Septiembre 30
“Hagan completo mi gozo, siendo del mismo sentir, conservando el mismo amor, unidos en espíritu, dedicados a un mismo propósito. No hagan nada por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de ustedes considere al otro como más importante que a sí mismo”. Filipenses 2:2-3
Aunque, por supuesto, es benéfico que los miembros de la iglesia tomen la iniciativa en el ministerio, un cuerpo sano de creyentes no debe ser movido por ideas ni agendas individuales. Nuestro sentir debe estar primeramente unido en el evangelio si la iglesia ha de estar de verdad bajo el señorío de Cristo. Sin esa unidad, seremos más bien movidos por nuestros propios deseos, agendas egoístas y contrarias entre sí.
La Biblia tiene tanto que decir sobre nuestra mente porque, tal como pensamos, así somos. Cuando entrenemos nuestra mente a pensar de manera correcta, aprenderemos a amar adecuadamente y a servir juntos en un mismo espíritu y propósito. Parte de nuestra batalla mental es ocasionada por nuestra vieja naturaleza egoísta. Una de las piedras de tropiezo más grandes no es el odio, sino el amor propio: tendemos hacia la arrogancia, una actitud completamente contraria al carácter de Cristo, y nuestra falta de humildad se vuelve un obstáculo que nos impide experimentar armonía con los que están a nuestro alrededor. Incluso nuestras buenas obras tienen a menudo motivaciones torcidas.
Si hemos de estar unidos en Cristo, no podemos insistir en hacer nuestra propia voluntad. En cambio, debemos “[considerar] al otro como más importante que [yo] mismo”. Esto significa que debemos recordar lo mejor de otros antes de pensar en nosotros mismos, que debemos ser rápidos para preguntarnos qué es lo mejor para el otro en lugar de lo más conveniente para mí y que debemos estar dispuestos a participar en la vida y en las luchas de los demás en lugar de mantenernos al margen. La verdadera humildad no toma el volante ni comienza con un “yo” todo el tiempo. En cambio, es “la vaciedad que abre el espacio para que Dios pruebe Su poder”.¹ Es un rasgo, nos dice Pablo, que Jesús mismo demostró: “Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno para su edificación. Pues ni aun Cristo se agradó a Él mismo” (Ro 15:2-3).
Cuando pensamos primero en nosotros mismos, es difícil (de hecho, imposible), poner por obra la Palabra de Dios. Sin embargo, cuando aprendemos a colocar a los demás primero, estaremos mucho más listos para prestar atención a sus preocupaciones antes que a las nuestras. Al hacerlo, podremos en verdad estar unidos dentro del cuerpo de Cristo. Es probable que conozcas personas que demuestran esta clase de humildad piadosa. Agradece a Dios por ellos hoy y pídele que te muestre cómo seguir su ejemplo y, principalmente, el ejemplo de Cristo mismo. Él consideró tus necesidades más importantes que Su propia comodidad, incluso que Su propia vida. El reto de Pablo para cada uno de nosotros es este: “La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús” (Fil 2:5, NVI).
¹ Andrew Murray, Humility: The Beauty of Holiness [Humildad: la belleza de la santidad], 2nd ed. (1896), 50.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
