Amo recibir buenos consejos, piadosos. Sin embargo, hace poco, cuando compartí lo que estaba preparando sobre la teología del sufrimiento para enseñarlo a las mujeres de mi iglesia, una mujer me escribió para asegurarse de que enseñara que la voluntad de Dios siempre es sanarnos y que si Él no lo hace es porque no tenemos fe. No acepté su consejo.
Lo que me dijo esta mujer se encuentra dentro del evangelio de la prosperidad. Las palabras que me escribió muestran una de las enseñanzas más falsas e hirientes acerca del sufrimiento que jamás haya existido.
Aunque no es la única que hay. A fin de cuentas, las mentiras sobre el sufrimiento se han filtrado en todas las denominaciones. Incluso aquellos que creen tener todos sus patitos teológicos en fila no están exentos de tener una teología errónea sobre el sufrimiento. Estas mentiras y verdades a medias están presentes cada vez que se juzga a un hijo de Dios por sus lágrimas o se le dice que sea agradecido porque hay otros que la pasan peor. Una teología errónea sobre el sufrimiento se ve en comentarios dichos a la ligera, tales como: “Confía en Dios”, o: “El Señor te dará un hijo cuando dejes de idolatrar la maternidad”. Incluso se nota cuando el dolor nos golpea y nuestro primer pensamiento es: ¿Será que esto es un castigo? ¿Será que no amo a Dios como debería?

Son infinitas las formas en las que una mala teología sobre el sufrimiento es absolutamente dañina para el cuerpo de Cristo. Aquí van tan solo tres de ellas:
Una mala teología sobre el sufrimiento promueve el aislamiento
Imagina que le compartes a tu grupo más cercano de amigos sobre cuán solo que te sientes y sobre tu deseo de formar una familia, solo para oír el mismo típico comentario de: “Al menos tienes tiempo para ti”. O quizás te sinceras con un familiar que es mayor que tú y le cuentas sobre ese dolor crónico que tienes y te dice: “Y eso que eres joven. ¡Tan solo espera a tener mi edad!”.
Respuestas como estas son increíblemente comunes de escuchar en la iglesia. Pero solo ahogan los gritos de ayuda provenientes de aquellos que sufren. En vez de sufrir con los que sufren (Ro 12:15), alentamos a estas personas a que lleven su lamento a otro lado.

Aquellos que simpatizan con el evangelio de la prosperidad ciertamente sienten la necesidad de aislarse cuando están pasando por pruebas. Saben que, para su entorno, admitir que están sufriendo podría significar que no tienen suficiente fe.
Ambos escenarios llevan a las personas a volverse ermitañas, lo cual es algo peligroso para un creyente.
Una mala teología sobre el sufrimiento desvirtúa cómo vemos a Dios
Si el pueblo de Dios desestima de tal manera nuestras lágrimas, ¿de qué forma eso afecta cómo vemos a Dios? Si sentimos que no podemos llevarle nuestro dolor a los hermanos y hermanas en Cristo, entonces ¿será que Dios quiere oír nuestras penas?
Una mala teología sobre el sufrimiento también puede venir de nuestro corazón rebelde. Todos somos propensos a caer en la incredulidad. Quizás nos preguntamos: ¿Le importa esto a Dios? ¿Querrá que superemos esto de una vez? ¿Se sentirá frustrado por nuestras luchas, mirándonos con desprecio mientras dice: “¿No te das cuenta de que hago esto por tu propio bien? ¿Por qué no puedes tan solo confiar en Mí?”?

Por supuesto que no. Dios es nuestro Padre, un padre de carácter tierno. Él presta tanta atención a nuestro dolor que David escribió: “Tú has tomado en cuenta mi vida errante; pon mis lágrimas en Tu frasco. ¿Acaso no están en Tu libro?” (Sal 56:8).
Cuando creemos que Dios está lejos mientras sufrimos el resultado es que: nos aislamos y nos alejamos de Él. No nos acercamos a Su trono para llevarle nuestras preguntas, nuestro lamento, nuestro dolor (Heb 4:16). Al rehusarnos a hacer esto, nos estamos privando de tener comunión con Él en medio del sufrimiento. ¡Cuánto daño hacemos cuando creemos mentiras acerca de cómo Dios se relaciona con nosotros cuando estamos sufriendo!
Una mala teología sobre el sufrimiento aleja a las personas de Cristo
A simple vista se puede ver cómo las mentiras del evangelio de la prosperidad llevan a las personas a cuestionar su fe. Oran por sanidad durante semanas y hasta el cansancio. La gente a su alrededor les dice que necesitan tener más fe. Pero cuando miden tu fe según tus circunstancias terrenales en un mundo lleno de destrucción y dolor, ¿quién puede mantenerse en pie? Muchos son como brotes que nacen en un suelo rocoso bajo el techo de este falso evangelio, el cual reciben con gozo, pero porque “no [tienen] raíz profunda en sí [mismos], sino que solo es temporal, y cuando por causa de la palabra viene la aflicción o la persecución, enseguida se [apartan] de ella” (Mt 13:21).

También hay muchos que, aunque se encontraban en iglesias bíblicamente fieles, se han alejado de la fe porque tanto líderes como hermanos en la congregación no han sabido cómo ayudarlos a lidiar con el sufrimiento. Si tenemos una ortodoxia perfecta (la doctrina) pero una ortopraxis infiel (la práctica), ¿qué ganamos con eso? Como bien escribió Pablo: “Y si tuviera el don de profecía, y entendiera todos los misterios y todo conocimiento, y si tuviera toda la fe como para trasladar montañas, pero no tengo amor, nada soy” (1Co 13:2).
Como iglesia, somos responsables de nuestro accionar para con aquellos que sufren entre nosotros. Debemos despojarnos de toda teología errónea sobre el sufrimiento y vestirnos con el obrar de Cristo, que lloró con los que lloraban (Jn 11:35); que es Aquel cuya fe y obediencia fueron perfectas, pero que aun así soportó la cruz; que es Aquel que sufrió más que nadie, pero que aun así se preocupa por tu sufrimiento.

Publicado originalmente en Core Christianity.
