Imagina que tienes 22 años. Acabas de graduarte de una universidad de mucho prestigio. Eres un comunicador excepcional, tienes un físico atlético fuera de lo común y, por si todo eso no fuera suficiente, también eres multimillonario. Parece que el mundo está a tus pies. ¿Qué harías con tu vida?
Esta era la situación de William Borden en 1909, y para él, la respuesta era sencilla: dedicaría su vida a compartir el evangelio entre los musulmanes de la empobrecida provincia china de Gansu. Pasó tres años en el Seminario de Princeton; luego se mudó a El Cairo en 1912 para aprender árabe y poder entender el Corán antes de viajar a Gansu.
Sin embargo, tras unos pocos meses en El Cairo, murió de meningitis a los 25 años. La gran mayoría de su fortuna fue legada a diversas causas misioneras, a las que ya había contribuido generosamente durante su corta vida.
A los ojos de una persona ajena a la fe, la vida de Borden parecería haber sido desperdiciada. Pero Jesús nos ofrece otra forma, más profunda, de evaluar su vida y su temprana muerte. ¿Qué podemos aprender hoy de la vida de Borden?

1. Invierte en la eternidad
Borden era un joven alegre con un numeroso grupo de amigos. Le gustaban los deportes, la navegación y los autos. Pero no dejó que los placeres de este mundo lo dominaran. Un día, vio pasar un auto muy caro.
“¡Cómo me gustaría tener un auto como ese!”, exclamó.
“¿Por qué no te compras uno, William?”, le preguntó un amigo que estaba con él.
“No puedo permitírmelo”, fue la inesperada respuesta. (Borden of Yale [Borden de Yale], 227–228).
Borden no podía permitirse el auto porque su riqueza no era suya. Ya se la había entregado a Dios.
¿Era un desperdicio tener tal riqueza sin disfrutarla durante su vida? Todo lo contrario. Incluso si Borden hubiera vivido hasta una edad avanzada, ya habría fallecido y hubiera dejado atrás su gran riqueza. Borden murió habiendo invertido su vida y su riqueza en los verdaderos “años dorados”: los años dorados eternos que se encuentran más allá de esta vida (Mt 6:20-21). Nunca se arrepentirá de su estrategia de inversión, ni tampoco ninguno de los que seguimos su ejemplo.

2. Sirve a Dios sin prisas
A Borden no le gustaba la idea de estudiar en el seminario, pero se dedicó a ello durante tres años de todos modos, al darse cuenta de que “todavía no estoy en absoluto capacitado ni preparado… Lo que realmente necesito es un estudio a fondo de la Biblia” (75).
Samuel Zwemer, bajo cuya dirección sirvió en El Cairo, escribió:
Sabiendo que tenía que aprender chino, [Borden] vino a El Cairo para perfeccionarse en árabe… He aquí a un hombre que deliberadamente se propuso la tarea de aprender no uno, sino dos de los idiomas más difíciles del mundo (240).

El tiempo de Borden, al igual que su dinero, pertenecía a Dios. Sabía que solo mediante el poder de Dios se ganaría a los no alcanzados. Pero también sabía que el Espíritu de Dios obra a través de medios humanos, incluyendo años lentos dedicados a forjar relaciones humanas, adquirir idiomas humanos y dedicarnos al trabajo humano. Pasó una larga etapa de su vida en el estudio teológico y la adquisición de idiomas, perfeccionando sus humildes habilidades humanas para el servicio de Dios.
3. Deja los resultados en manos de Dios
¿Cuál fue el resultado de la entrega de Borden a Cristo? No fundó ninguna iglesia en la provincia de Gansu. Sus dones para la evangelización y la enseñanza, tan evidentes durante sus años en Yale y Princeton, se vieron truncados. ¿Por qué Dios no logró más por medio de este joven devoto? Hoy, más de un siglo después de la muerte de Borden, muchos de los pueblos musulmanes de la provincia de Gansu siguen sin ser alcanzados.
Pero no estamos en posición de juzgar lo que Dios logra por medio de las vidas de quienes le sirven. Esteban fue el primer mártir de la iglesia primitiva, y su muerte podría haber parecido un desperdicio en ese momento. Lucas escribe:
Cayendo de rodillas, clamó en alta voz: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado”. Habiendo dicho esto, durmió. Y Saulo estaba de completo acuerdo con ellos en su muerte. En aquel día se desató una gran persecución en contra de la iglesia en Jerusalén, y todos fueron esparcidos por las regiones de Judea y Samaria, excepto los apóstoles (Hch 7:60 – 8:1).

¿Cómo puede este relato ser algo distinto a una tragedia? La vida de un poderoso ministro se ve truncada, la iglesia de Jerusalén se dispersa y su rápida expansión se detiene.
Pero Lucas menciona a Saulo justo después de la oración de Esteban porque quiere que veamos que la conversión de Saulo fue una respuesta a la oración de Esteban. Y quiere que veamos que la dispersión de la iglesia de Jerusalén condujo a la expansión de la iglesia en otros lugares (Hch 8:4).
Dios no desperdicia nada. No podemos conocer todos los propósitos de Dios en la vida y la muerte prematura de Borden, al igual que los santos que se dispersaron desde Jerusalén no podían saber lo que Él lograría mediante la muerte de Esteban. Pero “Estimada a los ojos del Señor es la muerte de Sus santos” (Sal 116:15), y sabemos que Dios tenía buenos propósitos.

Sin reservas, sin retroceder, sin remordimientos
La semana pasada llegué con mi familia a El Cairo, donde falleció Borden. Al igual que Borden, no tenemos intención de quedarnos aquí, en El Cairo; las complicaciones políticas en el país vecino donde ejercemos nuestro ministerio nos han obligado a trasladarnos temporalmente. Esperamos regresar pronto y llevar a cabo un ministerio largo y fructífero.
Pero ayer visité la tumba de Borden, que se erige como un recordatorio de que en este mundo no hay garantías más allá de lo que Dios ha prometido. Quizás no regresemos al país en el que hemos servido durante años. Tal vez ni siquiera estemos vivos mañana.
La lección no es moderar nuestras esperanzas con un realismo sombrío. La lección es que debemos tener cuidado de no aferrarnos demasiado a nuestras esperanzas en este mundo. En cambio, debemos poner nuestras esperanzas más en lo alto, en la vida eterna y las riquezas que Dios nos ha prometido en el mundo venidero. ¿Cómo invertiremos nuestros años, nuestra riqueza, nuestra energía, nuestra reputación y nuestras relaciones? Las decisiones que tomamos en esta corta vida muestran cuánto confiamos en que Jesús nos dará vida eterna.
Una historia popular cuenta que, tras la muerte de Borden, se encontró escrita en su Biblia la frase: “Sin reservas, sin retroceder, sin remordimientos” (Beacon-Light, 273). Esta historia es errónea, pero la frase no es una descripción errónea de su vida. Borden estaba profundamente influenciado por el himno que la inspiró:
Dar mi vida, cumplir mis votos,
Sin reservas y sin demora,
Con todo mi corazón, vengo.
Que esta sea también una descripción fiel de nuestras vidas.
Publicado originalmente en Desiring God.