Estas son palabras que pueden ser tremendamente alentadoras o tremendamente desalentadoras. Dichas en el momento equivocado o con el espíritu equivocado, pueden agravar el dolor, pero si se dicen en el momento adecuado y con el espíritu correcto, pueden ser como una bebida refrescante en un día caluroso o un bálsamo que alivia una herida dolorosa. Así son las palabras “leve y pasajera”. Mientras el Apóstol sufría física y espiritualmente, mientras hablaba del desgaste del yo externo, decía “esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación” (2Co 4:17). Su sufrimiento era real, dañino y doloroso, pesado y prolongado. Sin embargo, no mintió cuando dijo que de la misma manera era leve y pasajero.
En algunas ocasiones, cuando era niño, ayudaba a mi padre, que era jardinero, en su trabajo. Él se encargaba de plantar mientras yo le llevaba los materiales. Tenía que cargar la carretilla con plantas o montones de tierra y hacer todo lo posible para llevársela. “Puedes hacerlo”, me decía. “No está tan lejos y no pesa tanto”. Y en cierto sentido tenía razón: no estaba tan lejos ni era tan pesado. Pero él lo veía desde la perspectiva de un hombre, mientras que yo lo veía desde la perspectiva de un niño. Él era grande y fuerte mientras que yo era pequeño y débil. Ahora que soy adulto, estoy de acuerdo en que era una carga ligera y un trayecto corto. Pero en aquel entonces me costó todo lo que tenía.

Y creo que esto nos ayuda a entender lo que Pablo está diciendo. La aflicción es realmente agobiante y difícil en el momento. Requiere fuerza y resistencia, fortaleza y perseverancia. No nos hace ningún bien minimizar nuestro dolor o restarle importancia a nuestro sufrimiento. No tenemos que sufrir con los ojos secos y el corazón insensible. Somos cristianos, no estoicos. Somos seguidores de un Salvador que estuvo frente a la tumba de Su amigo y lloró, un Salvador que sabe lo que es tener el corazón roto. Las lágrimas son tan sagradas, tan preciosas, que Dios promete que ni una sola pasa desapercibida.

Sin embargo, aunque nuestro sufrimiento sea insoportable, también es leve y, aunque parezca interminable, también es pasajero. Para entender esto debemos comprometernos con nuestra fe y avanzar en el tiempo, aún más allá del tiempo. Por medio de la fe podemos transportarnos al futuro y ver las glorias del cielo, los interminables siglos de alegría, el cumplimiento de los propósitos divinos. Y ahora, desde este cambio de perspectiva, podemos mirar hacia atrás y ver nuestro sufrimiento. Cuando miramos hacia adelante, del presente al futuro, nuestro sufrimiento es pesado y duradero, pero cuando miramos hacia atrás, del futuro al presente, es leve y pasajero. La fe nos permite ver esto, sentir esto, creer esto.

El dolor más profundo en la tierra es ligero comparado con el más pequeño placer del cielo. Es una pluma comparada contra un yunque, un grano de arena contra una montaña, una gota de agua contra el poderoso Pacífico. La pena más duradera en la tierra es pasajera en comparación con la alegría más breve en el cielo. Es un segundo contra un año, un paso contra un maratón, un solo tictac del reloj contra todo un siglo. Es la fe la que nos permite ver esto y la fe la que nos permite creerlo.
Tal vez no podamos juzgar las aflicciones de hoy como leves y pasajeras. Y, de hecho, hay un sentido muy real de que no lo son. Por eso, mientras llevamos estas cargas y soportamos estas penas, mientras sentimos su dolor y derramamos nuestras lágrimas, no fijemos nuestros ojos en lo que se ve sino en lo que no se ve, no en este día, sino en aquel futuro día. Y decimos, con fe: “Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación” (2Co 4:17).
Publicado originalmente en Challies.