Por lo menos, eso es lo que algunos cristianos creen, aparentemente.
“Proverbios nos dice, a todos los hombres, que evitemos relaciones contigo”.
Fue ese “contigo” lo que me afectó. Cuando este hombre comentó en una publicación que escribí sobre cómo tuve un pasado promiscuo y cómo mi esposo era virgen cuando nos casamos, su respuesta me entristeció profundamente.
Yo conocía a la mujer de la que él hablaba:
Porque los labios de la extraña destilan miel,
Y su lengua es más suave que el aceite;
Pero al final es amarga como el ajenjo,
Aguda como espada de dos filos.Sus pies descienden a la muerte,
Sus pasos solo logran el Seol.No considera la senda de la vida;
Sus senderos son inestables, y no lo sabe.Ahora pues, hijos míos, escúchenme,
Y no se aparten de las palabras de mi boca.Aleja de la extraña tu camino,
Y no te acerques a la puerta de su casa (Pro 5:3-8).

Proverbios 7 también habla de esta “mujer extraña”, advirtiendo contra seguirla y, en cambio, exhortando al lector a aferrarse a la sabiduría. Estos escritos sapienciales contrastan el camino de la sabiduría con el de la insensatez, lo cual debe ser atendido por todo creyente. El propósito de estos pasajes no es advertir a los hombres que eviten casarse con una mujer que fue promiscua antes de que Dios la salvara.
A lo largo de los años, al encontrarme con hombres (y algunas mujeres) así, la frase constante en mi mente ha sido: “Demuéstrame que no entiendes el evangelio sin decirmelo”. Realmente desearía que esta fuera una creencia marginal, pero, lamentablemente, hace un par de semanas surgió un debate en X precisamente sobre esto. Parece que hay muchos más hombres y mujeres que proclaman a Cristo que no comprenden hasta dónde puede llegar la gracia de Dios. No entienden hasta dónde tuvo que llegar para salvarlos también a ellos.

Nunca más una mujer de Proverbios 5
No he evitado la honestidad respecto a mi vida antes de Cristo. No crecí protegida del mundo en un hogar cristiano idílico donde se hablara de la importancia de caminar en pureza. Fui expuesta a cosas sexuales antes incluso de llegar a la pubertad, y eso me llevó por un camino de promiscuidad, uno que recorrí hasta que el Señor me salvó misericordiosamente a los 21 años. En un instante fui cambiada. Antes estaba muerta en mi pecado (no solo el sexual, sino también egoísmo, envidia, ira, incredulidad), pero Dios me dio vida por gracia mediante la fe (Ef 2:1-9).
Mi vida es radicalmente distinta ahora, casi a los 37 años, pero también lo fue al día siguiente de que Dios me sacara del pozo de destrucción (Sal 40:2). Mi cosmovisión entera cambió en un instante, porque de repente estaba viva. Era una nueva creación: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, ahora han sido hechas nuevas” (2Co 5:17).

Aunque hay creyentes que quieren identificar a mujeres como yo con nuestro pecado pasado, Dios demuestra, por medio de su Palabra, que son mentirosos.
Cuando las personas nos identifican con nuestro pecado en lugar de identificarnos con Cristo, se están alineando con Satanás. Satanás es el acusador (Ap 12:10). Satanás es quien dice que la gracia no puede alcanzarnos. Satanás es quien nos tienta a creer que somos “mercancía dañada”, “flores marchitas” o “prostitutas irremediables”. Y cuando alguien nos llama así, está actuando como portavoz de Satanás, no como hijo de Dios.

La esposa de Oseas
Algunos hombres cristianos solo considerarían casarse con una virgen. No es que ese deseo sea inherentemente malo. En un mundo perfecto sin pecado, todos nos casaríamos con vírgenes que tampoco hubieran practicado la autosatisfacción ni visto pornografía. ¿Cuántos creyentes pueden decir honestamente que encajan en esa descripción?
Ninguno de nosotros es puro delante de Dios. Solo podemos declarar pureza por la sangre del Cordero que fue inmolado por nosotros y nos cubrió con Su justicia (2Co 5:21).
Hay muchas vírgenes con un corazón lejos de Dios. Del mismo modo, hay muchos hombres que no dan importancia alguna a una mujer con pasado sexual, aunque ellos mismos hayan pecado sexualmente. Y hay muchas mujeres rescatadas de la promiscuidad que aman al Señor y viven buscando la santidad. Si no creemos que esto es posible, no conocemos nada de la gracia de Dios. Jesús dice que “a quien poco se le perdona, poco ama” (Lc 7:47). Nadie ha sido perdonado de poco; simplemente así lo cree.

La mente recuerda la parábola del fariseo y el publicano:
Dijo también Jesús esta parábola a unos que confiaban en sí mismos como justos, y despreciaban a los demás: “Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo y el otro recaudador de impuestos. El fariseo puesto en pie, oraba para sí de esta manera: ‘Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: estafadores, injustos, adúlteros; ni aun como este recaudador de impuestos. Yo ayuno dos veces por semana; doy el diezmo de todo lo que gano’. Pero el recaudador de impuestos, de pie y a cierta distancia, no quería ni siquiera alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘Dios, ten piedad de mí, pecador’. Les digo que este descendió a su casa justificado pero aquel no; porque todo el que se engrandece será humillado, pero el que se humilla será engrandecido” (Lc 18:9-14).
Oh Dios, que nunca olvidemos que no tenemos otro mediador ante el trono de Dios sino Cristo (Heb 7:25). Nuestra justicia propia no tiene lugar en el reino de Dios.

¿Qué habría pasado si Jesús solo hubiera tomado una esposa “virgen”? ¿Y si hubiera elegido salvar solo a los que eran justos por sus propias obras? Estaríamos perdidos, todos y cada uno de nosotros. Todos “fuimos infieles” y seguimos a otros dioses. El libro de Oseas trata de Dios redimiendo a Su pueblo que se prostituyó una y otra vez. Todos fuimos la esposa de Oseas. Esa es nuestra historia, nuestro pasado, seamos vírgenes o no.
Observa que dije “fuimos”. Porque esa ya no es nuestra historia. En Cristo hemos sido redimidos, lavados, hechos nuevos. Porque Jesús tomó nuestro pecado y nos dio Su justicia, es como si nunca hubiéramos pecado. ¡Aleluya, qué Salvador!
Así que ruego a mis hermanos en la fe que han causado gran daño al identificar a hermanas en Cristo como prostitutas cuando han sido compradas por la sangre del Hijo de Dios, que se arrepientan. Que se aparten de la justicia propia espiritual y de una visión empobrecida de la gracia.
Porque, cuando el Señor dijo que nos hizo blancos como la nieve, lo dijo en serio.
Publicado originalmente en Substack.
