Es posible creer en las promesas de Dios, y tener certeza de ser salvos, y aún así, estar perdido para siempre.
Cristianos que dicen serlo, pero con una falsa seguridad
Esta posibilidad se insinúa en Mateo 7:22: “Muchos me dirán en aquel día: ‘¿Señor, Señor, ¿no profetizamos en Tu nombre, y en Tu nombre echamos fuera demonios, y en Tu nombre hicimos muchos milagros?’”. Estas personas creían que estaban a salvo en su relación con Cristo. Lo llamaban “Señor” y hacían uso de un poder sobrenatural en su nombre.
Quizás incluso tenían más “certeza de la salvación” que muchos que hoy luchan con su fe (y que sí son verdaderamente salvos), porque el poder sobrenatural fluía a través de sus manos. Así que, cuando leían la promesa: “Yo estaré contigo; no te dejaré ni te desampararé” (Jos 1:5), creían que eso se aplicaba a ellos. Pero no era así.
Por eso se sorprenderán cuando Jesús les diga: “Jamás los conocí; apártense de mí, los que practican la iniquidad” (Mt 7:23). Estaban perdidos. Pero creían que eran salvos.

Ahora bien, lo que Jesús quiere decir es que sus vidas de pecado ya daban testimonio de que estaban perdidos. Pero yo quiero destacar otro punto más allá de sus actos pecaminosos. Quiero saber qué nos dice su falsa seguridad sobre cómo creer verdaderamente en una promesa de Dios.
Creemos que la Biblia enseña que somos “[justificados] por la fe aparte de las obras de la ley” (Ro 3:28). Así que, cuando Jesús los rechaza porque “practican la iniquidad”, sabemos que el problema más profundo es una fe defectuosa. Si somos condenados por nuestras obras pecaminosas en el juicio final, será porque son la evidencia de una fe falsa.

La fe que salva y la fe que condena
Entonces, mi pregunta es esta: si podemos creer al menos en algunas de las promesas de Dios, como lo hicieron estas personas, y aun así estar perdidos, ¿qué hace que creer en las promesas sea una fe verdaderamente salvadora?
Charles Hodge nos da una pista. En 1841, Hodge escribió un libro breve y popular sobre la vida cristiana llamado El camino de la vida. En el capítulo de Hodge sobre la “fe”, muestra que la Biblia usa la palabra fe para referirse a todo tipo de estados mentales diferentes, incluso la fe muerta. “Porque así como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin las obras está muerta” (Stg 2:26).

Ahora bien, ¿qué marca la diferencia entre la fe muerta y la fe salvadora? No te estoy preguntando cómo demuestran ser diferentes estas dos clases de fe. Ese es el punto de Santiago (y el de Jesús en Mateo 7:21-23). Demuestran ser diferentes por sus frutos. Te estoy preguntando otra cosa: ¿en qué se diferencian en su esencia? ¿Cuál es la verdadera experiencia de la fe y cuál es la falsa experiencia de la fe?
Esto es lo que dice Hodge: “Podemos creer, basándonos en el testimonio de aquellos en cuya veracidad y juicio confiamos, que un hombre del que no sabemos nada tiene una gran excelencia moral. Pero si vemos por nosotros mismos la manifestación de su excelencia, creemos por otras razones, y de una manera diferente” (cursiva mía).

Esta “manera diferente” es lo que hace que creer sea verdadero, una fe salvadora. No hay nada de malo en creer en Cristo o en sus promesas basándote en el testimonio de otros. De hecho, así es como todos llegamos a la fe. Nos apoyamos en el testimonio de los apóstoles y los profetas. Pero estar convencido de que la bondad, la confiabilidad y la belleza de Cristo y Sus promesas son hechos reales no es una fe salvadora.
Por eso los cristianos que solo se dicen cristianos se van a sorprender en el día del juicio, cuando escuchen a Jesús decir: “Jamás los conocí”. Van a protestar: “Señor, Señor”. Sin duda, creer que Cristo y Sus promesas son verdad, basándote en un testimonio, es una parte necesaria de la fe. Pero no es la esencia salvadora de la fe.

La comprensión espiritual de la verdad
Lo que hace que la fe sea una fe salvadora es esta “manera diferente” de creer que surge de una manera distinta (no alternativa ni contradictoria) de comprender la realidad en la que se cree. Esta forma diferente es lo que Hodge llama una “comprensión espiritual de la verdad”. Él dice: “Es una fe que se basa en la manifestación, por parte del Espíritu Santo, de la excelencia, la belleza y la idoneidad de la verdad… Surge de una comprensión espiritual de la verdad, o del testimonio del Espíritu junto con la verdad y por medio de ella en nuestros corazones”.
Para ilustrar este tipo de comprensión espiritual que constituye una parte esencial de la fe salvadora, Hodge cita tres textos:
- Lucas 10:21: Dios ha ocultado estas cosas a sabios y a inteligentes, y las reveló a niños. Tanto los sabios como los niños escuchan a los mismos defensores y observan las mismas evidencias. Pero hay una diferencia. Jesús dice que la diferencia es algo que Dios reveló. En otras palabras, va más allá de lo que vemos con los ojos físicos, escuchamos con los oídos físicos y deducimos con la razón natural.
- Mateo 16:17: “¡Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino Mi Padre que está en los cielos”. Muchos veían lo mismo que Simón Pedro, pero no veían al “Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mt 16:16). Esta visión es algo diferente.
- 2 Corintios 4:6: “Dios… ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo”. En el evangelio hay un conocimiento de la gloria de Dios que es diferente a creer en los hechos, o incluso a creer que los hechos nos salvarán. Es lo que Pablo describe en 2 Corintios 4:4: “[Ver] el resplandor del evangelio de la gloria de Cristo”. Esa no es una luz física. Es una belleza que se percibe con los ojos del corazón (Ef 1:18).

En otras palabras, aunque es esencial usar la mente y los sentidos para escuchar, ver e interpretar el testimonio humano, encarnado e inspirado de la verdad, sin embargo, estar convencido con la mente de que algo es verdad no es lo mismo que comprender la belleza y el valor de la verdad. Y sin eso, nuestra convicción podría no ser más que la inútil afirmación del diablo de que Jesús es el camino, la verdad y la vida. Incluso él “cree” eso. Pero no lo ve como algo hermoso, precioso y maravillosamente adecuado para cumplir propósitos buenos y santos.
¿Qué significa creer en una promesa?
¿Qué significa entonces esta realidad para nuestra convicción de que creer en las promesas de Dios es lo esencial en la fe salvadora y santificadora? Este fue mi argumento en Gracia venidera: la fe salvadora, que también santifica, no es solo una mirada hacia atrás a los cimientos de la fe en la obra de Jesús. La fe salvadora es también una mirada hacia adelante, con la confianza de que la gracia futura, que Cristo ganó, de hecho se hará realidad, para el mundo y para mí.
Pero ahora vemos que hay que decir más sobre esta fe orientada hacia el futuro. Ahora vemos que debe incluir una percepción espiritual de la belleza de Dios y de Su plan al hacer estas promesas, una belleza de la que disfrutaremos plenamente cuando las promesas se hagan realidad.
En otras palabras, la fe salvadora en las promesas de Dios incluye el disfrute espiritual del Dios de las promesas. No quiero exagerar. Solo digo que la fe salvadora debe incluir este disfrute. Disfrutar de la gloria de Dios no es todo lo que es la fe. Pero sin eso, la fe está muerta.

Definir la fe como “descansar” no es suficiente
Ni siquiera basta con decir que creer en las promesas de Dios es un descanso en Dios y en Su ayuda. Tenemos que aclarar la naturaleza espiritual de este descanso, para distinguirlo del “descanso” engañoso de Mateo 7:22. Esos que se dicen cristianos tienen una especie de “descanso” en la seguridad que da Dios. Lo que debemos decir sobre el descanso es que, para que sea un descanso salvador, debe ser una sensación de seguridad frente al infierno, pero también una sensación de satisfacción en las bellezas de Dios (Sal 16:11). Descansamos en la seguridad y descansamos en la dulzura.
Esta satisfacción no está presente en los corazones de los cristianos profesantes de Mateo 7:22. Si el gozo de Dios mismo estuviera ahí, se habrían deleitado en la tierra con las mismas excelencias divinas que ese gozo anticipa. Pero, en cambio, “practican la iniquidad”.
Implicaciones sobre cómo vencer el pecado
Esta realidad tiene una implicación enorme. Significa que no es solo la seguridad de las promesas lo que nos libera de los motivos para pecar; también es el gozo del corazón por la dulzura de Dios en esas promesas. Cuando percibimos y disfrutamos la belleza espiritual de lo prometido, no solo nos liberamos de la inseguridad de la codicia y el miedo que motivan tanto pecado, sino que también nuestros valores se moldean según lo que atesoramos en la promesa (1Jn 3:3).
Esta influencia es lo que les faltaba a los que decían ser cristianos en Mateo 7:22 y la razón por la que su comportamiento estaba tan desalineado con Dios. Amaban el poder y les encantaba que Dios les diera poder. Pero no amaban a Dios.
Otra forma de decirlo sería que, en todos los actos de la fe salvadora, el Espíritu Santo te permite no solo percibir y afirmar la verdad objetiva, sino también comprender y abrazar la belleza espiritual. Es el “abrazar la belleza espiritual” lo que constituye el núcleo esencial de la fe salvadora. Y este abrazo es lo que moldeará tu vida más profundamente y te hará merecedor del “bien hecho” en el día final.
Publicado originalmente en Desiring God.
