Fue una de esas pequeñas piezas de información que ayudaron a aclarar muchas cosas en mi mente, que describieron con datos lo que había visto con mis propios ojos y experimentado en mi propio ministerio. Es una información que todos deberíamos conocer y tener en cuenta. Nos advierte de que una de las cosas más inocentes que hace un cristiano puede ser también una de las más peligrosas.
Ryan Burge y Paul Djupe dedicaron dos años a realizar un amplio y exhaustivo estudio de las personas que han “abandonado la iglesia”, es decir, que antes asistían fielmente a la iglesia pero ahora ya no lo hacen. Los resultados se publicaron en The Great Dechurching [El gran abandono de la iglesia] y se difundieron ampliamente en muchos medios de comunicación. En uno de los artículos, los autores enumeran algunas ideas erróneas sobre el abandono de la iglesia, y fue la primera la que me llamó la atención de manera especial.

La idea errónea es la siguiente: la gente abandona la iglesia principalmente por experiencias negativas. Cuando consideramos a las personas que han abandonado la fe, partimos de la presuposición de que han tenido una experiencia negativa dentro de la iglesia, que han observado o incluso sufrido abusos, o que se han cansado de los escándalos o de la politiquería en nombre de Jesús. O podríamos suponer que empezaron a criticar su fe, tal vez bajo la tutela de los muchos deconstruccionistas de YouTube o TikTok. Luego, cuando empezaron a dudar de la fe, empezaron a distanciarse de ella.
Pero esa, en realidad, no ha sido mi experiencia. He visto a bastantes personas abandonar nuestra iglesia y otras a lo largo de los años, y podría contar con los dedos de una mano el número de los que se fueron porque estaban revocando su fe. Los datos de Burge y Djupe lo confirman. De hecho, descubrieron que la mayoría de las personas que han abandonado la iglesia siguen considerándose cristianas y siguen afirmando una confesión básica como “Jesús es el Hijo de Dios”, lo cual difícilmente profesaría un seguidor de Bart Ehrman o Richard Dawkins.

¿Por qué se va la gente? “¿Estás listo para escuchar la razón número uno por la que la gente dejó de asistir a la iglesia? Se mudaron”. El estudio descubrió que alrededor de tres de cada cuatro personas que abandonaron la iglesia “lo hicieron casualmente, por razones tan simples como mudarse, la inconveniencia de asistir, las actividades deportivas de los niños o cambios familiares como el matrimonio, el divorcio o la llegada de un nuevo hijo”. En otras palabras, no fueron sus convicciones las que marcaron el camino, sino sus circunstancias. No querían dejar la iglesia, pero sin darse cuenta permitieron que sus vidas y estilos de vida obstaculizaran su asistencia. La iglesia fue desplazada por otras prioridades hasta convertirse en algo opcional, en caso de haber tiempo para ella. Se convirtieron en deconstruccionistas involuntarios.
Esta idea abrió mis ojos, porque es muy coherente con lo que he observado. Hemos tenido personas que se han unido a nuestra iglesia después de mudarse a Canadá desde otro país. Llegan con brillantes recomendaciones de su antigua iglesia. Eran activos, estaban involucrados, servían en muchas funciones. Pero no pasan mucho tiempo con nosotros antes de que su asistencia empiece a disminuir y comencemos a verles poco o nada. Hacemos todo lo posible por buscarlos, pero descubrimos que no es solamente que ya no asisten a nuestra iglesia, sino que no van a ninguna iglesia. ¿Qué ha ocurrido? Se mudaron, y de alguna manera su fe no estaba a la altura de esa mudanza.

También puede ocurrir con antiguos miembros de nuestra iglesia: se mudan, quizás para estudiar, quizás para trabajar, quizás por razones económicas, y cuando hacemos un seguimiento para intentar asegurarnos de que se estén integrando en una iglesia en su nueva comunidad, descubrimos que no asisten a la iglesia en absoluto. Se han mudado y eso ha echado por tierra lo que parecía ser una fe floreciente.
Ninguno de estos escenarios es universal, por supuesto, y hemos tenido muchas personas que se mudan, que se comprometen con su nueva iglesia y prosperan allí. Pero ambas situaciones son lo suficientemente comunes como para que tengamos que ser conscientes de ellas.

Cada viaje comienza con un solo paso y esa es la realidad de muchos de los que dejan la iglesia. Se alejan poco a poco. Se van sin tener la intención. Se marchan porque no se les ha advertido adecuadamente de los retos que se avecinan, de que lo que parece una etapa de nuevas experiencias emocionantes y nuevos comienzos, puede ser en realidad una época de abandonar la iglesia de forma involuntaria y de deconstrucción inadvertida.
Creo que la advertencia para todos nosotros es que las mudanzas u otras transiciones importantes de la vida pueden ser un enemigo inesperado. Tenemos que ser precavidos cuando nos disponemos a hacer cambios significativos en la vida y tenemos que ser precavidos cuando otros lo hacen. Debemos comprender que una de las cosas más comunes que hacemos es también una de las más peligrosas. Necesitamos saber que una de las cosas más peligrosas que un cristiano puede hacer es mudarse.
Publicado originalmente en Challies.