La unidad entre dos o más personas saca toda su virtud de algo más. La unidad en sí misma es neutral hasta que algo más le da bondad o maldad. Así que, si Herodes y Pilato están unidos por su desprecio común hacia Jesús (Lc 23:12), esa no es una buena unidad. Pero si Pablo y Silas cantan juntos en la cárcel por amor a Cristo (Hch 16:25), esa sí es una buena unidad.
Por eso, nunca basta con pedirles a los cristianos que tengan unidad. Esa unidad puede ser buena o mala. El voto unánime de hace cincuenta años en mi iglesia local de Carolina del Sur para prohibir que los negros asistieran a los servicios no fue una buena unidad. El voto unánime de una denominación protestante tradicional para bendecir actos sexuales prohibidos tampoco es una buena unidad.

¿Qué hace que la unidad sea cristiana?
La unidad cristiana en el Nuevo Testamento debe su valor a la combinación de su fuente, sus puntos de vista, sus afectos y sus objetivos.
Fuente
Pablo nos dice que “nos esforcemos por mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Ef 4:3). Para mí, eso significa que el Espíritu Santo es quien nos da la unidad. “Por un mismo Espíritu todos fuimos bautizados en un solo cuerpo, ya judíos o griegos, ya esclavos o libres. A todos se nos dio a beber del mismo Espíritu” (1Co 12:13).
Puntos de vista
Pablo dice que los pastores y maestros deben equipar a los santos “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios” (Ef 4:13). En otras palabras, la unidad que buscamos es la unidad en la verdad. Claro, la unidad cristiana es más que una verdad compartida, pero no menos. Pablo acumula palabras que expresan la unidad de propósito en Filipenses 2:2: “Hagan completo mi gozo, siendo del mismo sentir, conservando el mismo amor, unidos en espíritu, dedicados a un mismo propósito” (ver también Fil 4:2). Todo debe estar “en armonía con Cristo”. “Que Dios… les conceda tener el mismo sentir los unos para con los otros conforme a Cristo Jesús” (Ro 15:5).

Afectos
Sin duda, el amor que une al cuerpo de Cristo incluye un compromiso firme de hacer el bien a la familia de Dios, tengas o no las ganas (Ga 6:10). Pero, por más difícil que sea para personas tan diferentes, la experiencia de la unidad cristiana es más que eso. Incluye un amor afectuoso, no solo sacrificio por aquellos que no te caen bien. Es un sentimiento de cariño. Debemos sentir afecto por quienes son nuestra familia en Cristo. “Sean afectuosos unos con otros con amor fraternal” (Ro 12:10). “Puesto que en obediencia a la verdad ustedes han purificado sus almas para un amor sincero de hermanos, ámense unos a otros entrañablemente, de corazón puro” (1P 1:22). “Sean todos de un mismo sentir, compasivos, fraternales, misericordiosos, y de espíritu humilde” (1P 3:8).
Objetivos
La unidad arraigada en el Espíritu, que manifiesta a Cristo, que atesora la verdad y que ama con humildad, ha sido diseñada por Dios para tener al menos dos objetivos: dar testimonio al mundo y proclamar la gloria de Dios. El apóstol Juan deja muy claro el primero de ellos. “Un mandamiento nuevo les doy: ‘que se amen los unos a los otros’; que como Yo los he amado, así también se amen los unos a los otros. En esto conocerán todos que son Mis discípulos, si se tienen amor los unos a los otros” (Jn 13:34-35).

Las famosas declaraciones de Jesús en Juan 17 tienen su raíz en la profunda unidad espiritual entre el Padre y el Hijo, y con aquellos a quienes Dios ha escogido del mundo (Jn 17:6). Te pido “que todos sean uno. Como Tú, oh Padre, estás en Mí y Yo en Ti, que también ellos estén en Nosotros, para que el mundo crea que Tú me enviaste” (Jn 17:21). Fíjate que el testimonio ante el mundo es que los discípulos están en el Padre y en el Hijo para que el mundo pueda creer. Esto es mucho más, mucho más profundo, que estar relacionados por medio de una organización común.
La unidad que resplandece con una gloria que se legitima a sí misma para que el mundo la vea es la unión con el Padre y el Hijo, de modo que la gloria del Padre y del Hijo sea parte de nuestras vidas. “La gloria que me has dado, yo se la he dado a ellos, para que sean uno, así como nosotros somos uno” (Jn 17:22). Esa gloria se debe a esto: “Yo en ellos y tú [Padre] en mí” (Jn 17:23). De esta unión con Dios, y de la gloria que da, resplandece algo que el mundo puede ver, si Dios les da ojos para ver. El propósito de Dios para esta unidad horizontal, arraigada verticalmente, y que muestra la gloria, es que Él pueda “reunir en uno a los hijos de Dios que están dispersos” (Jn 11:52).

El objetivo supremo de esa unidad cristiana es la gloria de Dios. Por eso Pablo ora: “Y que el Dios de la paciencia y del consuelo les conceda tener el mismo sentir los unos para con los otros conforme a Cristo Jesús, para que unánimes, a una voz, glorifiquen al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Por tanto, acéptense los unos a los otros, como también Cristo nos aceptó para la gloria de Dios” (Ro 15:5-7).
¿Qué implicaciones tiene esto para nosotros?
1. Busca la plenitud del Espíritu Santo, que crea unidad
“Y no se embriaguen con vino, en lo cual hay disolución, sino sean llenos del Espíritu” (Ef 5:18). Busca la dirección y el fruto del Espíritu (Ga 5:18, 22-23), porque estos son los engranajes de la máquina del amor. Si no conoces al Espíritu Santo, te importará muy poco la unidad que Él construye.
2. Esfuérzate por conocer y difundir una visión verdadera de Cristo y Sus caminos
Busca alcanzar “la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios” (Ef 4:13). “[Crece] en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2P 3:18). Comparte, por todos los medios que puedas, lo que ves de Cristo. “ Que la palabra de Cristo habite en abundancia en ustedes, con toda sabiduría enseñándose y amonestándose unos a otros” (Col 3:16).

3. Ama a los cristianos más allá de las barreras
Cultiva el afecto, más allá de las diferencias, por aquellos que son verdaderamente tus hermanos y hermanas en Cristo. Odia los errores graves, no a los hermanos sinceros. A los humanos nunca se nos ha dado bien esto. Y el clima filosófico y emocional de hoy lo hace aún más difícil, ya que las afirmaciones de verdad solo se ven como una máscara para acaparar poder. Pero piensa en lo que dice Spurgeon y busca ser como él. Fíjate en la intensidad del odio y del amor.
Donde está el Espíritu de Dios, ahí debe haber amor, y si alguna vez he conocido y reconocido a alguien como mi hermano en Cristo Jesús, el amor de Cristo ya no me obliga a pensar en él como un extraño o un forastero, sino como un conciudadano de los santos. Ahora bien, odio el alto eclesiasticismo tanto como mi alma odia a Satanás; pero amo a George Herbert, aunque George Herbert sea un alto eclesiástico empedernido. Odio su alto eclesiasticismo, pero amo a George Herbert desde lo más profundo de mi alma, y guardo un lugar cálido en mi corazón para cada persona que sea como él. Si encuentro a alguien que ame a mi Señor Jesucristo como lo hizo George Herbert, ni siquiera me pregunto si lo amaré o no; no hay lugar para dudas, porque no puedo evitarlo; a menos que deje de amar a Jesucristo, no puedo dejar de amar a quienes lo aman (The Metropolitan Tabernacle Pulpit Sermons [Sermones del pulpito del Tabernáculo Metropolitano], vol. XII, 6).
4. Sirve a los cristianos más allá de las barreras
Por el bien del testimonio ante el mundo, busca formas de mostrar amor a tus hermanos y hermanas más allá de las barreras, tanto las que deberían eliminarse como aquellas que el compromiso con la verdad (y la unidad en la verdad) te prohíbe eliminar. Hazlo para la gloria de Dios. Deja que Francis Schaeffer sea tu guía:
Es en medio de una diferencia donde tenemos nuestra oportunidad de oro. Cuando todo va bien y todos estamos ahí parados en un circulito bonito, no hay mucho que el mundo pueda ver. Pero cuando llegamos al punto donde hay una diferencia real, y mostramos principios inquebrantables pero al mismo tiempo un amor palpable, entonces hay algo que el mundo puede ver, algo que pueden usar para juzgar que estos realmente son cristianos, y que Jesús de hecho ha sido enviado por el Padre (Complete works [Obras completas], vol. 4, 201, énfasis añadido).

Ambigüedad y esperanza
Al final del día, las ambigüedades existen. ¿Qué tipo de límites deberían definir a las iglesias locales, las escuelas, las denominaciones, las conferencias, los ministerios paraeclesiásticos, las reuniones de oración en toda la ciudad y los esfuerzos evangelísticos? Sin embargo, no carecemos de anclas. No carecemos de timón ni de velas. Tenemos las estrellas en lo alto y nuestro confiable sextante. Confiando en la Palabra y en el Espíritu, con humildad llegaremos a casa, juntos.
Publicado originalmente en Desiring God.
