A lo largo de los años, el nombre que le he dado a mi forma de entender el papel tan importante que juega el gozo, no solo en la vida cristiana, sino en toda la creación y en los propósitos de Dios en ella, es hedonismo cristiano. Y la descripción más breve del hedonismo cristiano es que Dios es más glorificado en nosotros cuando estamos más satisfechos en Él.
Mi camino hacia esta comprensión durante los últimos treinta años más o menos se ha visto influido principalmente por Jonathan Edwards, C. S. Lewis y el apóstol Pablo, pero en realidad se remonta a mi papá. Mi papá fue probablemente el hombre más feliz que he conocido, y también, estaba lleno y consumido por la gloria de Dios. Así que había estas dos cosas en la vida de mi papá que algún día tenía que tener una resolución o una explicación. El gozo abundante y el compromiso total con la gloria de Dios tenían que ir de la mano de alguna manera.
Pequeños deseos por las grandes cosas
Después de mi papá, C. S. Lewis entró en escena con su increíble afirmación de que nuestro problema como seres humanos no es que nuestros deseos sean demasiado fuertes, sino que son demasiado débiles. Yo pensaba que mis deseos eran el problema. Lewis dice: “No, tus deseos no son el problema. La debilidad de tus deseos es el problema. Eres como un niño jugando en los barrios marginales con tus pastelitos de lodo porque no puedes imaginar cómo son unas vacaciones en la playa”. En otras palabras, tus deseos por las grandes cosas que Dios te está ofreciendo son demasiado pequeños. Tu problema no son los grandes deseos, sino los pequeños deseos por las cosas grandes.

Jonathan Edwards fue la mayor influencia de todas. Él dice que Dios Todopoderoso, en Su forma trinitaria, es Dios Padre, quien tiene una idea de Sí mismo que se manifiesta en Dios Hijo, y quien se deleita en Sí mismo, lo cual se manifiesta en Dios Espíritu Santo, que se mueve de un lado a otro como una persona entre Padre e Hijo. Entonces, cuando Dios crea a los seres humanos, estos son a Su imagen para que glorifiquemos a Dios tanto al tener una idea correcta de Él, la verdadera doctrina, como al tener emociones apropiadas y apasionadas hacia Él. Así que tengo estas dos grandes facultades que se agitan en mí: una facultad de pensar que Dios es glorificado al pensar correctamente acerca de Él, y una facultad de sentir que Dios es glorificado al sentir correctamente acerca de Él.
Y detrás de todo eso estaba la Biblia, que nos dice una y otra vez que glorifiquemos a Dios, y también nos dice una y otra vez que nos deleitemos en Dios. Entonces, ¿cómo se unen estos dos mandamientos?

Esa pregunta me llevó al Catecismo de Westminster y a su primera pregunta: ¿Cuál es el fin principal del hombre? Respuesta: El fin principal del hombre es glorificar a Dios y deleitarse en Él para siempre. Y me pregunto: ¿Es solo y? ¿Qué significa ese “y”? ¿Acaso el fin principal del hombre no es glorificar a Dios al deleitarse en Él para siempre? Eso es lo que dijo Edwards. Eso es lo que dio a entender Lewis. Eso parecía ser lo que estaba surgiendo en la vida de mi papá. Pero ¿es bíblico?
Por qué la muerte es ganancia
Esto nos lleva a Filipenses. Filipenses 1:20-21, este fue el texto clave que me convenció de que Dios es más glorificado en nosotros, o Cristo es más exaltado en nosotros, cuando estamos más satisfechos en Él. “Mi anhelo y esperanza de que… Cristo será exaltado en mi cuerpo, ya sea por vida o por muerte. Pues…”, y esa pequeña palabra se volvió lo más importante. “…pues para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia”. Con esa pequeña palabra, Pablo fundamenta la certeza de su esperanza de que Cristo será engrandecido en su cuerpo tanto cuando viva como cuando muera. ¿Por qué? Porque para él, el vivir es Cristo y el morir es ganancia.
¿Cómo funciona esto? ¿Cuál es la lógica? Me quedó más claro cuando dejé de lado la parte de la vida y me enfoqué en la parte de la muerte. Digámoslo así: mi gran anhelo y esperanza no es ser o no ser avergonzado, sino que Cristo sea glorificado en mi cuerpo por medio de mi muerte, porque para mí morir es ganancia.

¿Tiene sentido? La confianza de que Cristo será glorificado cuando yo muera se basa en el hecho de que para mí, morir es ganancia. Si Cristo es ganancia en mi muerte, Cristo se verá glorificado en mi muerte. Pero todavía falta una pieza en el argumento. El versículo 23: “Teniendo el deseo de partir y estar con Cristo, pues eso es mucho mejor”. Así que la ganancia de la que habla en el versículo 21 es Cristo. Si me voy para estar con Cristo, si muero y me voy a estar con Cristo, eso es mucho mejor. Esa es mi ganancia.
Ahora volvamos atrás y veamos si la lógica tiene sentido. Mi ansiosa expectativa es que Cristo sea glorificado en mi muerte porque experimentaré la muerte como una ganancia, como algo más satisfactorio que cualquier cosa que esta vida pueda ofrecer, y esa ganancia es Jesucristo.

Veamos si podemos armarlo todo. Estoy seguro de que Cristo será glorificado en mi muerte, y la base de esa expectativa de que Cristo se mostrará glorioso en mi muerte es que experimentaré mi muerte como una ganancia; es decir, como que Cristo es más satisfactorio para mí que todo lo que la vida tiene para ofrecer. Baso mi creencia en el hedonismo cristiano en la lógica de Filipenses 1:20-23.
Una ilustración del matrimonio
Bueno, por poner un ejemplo: es mi aniversario. Le digo a Nöel: “Te llevaré a una cita esta noche, porque es nuestro aniversario 47 de matrimonio, y pasar la noche contigo me haría muy feliz”.
Ninguna esposa ha dicho jamás, ni Nöel diría jamás: “Eres tan egoísta. Solo piensas en ti mismo. A ti te hace feliz llevarme a una cita y pasar la noche conmigo”. Ninguna esposa se queja nunca de que eso sea egoísta. ¿Por qué? Porque si busco mi plena satisfacción en mi esposa, ella se siente honrada. Lo mismo pasa con Dios. Si nos sentimos atraídos hacia Dios porque queremos pasar tiempo con Él, si Dios es nuestro tesoro y satisfacción, Dios es honrado.

Esta verdad, que Dios es más glorificado en nosotros, o que Cristo es más exaltado en nosotros, cuando estamos más satisfechos en Él, no es algo secundario. Esto no es algo secundario en la vida cristiana ni en el libro de Filipenses. Está justo en el corazón de lo que significa ser creyente, de lo que significa pertenecer a Jesucristo, de lo que significa atesorar y confiar en Jesucristo. Esto no es la cereza del pastel del cristianismo. Es el corazón mismo del cristianismo.
Publicado originalmente en Desiring God.
