El freno de la ira: cómo domar la ira antes de que destruya tu alma

La ira, incluso cuando parece justa, se vuelve sumamente peligrosa cuando nos impide pensar con claridad.
Foto: Envato Elements

Cada vez que volvemos a leer un gran libro, inevitablemente obtenemos algo nuevo de él. Esto no se debe a que el libro cambie, sino a que nosotros lo hacemos. El significado permanece estable, pero nosotros crecemos y maduramos (o al menos, deberíamos hacerlo). Y al hacerlo, nos volvemos atentos a la verdad de maneras nuevas; tenemos un marco más amplio y rico que nos permite ver más en los libros que leemos (y volvemos a leer).

Esto es cierto incluso en los libros infantiles. Quizás especialmente en los libros infantiles. Mi apreciación por Narnia, por ejemplo, no es ningún secreto. He leído la serie docenas de veces. En mi viaje más reciente a través del armario, un tema importante en el último libro se iluminó para mí de una forma fresca. Y luego mi propia lectura de la Biblia se conectó con ese tema y me hizo comprender la cuestión a fondo.

El tema es la centralidad de las pasiones en los primeros capítulos de La última batalla. Las pasiones son los movimientos impulsivos, casi instintivos, del alma. Son buenas pero peligrosas. Son nuestras reacciones inmediatas a la realidad, tales como el temor, la ansiedad, el deseo, la compasión, la tristeza y la ira. Es esta última pasión la que ocupa un lugar destacado en La última batalla. ¿Qué sucede cuando nuestra ira, por muy justificada que esté en sí misma, se sale de control y se vuelve precipitada? ¿Y existen formas de refrenarla?

Las pasiones son los movimientos impulsivos, casi instintivos, del alma. / Foto: Unsplash

La precipitación del rey

El segundo capítulo comienza con el rey Tirian y su cercana amiga, la unicornio Jewel, en un estado de ensueño ante la noticia de que Aslan ha regresado a Narnia. La llegada de Aslan es la noticia más maravillosa imaginable. Sin embargo, su gozo se ve interrumpido por el centauro Roonwit, quien afirma que la noticia del regreso de Aslan es una mentira.

“¡Una mentira!”, dijo el rey con vehemencia. “¿Qué criatura en Narnia o en todo el mundo se atrevería a mentir sobre un asunto así?”. Y, sin darse cuenta, puso la mano en la empuñadura de su espada (20).

Observa la intensidad de la reacción del rey. Más importante aún, nota a dónde lo lleva esa reacción. Su mano va a la espada “sin darse cuenta”. En otras palabras, su pasión impulsiva lo movió a reaccionar, al margen de la guía de su mente.

Vemos la misma precipitación unos momentos después, cuando la dríada sale del bosque clamando por justicia ante la destrucción de los árboles parlantes. Cuando Tirian lo escucha, se pone de pie de un salto y desenfunda su espada. No hay enemigos presentes. Sin embargo, la espada está desenvainada, quizás una vez más sin que él se dé cuenta por completo de lo que está haciendo. Sus pasiones tienen el control.

El rey Tirian demuestra cómo la impulsividad puede llevarnos a actuar sin pensar. / Foto: Unsplash

La ira invita a más ira

Cuando la dríada cae al suelo muerta, Tirian se queda sin palabras en medio de su dolor e ira. Luego llama a Jewel y a Roonwit para que se unan a él de inmediato en un viaje para dar muerte a los villanos que cometieron este asesinato. Deben partir “con toda la prisa que podamos”. Jewel está de acuerdo, pero Roonwit advierte: “Señor, sé cauto en tu justa ira” (22). En tu ira, dice Roonwit, no peques. No seas imprudente. Esperemos a reunir tropas y ver la fuerza del enemigo.

Pero Tirian “no esperará ni la décima parte de un segundo”. Su ira se ha encendido y está timoneando el barco. Él y Jewel parten, mientras Tirian murmura para sí mismo y aprieta los puños. Está tan enojado que ni siquiera siente el frío del agua cuando cruzan un río. Su ira lo tiene agarrado por el cuello y no lo suelta.

Tras descubrir que aparentemente Aslan fue quien ordenó la tala de los árboles, Tirian y Jewel avanzan hacia el peligro. El narrador comenta:

[Jewel] no vio en ese momento lo insensato que era que ellos dos continuaran solos; tampoco el rey. Estaban demasiado enojados para pensar con claridad. Pero al final, mucho mal resultó de su precipitación (25).

Incluso una ira justificada puede conducirnos a decisiones insensatas cuando perdemos el control. / Foto: Envato Elements

Este es el problema: estaban demasiado enojados para pensar con claridad. Por muy justa que fuera su ira ante la injusticia que presenciaban, la precipitación de esa ira los llevó a la insensatez. Estaban reaccionando de manera impulsiva, no respondiendo intencionalmente, y los resultados serían un gran mal y sufrimiento.

¿Qué puede refrenar la ira?

No tenemos que esperar mucho para que se manifieste parte de ese mal. Cuando ambos se topan con un caballo parlante que está siendo golpeado y azotado por soldados de Calormen, su ira llega a un punto crítico.

Cuando Tirian supo que el caballo era uno de sus propios narnianos, cayó sobre él y sobre Jewel una rabia tal que no sabían lo que hacían. La espada del rey se levantó y el cuerno del unicornio bajó. Se arrojaron hacia adelante juntos. Al momento siguiente, ambos calormenes yacían muertos: uno decapitado por la espada de Tirian y el otro atravesado en el corazón por el cuerno de Jewel (27).

Una y otra vez vemos el tema de este capítulo: desde la mano en la espada sin darse cuenta, pasando por estar demasiado enojado para pensar con claridad, hasta estar tan lleno de rabia que no saben lo que hacen incluso mientras matan a dos hombres. La precipitación desenfrenada del rey ha conducido a un gran derramamiento de sangre.

Me gustaría poner la precipitación de Tirian en conversación con una historia de las Escrituras y preguntar: si la ira impulsiva y desenfrenada lleva a una gran insensatez, al mal y al derramamiento de sangre, ¿qué puede refrenar tal pasión?

La ira desenfrenada llevó al rey Tirian a matar sin pensar. / Foto: Envato Elements

La precipitación del ungido

La historia bíblica es un evento conocido de la vida de David. Él habita en el desierto porque está distanciado del rey Saúl, quien se encuentra dominado por la pasión de la envidia. David le ha perdonado la vida a Saúl en dos ocasiones, obteniendo así un respiro del acoso de Saúl. Samuel ha muerto, y David y sus hombres están en el desierto de Parán, escasos de provisiones.

David envía unos mensajeros a Nabal, un hombre rico que vive cerca de allí. Nabal está preparando un banquete, y David le pide favor y provisiones. Esta petición no surge de la nada. David y sus hombres han estado acampados cerca de los pastores de Nabal. No solo se han abstenido de saquear sus rebaños, sino que también se han asegurado de que nadie más lo haga. David y sus hombres fueron un muro para los rebaños de Nabal de día y de noche (1S 25:16). Ni ladrones ni fieras devoraron su rebaño. A la luz de esta protección, David hace su humilde petición, identificándose como un hijo y siervo para Nabal (1S 25:8).

Nabal responde con burlas e insultos. “¿Quién es David y quién es el hijo de Isaí? Hay muchos siervos hoy día que huyen de su señor” (1S 25:10-11). En otras palabras: “David, eres un desterrado indigno, un rebelde contra el rey. Y no daré mi pan, ni mi agua, ni mi carne a hombres que vienen de quién sabe dónde”.

La historia de David y Nabal nos muestra cómo la ira puede llevarnos a buscar venganza y cometer actos insensatos. / Foto: Lightstock

Cuando David se entera del insulto, responde como el último rey de Narnia: “¡Cíñase cada uno su espada!” (1S 25:13). En su ira, él y sus hombres parten de inmediato para vengar el insulto. Y sus intenciones son claras: cada varón en la casa de Nabal será ejecutado (1S 25:22). Al igual que con Tirian, aquí tenemos la pasión impulsiva de la ira, una furia que está a punto de conducir a un gran derramamiento de sangre y a la culpa de sangre. Pero a diferencia de Tirian, la ira de David está a punto de ser refrenada.

Cómo hablarle a la ira

El freno llega en la persona de Abigail, la esposa sabia y sensata de Nabal. Al enterarse del insulto de Nabal y del mal que se avecina sobre su casa, prepara de inmediato un generoso regalo de comida y vino para David y sus hombres. Lleva los obsequios, se postra rostro en tierra ante David y suplica por su favor.

Ella asume la responsabilidad. Da testimonio de la insensatez de su esposo. Le entrega los regalos a David. Pero lo más importante es que hace dos apelaciones fundamentales. Primero, le ruega a David que se abstenga de derramar sangre inocente y de buscar la salvación con su propia mano (1S 25:26). Al hacerlo, evitará el dolor y los remordimientos de conciencia que vendrán si trae culpa de sangre por su mano o busca salvarse a sí mismo (1S 25:31). Segundo, le recuerda a David que el Señor peleará por él, que la vida de David está “atada en el haz de los que viven con el Señor su Dios” (1S 25:29).

Abigail detuvo la ira de David con sabiduría y le recordó que la venganza le pertenece al Señor. / Foto: Unsplash

Estas apelaciones frenan la precipitación del rey. Detienen su furia, su ira y su venganza. Le permiten domar la pasión de su ira impulsiva. David bendice a Abigail por su buen juicio y valentía, porque “me has impedido derramar sangre hoy y vengarme por mi propia mano” (1S 25:33). Y bendice al Señor, quien la envió a su encuentro y refrenó la mano de David de hacer un gran mal al dañar a Abigail y a la casa de su esposo.

Y, efectivamente, el Señor vindica a David. Diez días después, el Señor hirió a Nabal y este murió, vengando el insulto contra Su ungido (1S 25:39). David no solo se libra de cometer el mal, sino que obtiene la mano de una esposa sabia y sensata. 

Armas contra nuestra ira

Entonces, ¿cómo podemos aplicar una sabiduría como la de Abigail para refrenar nuestra ira hoy? Cuando sentimos que la temperatura de nuestra alma aumenta, nos detenemos y nos recordamos, a nosotros mismos y unos a otros, primero, que la ira impía solo añadirá iniquidad a nuestra herida, y segundo, que el Señor mismo ha dicho: “Mía es la venganza, Yo pagaré” (Ro 12:19).

Estas dos historias (una de ficción y otra bíblica) emiten la misma advertencia: cuidado con las pasiones de tu carne. Con frecuencia combaten contra tu alma (1P 2:11). En tu ira, no peques (Ef 4:26). Recuerda que la ira del hombre no produce la justicia de Dios (Stg 1:20). En cambio, encomiéndate a Dios (1P 4:19). Ve a Él para que peleé tus batallas y te vindique.

Esto no nos vuelve pasivos; el Señor también peleó por y con David cuando tomó su honda contra Goliat. Esa salvación, al igual que la de Nabal, fue obrada por la mano de Dios, no por la de David. Pero cuando actuamos con fe, lo hacemos de manera intencional y reflexiva, no reactiva ni precipitada. Confiamos en que nuestra vida está atada en el haz de los que viven bajo la protección de nuestro Señor, que siempre vivimos entre las garras del verdadero Aslan. 


Publicado originalmente en Desiring God.

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Vaneetha Rendall Risner

Vaneetha Rendall Risner

Vaneetha Rendall Risner es escritora independiente y colaboradora regular de Deseando a Dios. Ella bloggea en danceintherain.com, aunque no le gusta la lluvia y no tiene sentido del ritmo. Vaneetha está casada con Joel y tiene dos hijas, Katie y Kristi. Ella y Joel viven en Raleigh, Carolina del Norte. Vaneetha es el autor de Las cicatrices que me han dado forma: Cómo Dios nos recibe en el sufrimiento.

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