Imagina la escena. En un campo verde en Francia, dos ejércitos se enfrentan. Las tropas francesas se extienden como la arena del mar, bien equipadas, bien alimentadas, seguras de su victoria casi segura. Al otro lado del campo de batalla en Agincourt, las fuerzas inglesas forman un grupo heterogéneo: lejos de casa, medio muertos de hambre, muy superados en número. Si un gato doméstico desafiara a un león, las probabilidades serían similares. Les falta valor, están desanimados.
Sin embargo, a este famoso campo de batalla llega un rey que maneja las palabras con más eficacia que cualquier espada. Cambia por completo la forma en que sus tropas asediadas se ven a sí mismas al felicitarlas por su privilegiada posición. Shakespeare nos permite escuchar cómo Enrique V, “el espejo de todos los reyes cristianos”, anima a sus hombres:
Este día se llama la fiesta de Crispín.
El que sobreviva a este día y regrese sano y salvo a casa
se pondrá de pie cuando se mencione este día.
Recordará, con orgullo,
las hazañas que realizó [este] día.
Esta historia la enseñará el buen hombre a su hijo
y [la fiesta de] Crispín nunca pasará
desde este día hasta el fin del mundo,
pero nosotros seremos recordados en ella
nosotros, los pocos, los pocos felices, la banda de hermanos.
Y los caballeros de Inglaterra que ahora están en la cama
se considerarán malditos por no estar aquí. (Enrique V, 4.3.40-60)

En este discurso, Enrique V proclama que sus hombres (hambrientos, pobres, vilipendiados y perseguidos) son los verdaderamente felices. A pesar de todas las apariencias contrarias, viven una buena vida porque están en primera línea con su rey. Si los ricos tuvieran ojos para ver, envidiarían a estos hermanos benditos. Los acomodados se considerarían malditos.
La nueva perspectiva infunde ánimo a las tropas de Enrique. Afrontan con alegría los peligros y las incomodidades y, como registra la historia, su recompensa es grande.
Bienaventurados son
Mil quinientos años antes de que Enrique V pisara aquel campo en Francia, otro rey entró en un campo muy diferente. Este rey no llevaba corona ni comandaba ningún ejército. Sin embargo, se encontraba en medio de una batalla, un conflicto que determinaría el futuro no solo de Francia e Inglaterra, sino de absolutamente todo. Un grupo heterogéneo rodeaba a este rey, hombres y mujeres agobiados que, al igual que las tropas de Enrique, necesitaban ver la realidad de su situación. Necesitaban saber, a pesar de la opinión del mundo, que formaban parte de los pocos bendecidos. Y así, este rey abre la boca y pronuncia lo que se ha dado en llamar “El Sermón del Monte”.
En este discurso, el rey Jesús da un vuelco a nuestras expectativas. Da la vuelta a la visión que tiene el mundo acerca de la buena vida. Con su repetición nueve veces de “Bienaventurados son”, Cristo presenta Su manifiesto de la felicidad del reino.

El último profeta-rey
Aunque las enseñanzas de Jesús en Mateo 5 𑁋 7 suelen denominarse como un sermón, estas palabras se asemejan más a las de Enrique V en el campo de batalla que a las de un pastor en su púlpito. La diferencia más grande (y más obvia) es que quien habla es Jesús, el último profeta-rey de Dios.
Muchos han dicho que Mateo presenta intencionadamente a Jesús como un Moisés mejorado, un nuevo profeta del Señor con autoridad. Al igual que Moisés salió de Egipto, cruzó el mar Rojo, fue puesto a prueba en el desierto, subió a una montaña y entregó la palabra de Dios a Su pueblo, Mateo presenta a Jesús siguiendo el mismo patrón. Sale de Egipto (Mt 2:14-15), desciende a las aguas del bautismo (Mt 3:13-17) y triunfa sobre la prueba de Satanás en el desierto (Mt 4:1-11). Luego “subió al monte” (Mt 5:1). Esta frase se utiliza solo tres veces en la traducción griega del Antiguo Testamento, y en todas ellas se describe a Moisés ascendiendo al Sinaí (Ex 19:3; 24:18; 34:4). Mateo quiere que veamos que las palabras que Jesús pronuncia en el monte son las propias palabras de Dios en boca de Su profeta supremo, quien es mejor que Moisés (Mt 7:28-29).
Menos obvio, pero quizás más importante, Mateo presenta a Jesús como Rey. En este discurso, Jesús menciona Su reino ocho veces. Comienza proclamando quién puede entrar (Mt 5:3); y concluye declarando quiénes serán excluidos (Mt 7:21-23). Y pronuncia todas estas palabras con una autoridad real que asombra a sus oyentes (Mt 7:28-29).

Quizás lo más maravilloso de todo es que Jesús no se limita a reeditar la ley del Antiguo Testamento, sino que la cumple. En su libro sobre el retrato de Jesús que hace Mateo, Patrick Schreiner explica lo que esto significa:
Los reyes debían ser la encarnación viva de la ley, que instruyera tanto con la enseñanza como con el ejemplo lo que significa seguir la ley. Como va el rey, va la nación. Jesús es el rey davídico que se convierte en la ley viva (Matthew, Disciple and Scribe [Mateo, discípulo y escriba], 104).
Cristo es un rey que celebra Su consejo en la cima del monte e interpreta la voluntad de Dios para el hombre. Por tanto, Schreiner concluye: “El Sermón del Monte es el discurso del rey” (104).
Aquí Jesús culmina y alcanza Su punto álgido tanto en la tradición de los profetas como en el linaje de los reyes. Habla con toda la autoridad de Dios. Entonces, ¿cómo busca este profeta-rey despertar a Su atribulada audiencia?

Nosotros, los pocos felices
Al igual que Enrique V, Jesús apela al deseo innato del hombre por la felicidad. El rey nos dice dónde encontrar lo que todos queremos. “Pero”, te preguntas, “¿dónde aborda Jesús la felicidad?”. En esa hermosa palabra: “Bienaventurados”. Una de las razones por las que no nos impacta la filosofía radical de Jesús sobre la felicidad es que la mayoría de nosotros no tenemos ni idea de lo que significa “bienaventurado”.
Para la mayoría de los modernos, esta palabra es ruido blanco, ya sea un término cristiano sin sentido o material para pegatinas (calcomanías) y hashtags. Pero los lectores más antiguos lo sabían mejor. “Bienaventurado” traduce la palabra griega makarios, que la mayoría de los diccionarios definen como “feliz”. Durante las primeras traducciones de la Biblia, “bienaventurado” y “feliz” eran sinónimos intercambiables. (Por eso, por ejemplo, en inglés la entrada más antigua del Oxford English Dictionary para “bienaventurado” es “alguien que disfruta de la felicidad suprema; feliz, afortunado”). Por eso, esta sección del discurso de Jesús se suele llamar “Las bienaventuranzas”, del latín beatus, que significa “feliz”.

Al utilizar la palabra makarios, Jesús culmina la larga tradición de sabiduría bíblica sobre la buena vida. Makarios traduce la palabra hebrea asher, “un término rico que se refiere a un estado de bienestar y a los sentimientos de gozo y satisfacción que lo acompañan” (Mark Futato, Interpreting the Psalms [Interpretación de los Salmos], 66).
Los Salmos y los Proverbios utilizan repetidamente esta palabra para decirnos quiénes son los verdaderamente felices (p. ej., Sal 1; Pro 3:13). Bruce Waltke resume la importancia de asher en el Antiguo Testamento (y, por tanto, de makarios en el Nuevo):
Los sabios reservan [esta] exclamación de alabanza para las personas que viven la vida de manera óptima, tal y como lo quiso el Creador… La declaración no confiere bendición… sino que sirve para presentar a un ser humano como modelo ante el destinatario, para que sea envidiado e imitado (The Book of Proverbs: Chapters 1 – 15 [El libro de Proverbios: capítulos 1 – 15], 256).

Al igual que los sabios del Antiguo Testamento y Enrique V, las palabras de Jesús son tanto una proclamación como una invitación. Él elimina la noción de que la felicidad es meramente circunstancial. Ser feliz, según nuestro Rey, es vivir una buena vida y experimentar las emociones que la acompañan, a pesar de estar en conflicto, ser pobre y ser perseguido. Es disfrutar del bienestar con Dios y con los hombres. En esencia, Jesús declara:
“¡Oh, la dicha de ser cristiano!… ¡Oh, la felicidad absoluta de conocer a Jesucristo como Maestro, Salvador y Señor!”. La forma misma de las bienaventuranzas es la expresión de la alegría emocionante y la felicidad radiante de la vida cristiana. A la luz de las bienaventuranzas, es impensable un cristianismo envuelto en la tristeza (William Barclay, The New Daily Study Bible [Biblia de estudio nuevo día], 1:102).
Invitados al gozo
Jesús nos invita a este gozo del reino, a esta “radiante felicidad”, a esta visión de la buena vida. Al igual que Enrique V, Jesús llama a los ciudadanos de Su reino (una multitud muy heterogénea, sin duda) a una felicidad profunda, un gozo que no se ve afectado por los vaivenes de la salud y la enfermedad, la riqueza y la pobreza, la prosperidad y la calamidad. La nuestra, es una felicidad en conflicto, la satisfacción de estar en primera línea junto a nuestro Rey. Un gozo que lleva cicatrices y cruces. Una bendición que desafía los peligros y las incomodidades.

En las bienaventuranzas, el Rey nos invita al gozo pleno. Considera que quienes lo siguen forman parte de los pocos dichosos. Nos invita a unirnos a una alegre banda de hermanos y hermanas repartidos por el tiempo y el espacio, arraigados en la eternidad. ¿Quién se atrevería a resistirse a un gozo tan indomable?
Publicado originalmente en Desiring God.