular. Protege el tiempo para la adoración, el matrimonio, los hijos y el sueño. Deja espacio para las emergencias reales sin tratar cada solicitud como si fuera una.

El Salmo 127:2 dice: “Es en vano que se levanten de madrugada, que se acuesten tarde, que coman el pan de afanosa labor, pues Él da a Su amado aun mientras duerme”. Este salmo es confrontativo y nos recuerda que Dios les da descanso a Sus amados. Eres una criatura dependiente y no puedes seguir sin parar. La necesidad de descanso de tu cuerpo es parte del diseño de Dios, y tu familia necesita tu tiempo y atención como parte del orden saludable que Dios estableció para tu hogar.
5. Aprende a dejar el trabajo sin terminar en manos de Dios
A veces, el momento más revelador llega después de cerrar la computadora. ¡Sé que a mí me pasa así! Porque incluso cuando la computadora está apagada, mi mente no se detiene.
Aquí es donde tenemos que ser honestos con nosotros mismos y darnos cuenta de que podemos estar presentes en cuerpo, pero ausentes en mente. Sentados a la mesa en casa, pero con el corazón todavía en la sala de juntas.
Eclesiastés 4:6 recomienda un puñado de descanso antes que dos puñados llenos de trabajo y correr tras el viento, lo que básicamente significa que producir más no siempre lleva a una vida más fiel.
El descanso requiere que confiemos en el Señor, y es bueno que nos recordemos que Dios sigue gobernando el mundo mientras dejamos de trabajar. Él también gobierna los resultados que no puedes controlar mientras trabajas.

6. Valora más la fidelidad que el éxito secular
Los ingresos, los ascensos y el crecimiento pueden ser medidas útiles, pero no cuentan toda la historia de la fidelidad. No te dicen si te estás convirtiendo en un hombre piadoso, en un mejor esposo o en un amigo que se parece a Cristo. Más que tus cifras de ventas o tu sueldo, la verdadera medida del éxito es el carácter de un hombre.
¿Eres sincero? ¿Estás dispuesto a aprender? ¿Eres generoso? ¿Eres paciente? ¿Cumples con tus compromisos? ¿Pueden las personas más cercanas a ti ver el fruto del Espíritu (Ga 5:22-23)?
En el ministerio, una iglesia en crecimiento puede ocultar un alma que se está encogiendo. En el mundo de los negocios, una empresa en crecimiento puede servir de excusa para un hombre infiel. Pero la mejor manera de asegurarte de que esto no te pase a ti es redefinir lo que llamas “éxito”. Lo que el mundo mide está en el exterior, pero lo que Dios ve está en el interior.
Así que esfuérzate al máximo, rechaza la pereza, busca la excelencia, pero recuerda: Cristo aseguró tu salvación por medio de la cruz y tú no eres lo que haces. Tu identidad se basa en a quien le perteneces.
El trabajo es una parte importante de nuestra adoración, pero debemos estar vigilantes para no acabar adorando a nuestro trabajo.
Publicado originalmente en For the Gospel.
