Antes de que se erigiera el tabernáculo en las llanuras, Moisés recibió una visión en el monte. Antes de dirigir el primer tejido, la primera costura, la primera forja, se le había provisto de una imagen detallada del conjunto completo. Dios lo guió en un recorrido detallado y le entregó un conjunto completo de instrucciones.

Es por esta razón que hay capítulos en el libro del Éxodo que corren en paralelo. En el capítulo 26 Dios da instrucciones: “Harás el tabernáculo con diez cortinas de lino fino torcido, y tela azul, púrpura y escarlata. Las harás con querubines, obra de hábil artífice”. Diez capítulos después leemos esta descripción: “Todos los hombres hábiles de entre los que estaban haciendo la obra hicieron el tabernáculo con diez cortinas de lino fino torcido, y tela azul, púrpura y escarlata, con querubines, obra de hábil artífice”. De nuevo: “Harás además cincuenta broches de oro, y con los broches unirás las cortinas una a la otra, de manera que el tabernáculo sea una unidad”. Y así, poco tiempo después, “hizo además cincuenta broches de oro, y unió las cortinas una a la otra con los broches, de manera que el tabernáculo llegó a ser una unidad”.
Así pasó del tabernáculo al altar, a la mesa, al candelabro y al arca del pacto. Moisés había recibido instrucciones claras y detalladas de Dios y para obedecer simplemente tenía que hacer exactamente lo que se le había ordenado. La voluntad de Dios era clara y a Moisés le correspondía ejecutarla.

Quizás hoy deseemos que Dios nos ofrezca este tipo de instrucción. Especialmente cuando nos enfrentamos a las pruebas y dificultades de la vida, a sus preguntas e incertidumbres, desearíamos que Dios nos describiera lo que significa ser obediente desde el principio hasta el final. Desearíamos que nos diera una visión de conjunto antes de iniciar el camino, y que nos diera instrucciones detalladas antes de dar el primer paso. Sin embargo, aprendemos rápidamente que esa no es la manera de obrar de Dios.

No es que Dios no tenga un plan para nuestras vidas o que lo esté trazando sobre la marcha. No es que esté reaccionando hábilmente a las circunstancias y dirigiendo primero de una manera y luego de otra. No es que no haya diseñado un plan perfecto en Su mente o que carezca del poder para ejecutarlo en sus más mínimos detalles. No, la verdad es que Dios tiene un diseño para nuestras vidas de la misma manera que lo tuvo para Su tabernáculo. Nuestros días están trazados de manera tan clara y precisa en Su mente como lo estaba Su lugar de adoración. Si para Dios fue importante decir exactamente cuántos broches debían sujetar cada cortina, entonces ciertamente ningún detalle de nuestras vidas es demasiado pequeño, ningún momento demasiado trivial, ninguna decisión demasiado insignificante para carecer de sentido o quedar fuera de Su plan.

Pero cuando se trata de nuestras vidas, Dios elige desplegar Su voluntad gradualmente, por pasos, por fases, por partes. Elige manifestar Su voluntad en tiempo real y no por adelantado. Decide desplegar Su voluntad de tal manera que necesitemos ejercitar la fe: fe en que todo lo que experimentamos está dentro de Su providencia, fe en que el camino se despejará a medida que avancemos, y fe en que, cuando miremos atrás, lo alabaremos por Su sabiduría. Avanzamos por la vida con una página de direcciones que incluye solo el siguiente paso o dos, no con un cuaderno de instrucciones que muestra el todo completo.

Pero aun siendo así, no nos falta nada de lo necesario para ser fieles y vivir bien. Mientras Dios le dio a Moisés un plano; a nosotros nos ha dado muchas promesas. Dios le dio a Moisés un plan detallado; a nosotros nos ha dado dulces palabras de afirmación. Quizá la mejor de ellas sea esta: “Porque sol y escudo es el Señor Dios; gracia y gloria da el Señor; nada bueno niega a los que andan en integridad”. Cuando vivimos con Él y para Él, no nos niega nada de lo que necesitamos para vivir de la manera que le agrada y le honra. Y si Dios no nos niega nada bueno, también es cierto que no nos dispensa nada malo. Su providencia no está en las categorías de lo bueno y lo malo, sino únicamente en la categoría de lo bueno. Al final, todo es bueno, porque todo procede de Su sabiduría y entra dentro de Su plan.
Por consiguiente, tanto si nuestro camino nos conduce por pastos verdes como si nos lleva por valles oscuros, podemos estar seguros de que Dios no nos retiene nada bueno. Ya sea que nuestro camino nos lleve a las profundidades del dolor o nos eleve a alturas de gozo, podemos estar seguros de que Dios no nos dispensa nada malo. Ya sea que nuestro camino nos conduzca en una sola dirección o si se bifurca en muchas posibilidades, podemos estar seguros de que el Dios que nos dijo exactamente cuántos broches deben sujetar cada cortina, es el mismo Dios que nos dispensará la sabiduría que necesitamos para discernir si es mejor quedarnos o regresar, aceptar o rechazar, seguir adelante o volver atrás. No importa adónde nos lleve Dios, podemos estar seguros de que por medio de todo ello nos está haciendo más semejantes a Cristo y glorificando Su nombre. Porque el Señor es nuestro sol y nuestro escudo, y a Sus amados solo les da gracia y gloria.
Publicado originalmente en Challies.