La relación de los cristianos con el sufrimiento es compleja. No deseamos experimentar el sufrimiento. No es nuestro deseo, preferencia o anhelo pasar por tiempos de dolor y persecución, tiempos de tristeza y pérdida. Sin embargo, también sabemos que Dios utiliza esas experiencias para cumplir en nosotros cosas importantes y significativas. Sabemos que hay ciertas gracias que florecen mejor en los valles, ciertos frutos que maduran mejor en invierno, ciertas virtudes que fructifican con más frecuencia en las sombras.
Queremos ser “perfectos y completos, sin que nos falte nada”, pero Santiago deja claro que el camino hacia estas gracias no pasa alrededor de las pruebas, sino a través de ellas. Queremos que nuestra fe sea probada y auténtica, pero Pedro nos dice que esta confianza no se adquiere cuando evitamos las pruebas, sino cuando nos afligimos por ellas. Queremos ser capaces de consolar a cristianos que pasan por momentos de dolor, pero Pablo nos dice que es precisamente al recibir consuelo en nuestras penas cuando nos preparamos especialmente para consolar a los demás (Stg 1:4ss; 1P 1:6ss; 2Co 1:4). Una multitud de cristianos testificará que han llegado a conocer al Señor más íntimamente, que han llegado a dar muerte al pecado con más seriedad, que han sido equipados para servir profundamente, no aparte de su sufrimiento, sino gracias a él.

Y, de hecho, cuando reflexionamos en nuestras propias vidas, solemos ver evidencias de cómo Dios ha obrado en nosotros mediante nuestros momentos más difíciles. Vemos cómo, cuando nos arrebataron a un ser querido, nos acercamos más al Señor; cómo, cuando desaparecieron nuestras riquezas, llegamos a valorar a Dios más plenamente; cómo, cuando nuestros cuerpos se debilitaron, creció nuestra confianza en Dios. Vemos que Dios realmente nos purifica por medio del fuego, que realmente nos fortalece en nuestras debilidades, que realmente nos santifica en nuestras aflicciones. Aunque no salgamos ilesos de nuestras pruebas, salimos de ellas mejores, más santos y más cerca de Dios. Aunque desearíamos no haber experimentado tales penas, estamos agradecidos de haber aprendido lo que hemos aprendido y de haber crecido cómo hemos crecido.
Como he dicho, los cristianos tienen una relación compleja con el sufrimiento. Y recientemente he estado reflexionando sobre cómo tengo una relación compleja con el sufrimiento. He estado reflexionando sobre una especie de conflicto que ahora existe en mi corazón y mente.

Quiero a Nick de vuelta. Pero no quiero que vuelva mi antiguo yo. Deseo tanto que mi hijo vuelva a formar parte de mi vida. Pero odiaría tanto perder todas las formas preciosas en las que Dios ha sido real y verdadero conmigo y ha estado presente en mis penas. Hay tantas cosas que he aprendido, tantas maneras en que Dios se ha acercado a mí, tantas bendiciones que he recibido del Señor. Y todo esto ha venido por medio del dolor, no aparte de él. En cierto modo, mis mayores ganancias han surgido de mis mayores pérdidas, y mis mayores alegrías de mi dolor más profundo.
Pero supongo que esto no debería sorprendernos del todo, porque Dios actúa muchas veces mediante la paradoja. Al fin y al cabo, Él es el Dios que dice que son los pobres y no los ricos los que tienen más riqueza, que son los que tienen más hambre los que están más satisfechos, y que son los perseguidos los que deben alegrarse y regocijarse. Si en el reino de Dios el camino a la riqueza es a través de la pobreza y el camino a la exaltación es a través de la humillación, ¿no es lógico que el camino al gozo pase por el dolor y el camino al crecimiento pase por la esterilidad? ¿No es lógico que el camino hacia los pastos verdes pase por los valles oscuros?

Y así vivimos con esta tensión: para convertirnos en lo que queremos, con frecuencia tenemos que soportar lo que odiamos. Para recibir lo que anhelamos, con frecuencia tenemos que soltar lo que amamos. Para alcanzar las gracias superiores, con frecuencia tenemos que experimentar las penas más dolorosas.
Necesito ofrecer una palabra de claridad. No quiero decir que el razonamiento de Dios sea algo así: ese hombre no está creciendo en generosidad de la manera que me gustaría, así que voy a quemar su casa para acelerar el proceso; o esa mujer no está suficientemente dedicada a mis propósitos, así que voy a quitarle la salud para forzar la situación. No, tenemos que separar el por qué del qué, es decir, la razón por la que Dios quiere las cosas de lo que puede estar logrando por medio de ellas. Somos demasiado pequeños, demasiado simples, demasiado limitados para sacar conclusiones firmes sobre las razones de Dios, sobre por qué ha querido las dificultades en nuestras vidas. “Las cosas secretas pertenecen al SEÑOR, nuestro Dios” (Dt 29:29). Pero lo que sí podemos y debemos hacer es preguntarnos: “¿Cómo puede Dios utilizar esto en mi vida? ¿A qué me está llamando Dios por medio de ello? ¿Cómo puedo ser mejor cristiano gracias a ello?”.

El dolor no siempre conduce a avances en la santidad, pero siempre puede y siempre debería, porque el Espíritu está presente en nuestras penas; está listo y deseoso de santificarlas para Sus preciosos propósitos. Por medio de nuestras penas, aleja nuestros corazones de los placeres fugaces de esta tierra para ponerlos en los placeres duraderos del cielo. Por medio de nuestras penas desplaza nuestros anhelos de cosas que no podemos conservar a cosas que no podemos perder. Por medio de nuestras penas, disminuye los rasgos que caracterizan a los ciudadanos del reino de este mundo y amplifica el carácter que caracteriza a los ciudadanos del reino de Dios.
No deseamos sufrir. No deberíamos desear sufrir. Sin embargo, sabemos que ninguno de nosotros sale ileso de esta vida. Y cuando llega el momento en que el camino que yo temía es el camino que Él ha trazado, podemos estar seguros de que Dios está deseoso de santificar nuestras penas de un modo que, en última instancia, es para nuestro beneficio y para Su gloria, de que detrás de los misterios de Su providencia se esconden maravillosos tesoros de santificación, de que, sean cuales sean Sus razones, Él verdaderamente está obrando todas las cosas para bien de aquellos de nosotros que somos amados por Él y llamados según Su propósito.
Publicado originalmente en Challies.