Existe una idea popular en el mundo cristiano que advierte sobre no ver películas de terror para evitar “abrir puertas” a lo sobrenatural. Aunque para algunos esta expresión pueda sonar extrema, la realidad es que encierra una verdad profunda. El peligro no radica únicamente en el acto de observar una pantalla, sino en lo que ese contenido llega a ocasionar dentro de nosotros.
Habiendo practicado lo oculto durante muchos años, puedo dar fe de la realidad espiritual detrás de estas advertencias. Al final, la pregunta que realmente importa no es si una película de terror es entretenida o de buena calidad, sino si consumir este tipo de cine es agradable a Dios. Debo ser clara en que, desde mi convicción, Dios no es agradado en esto. En este artículo daré dos razones generales por las que creo esto.
1. El impacto emocional del cine de terror
El impacto del cine de terror suele dividir a los creyentes en dos grupos. El primero abarca a quienes son sensibles a los temas sobrenaturales y experimentan miedo, pavor e intranquilidad. Mientras que el mundo busca estas sensaciones como un “carrusel de emociones” para dar emoción a la vida, como hijos de Dios debemos entender que el pánico y el temor no son estados que Él desee para nosotros; de hecho, someterse voluntariamente a ellos es pecaminoso. Al buscar estas emociones, nos ponemos en una situación de vulnerabilidad en nuestra relación con el Padre, alejándonos de la paz y la santidad que provienen de Él.
Por otro lado, están aquellos que aseguran que el cine de terror no les provoca ninguna reacción negativa y, por tanto, no creen estar pecando. Sin embargo, esta postura es quizá la más preocupante. Si el contenido macabro ya no te afecta, es señal de que has comenzado a insensibilizarte y deshumanizarte. ¿Qué sigue después? ¿Contenido más cruel, más sangriento o más real para poder sentir una emoción significativa? En lugar de dominio propio, esa falta de reacción revela a una persona que se ha vuelto insensible ante lo oscuro, y que prefiere satisfacer los deseos de la carne antes que cuidar su espíritu.

2. La adoración estorbada
La vida del cristiano debe ser un acto continuo de adoración. Pablo es tajante en Romanos 12:1: “Por tanto, hermanos, les ruego por las misericordias de Dios que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios, que es el culto racional de ustedes”. Todo nuestro ser, incluyendo nuestro cuerpo, es ahora un sacrificio dedicado a adorar a su Salvador. Si nuestro llamado es ser un sacrificio santo y agradable a Dios, debemos preguntarnos: ¿cómo puede honrar a Dios un contenido que exalta a Satanás, a los demonios y a la muerte? No se trata de un simple entretenimiento vacío, sino de una decisión espiritual: o amamos a Dios lo suficiente como para renunciar a lo que le desagrada y cumplir nuestro llamado de adorarlo con todo nuestro ser, o seguimos deleitándonos en el entretenimiento que honra la oscuridad.
Nuestra identidad ha sido redefinida por el sacrificio de Jesús. La Biblia nos recuerda: “Porque han sido comprados por un precio. Por tanto, glorifiquen a Dios en su cuerpo y en su espíritu, los cuales son de Dios” (1Co 6:20). La santificación es nuestra respuesta natural de gratitud ante la cruz.

Jesús enfrentó a Satanás cara a cara y lo venció con Su poder; nosotros, en cambio, somos demasiado débiles, y nuestro poder procede de lo que hace Jesús por y en nosotros. Por eso, Él nos ha dejado al Espíritu Santo para proveernos la capacidad de honrarlo. Así, es momento de empezar a escuchar Su voz y discernir lo que dejamos entrar en nuestros ojos y mente, que le pertenecen a Cristo. La decisión está frente a ti: ¿alimentarás tus pasiones y tu carne, o glorificarás a Aquel que te compró a precio de sangre?
