Crecí con un papá que dormía en casa, pero que, en general, no estaba ahí para mí ni para mi hermano. Era un buen sostén de la familia, y yo estaba orgulloso de su extraordinaria fuerza física, pero nunca venía a mis partidos ni a ninguna actividad escolar. Nunca tuve la oportunidad de jugar a la pelota, ir de campamento o pescar con él. Era un mecánico experto, pero no se tomó el tiempo para enseñarme a trabajar con las manos. Siempre estaba yendo al trabajo o, cuando estaba en casa, ocupado con otra cosa o leyendo el periódico. Aparte de decirme que hiciera varias tareas, casi nunca me hablaba, y tenía muy poco contacto con él. Aunque mi mamá siempre estaba ahí y era muy accesible, parecía que a mi papá no le interesaba nada de mí.
Cada persona es diferente, pero lo que me pasó a mí fue que la ausencia de mi papá terrenal me hizo valorar aún más el momento en que entré en una relación con Jesús y, por tanto, en una relación con mi Padre celestial. Este Padre me amaba incondicionalmente y, a pesar de Sus altas expectativas, nunca me pidió que hiciera nada para lo cual no me diera la fuerza necesaria, y siempre estaba dispuesto a perdonarme cuando fallaba, cosa que me pasaba seguido.

Descubrí que Dios el Padre es 100 por ciento confiable, un proveedor infinitamente poderoso que creó el universo mismo, no solo para Su gloria, sino también para mi bien, como Su hijo. Creía, y ahora lo creo más que nunca, que Él se interesa de manera personal y genuina por mi vida. Él me hizo de cierta manera, y cuando uso mis dones y habilidades para servirle, soy Su aprendiz, habiendo aprendido a Sus pies, bajo Su guía. Es un honor y un gozo cuando me parezco un poco a mi Padre celestial. Él lo es todo para mí.

Baso estos conceptos no en ilusiones, sino en la Palabra revelada de Dios y en sus promesas compradas con sangre. Soy hijo de Dios, nacido en Su familia: “Pero a todos los que lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en Su nombre, que no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios” (Jn 1:12-13).
Pero como si nacer en Su familia no fuera suficiente, las Escrituras dicen que Él también decidió adoptarme: “Pues ustedes no han recibido un espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor, sino que han recibido un espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos: ‘¡Abba, Padre!’” (Ro 8:15). Él no es un Padre distante e inaccesible. Me encanta llamarlo “Abba, Padre”.

Siempre tengo acceso a Él, el Rey del universo. Su sala del trono está siempre abierta para mí, Su hijo, y Él siempre tiene tiempo para mí: “Acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna” (Heb 4:16).
Aunque a mi papá terrenal con frecuencia parecía imposible de ser complacido, mi Papá celestial parece ansioso por decirme: “Bien hecho”. No solo está dispuesto a pasar tiempo conmigo, sino que también está ansioso por hacerlo, y llegó a extremos increíbles para que yo pudiera pasar la eternidad viviendo con Él en Su hogar, con Él siempre ahí para mí, y yo siempre capaz de servirle con orgullo. Es un privilegio adorarlo y llamarlo mi Papá.
Más tarde tuve el privilegio de llevar a mi papá a Jesús cuando tenía 84 años. Durante los últimos cinco años de su vida, cuando se estaba debilitando y necesitaba mi ayuda, por fin nos acercamos mucho. No veo la hora de reunirme con mi papá terrenal en el cielo, transformado a la imagen de nuestro Padre celestial común.
Publicado originalmente en Eternal Perspective Ministries.