Dile a tus ansiedades que pidan permiso

Lo que necesitamos entender y practicar es una resistencia activa a la ansiedad; una resistencia activa que nos obligue a echar nuestras preocupaciones sobre el Señor.

Yo podría haber pensado que la larga y constante marcha de la santificación significaría que solo vería progreso contra los pecados, las luchas y las tentaciones. Pero estoy aprendiendo que puede haber algunas áreas en las que en realidad experimento una clase de retroceso. Una de ellas es la ansiedad, pues cuanto más envejezco, más propenso me encuentro a ella. Me atrevo a decir que ahora lucho más contra la preocupación que en cualquier otro momento de mi vida. 

Lo que es especialmente frustrante y desalentador es que mucho de lo que me preocupa y de lo que me mantiene despierto por la noche es algo menor e intrascendente. Una noche de la semana pasada me desvelé durante horas preocupándome sobre qué pantalón ponerme para una ocasión que se aproximaba. Otra noche no dejé de dar vueltas en la cama mientras pensaba sobre una decisión poco importante que tendré que tomar dentro de seis meses. También hay algunas cosas importantes, por supuesto. Pero hay muchas cosas de menor importancia. Y todas juntas ponen de manifiesto lo débil que soy en realidad. 

Supongo que no debería sorprenderme. A menudo he estudiado el libro de Eclesiastés, especialmente el capítulo 12. A menudo he expresado mi opinión de que este capítulo contiene un tipo de biografía universal que nos describe a cada uno de nosotros. A través del uso de la metáfora de una casa en ruinas, se describe el declive y la decadencia del cuerpo y la mente humanos que envejecen. En las palabras poéticas del Predicador vemos que los ojos se oscurecen y los oídos pierden su capacidad de oír, las manos empiezan a temblar y las piernas se vuelven cada vez más inestables. Y luego esto: “Se levante uno al canto del ave, y todas las hijas del canto sean abatidas; cuando también teman a la altura y a los terrores en el camino” (Ec 12:4-5 LBLA). Eso parece hablar de miedos y ansiedades que plagan la mente e interrumpen un sueño reparador. 

Ahora bien, no estoy diciendo que el autor del libro de Eclesiastés tuviera en mente a alguien que simplemente tuviera cuarenta y tantos años como yo. Pero sí digo que proporciona una perspectiva realista del envejecimiento e indica que todos estamos en trayectoria hacia él. Y así como es natural que el cuerpo que envejece se aflige por la debilidad física, es natural que la mente que envejece se aflige por la debilidad emocional. Así como se debe contar con la pérdida de algunos dientes (“las que muelen estén ociosas porque son pocas” [v 4]), se debe contar con la pérdida de alguna resiliencia. Así como se debe contar con que el pelo se volverá blanco (“florezca el almendro” [v. 5]), se debe contar con que la confianza en uno mismo se debilitará. La vida te golpeará en cuerpo y mente y te dejará no solo débil, sino enfrentado a nuevas luchas, nuevas pruebas, nuevas tentaciones. 

Entonces, ¿qué debemos hacer? ¿Qué debo hacer cuando mi mente se acelera, cuando mi corazón se turba, cuando otra noche se desvanece rápidamente? Hay muchas estrategias para hacer frente a la ansiedad y cada una puede ser eficaz a su manera. Pero yo soy parcial a una que encontré en un viejo libro polvoriento de otra época. Al fin y al cabo, la ansiedad ha asolado a todas las generaciones de cristianos. 

Charles Ebert Orr me ha aconsejado que hable con mis ansiedades y les diga que si van a hacer residencia en mi corazón y en mi mente, primero tendrán que obtener el permiso del Dueño de mi corazón y de mi mente. En otras palabras, si esas preocupaciones quieren molestarme, tendrán que obtener la luz verde de Jesús. Es un consejo sencillo, pero inteligente, efectivo y verdadero. 

¿Has entregado tu corazón al Señor? ¿Le has dado la propiedad de tu cuerpo, mente y todo lo que eres? Entonces. las ansiedades no tienen derecho a hacer residencia, a menos que el Señor les conceda permiso para compartir lo que es Suyo por derecho. A los humanos pecadores se les prohibió entrar en el huerto del Edén y a los gentiles en el templo de Jerusalén porque esos eran los lugares que Dios había elegido para habitar. Hoy habita en Su pueblo y no está más dispuesto a compartir Su morada ahora que en aquel entonces. Y ciertamente no está dispuesto a compartirla con la preocupación, la ansiedad, la inquietud, el miedo.  

Lo que necesitamos entender y practicar es una resistencia activa a la ansiedad; una resistencia activa que nos obligue a echar nuestras preocupaciones sobre el Señor. No es suficiente que un pescador permanezca pasivo con un anzuelo en la mano. No le servirá de nada quedarse en su barca y orar: “Dios, te ruego, pon un pez en mi anzuelo”. Él debe echarlo al agua si quiere capturar un pez. Y no es suficiente que permanezcamos pasivamente en la oscuridad deseando que Dios nos quite nuestras ansiedades. Puede que ni siquiera sea suficiente orar: “Dios, te ruego, llévatelas”. Se nos dice que las echemos sobre Él. Y podemos hacerlo hablando con nuestras ansiedades y diciéndoles que son bienvenidas a quedarse solo si el Dueño les da permiso. Porque al hablarles, en realidad estamos hablando con nosotros mismos, en realidad nos estamos recordando que hemos sido entregados al Señor que gobierna y reina, al Señor que concede paz y descanso, al Señor que examina cada centímetro cuadrado de Su pueblo y declara “¡Mío!”. 

Este artículo se poblicó originalmente en Challies

Tim Challies

Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo BLOG ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por más de 7000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de dos niñas adolescentes y un hijo que espera en el cielo. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.

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