Estábamos sentados uno frente al otro en un restaurante de Buffalo Wild Wings cuando hizo la pregunta que causó que mi corazón se hundiera en mi interior. Me moví un poco en mi asiento mientras mi corazón corría un maratón. Nunca fui de ocultar mi pecado (pasado o presente). Mucho antes de que mi ahora esposo me cortejara, ya había compartido mi testimonio entre nuestro grupo de amigos. Pero las cosas se estaban volviendo serias entre nosotros y era momento de que él supiera más.
Me sorprendió su falta de preocupación por los detalles de mi vida antes de Cristo. Le dije que yo era un libro abierto: que le contaría todo lo que quisiera saber. Él sabía que yo había vivido en promiscuidad, buscando la atención de los hombres para encontrar algún sentido de valor, pero eso no era lo que quería saber. Su preocupación era por mi vida después de eso. ¿Había caminado en pureza desde aquella noche en que el Señor levantó el velo mientras yo clamaba a Él a solas en mi habitación? Con vergüenza en el corazón, y esperando que cambiara de opinión, le conté todo acerca de mi compromiso anterior.
Para mayor claridad, puede ser útil saber que Dios me salvó mientras yo estaba enredada en una relación intermitente y tóxica con un hombre que afirmaba ser cristiano. Yo idolatraba su amor y deseo, y lo había convertido en todo mi mundo. En mi engaño, y según el anillo en mi dedo, pensaba que me iba a casar con él. Y estaba profundamente arraigada en el pecado con él, siendo una nueva creyente.

Así que, sentada frente al hombre que amaba y que pensaba que podía perder, le conté que en aquellas primeras semanas como creyente yo aún estaba muy debilitada por la carne, y que ese otro hombre era un ídolo en mi vida. Le conté las maneras en que él me manipulaba para que le concediera favores sexuales, diciendo: “No es pecado porque no estoy codiciando”. Relaté las dolorosas historias de cómo se acostaba con otras mujeres y luego afirmaba que yo no era “lo suficientemente cristiana”. Compartí que deseaba caminar en pureza, pero que en mi debilidad cedía, por miedo a perderlo. Cómo él se quedaba profundamente dormido después de dejarme sollozando en la almohada, afligida por mi pecado. Intenté poner en palabras cómo se sentía cuando oía la voz fría de mi ex decir: “No te amo. Es solo lujuria”, después de tomar lo que no le pertenecía.
La vergonzosa verdad es que yo no era lo suficientemente fuerte, como creyente recién convertida, para alejarme. Dios tuvo que arrancar a ese hombre de mis brazos. Y eso es exactamente lo que hizo. Envió a una querida pareja que me acogió, me discipuló y sacó mi pecado a la luz. Reconocieron rápidamente a mi prometido como un lobo con piel de oveja y se interpusieron entre nosotros, protegiéndome como hacen los hermanos y hermanas en Cristo.

Dios utilizó a Su pueblo para sacarme del peligro el tiempo suficiente para que el hechizo se rompiera. Era como si Dios estuviera declarando: “Se acabó. No permitiré que los hombres sigan usándote. Y no permitiré que continúes en tu pecado. Eres mía”.
Cuando mi ex prometido me llamó unas semanas después, rogándome que lo aceptara de nuevo y diciendo: “Estoy otra vez enganchado a la pornografía. No puedo parar porque te extraño. Te necesito”, por la gracia de Dios pude colgar y no volver la vista atrás (aunque él empezó a acosarme; una historia para otro día).
Caminar en pureza como una nueva creyente era una lucha diaria. Después de que Dios me rescató de mi idolatría, fui a la guerra contra todo mi pecado sexual. Por el poder del Espíritu Santo, estaba caminando en verdadera pureza por amor al Señor, y lo había hecho durante años cuando mi esposo y yo empezamos a salir.

Le conté todo esto a James y esperé su respuesta, con el temor llenando todo mi cuerpo.
“Estoy muy enojado”, dijo, haciendo una pausa mientras la música del restaurante llenaba el silencio entre nosotros.
“Estoy muy enojado por la manera en que te trató”.
Me miró con tanta compasión que hizo que mi corazón se llenara de amor por él. Incluso ahora, se me llenan los ojos de lágrimas al recordar la sorpresa que sentí al oír esas palabras. Había esperado que me avergonzara, que me mirara con desprecio y dijera que ya no podía seguir conmigo.
Pero en cambio dijo: “Dios ya te ha perdonado por todo eso. ¿Quién soy yo para echártelo en cara? Lo que me importa es si ahora estás caminando en obediencia”.
Me encontré, una vez más, sorprendida por la gracia.

Un par de semanas después, miré a los ojos de un hombre que nunca había besado a nadie (ni siquiera a mí) cuando me pidió que fuera su esposa. Algo que no merecía; algo que no sabía que era posible. Gracia.
He llorado y he alabado a Dios múltiples veces esta semana al pensar en Su gracia al darme esta vida con mi esposo, que a veces aún se siente como un sueño.
En las últimas semanas he leído comentarios de hombres en redes sociales que me dicen:
- Que no merezco estar casada por mi pasado.
- Que mi esposo en secreto me guarda resentimiento, me imagina con otros hombres y no debería confiar en mí.
- Que mi esposo y yo no podremos vincularnos lo suficiente y que tenemos un matrimonio “muerto” en la intimidad.
- Que así como a un abusador de menores no se le debería permitir estar cerca de niños, tampoco a mí se me debería permitir estar casada con un hombre piadoso, como si el sexo antes del matrimonio fuera equivalente al vil pecado del abuso infantil.
- Es más probable que yo cometa adulterio.
- Que ningún hombre verdaderamente piadoso se casaría con una mujer que no fuera virgen; que él debió conformarse con alguien como yo porque ninguna virgen lo quiso.
- Que mi esposo ahora ha asumido mi vergüenza y ha quedado manchado por su matrimonio conmigo.
Espera. ¿Ese último no suena familiar?
¿Qué clase de hombre tomaría como esposa a una mujer que antes vivió en pecado e idolatría? Jesús. ¿Qué clase de hombre estaría dispuesto a cargar con el peso del pecado y la vergüenza de su esposa? Jesús (1P 2:24). Y aun hizo esto “cuando todavía éramos pecadores” (Ro 5:8).
Me parece que el tipo de hombre que elegiría casarse con una mujer que ha sido redimida por Dios y transformada por Su gracia, dispuesto a asumir cualquier carga que pudiera venir con su pasado, es un hombre que se parece a Jesús. Al tomarme como su esposa, mi esposo es una imagen que apunta a lo que Cristo hizo por nosotros. No hay nada más piadoso que eso.

Algunos de los hombres con los que interactué compartieron que no deberían ser avergonzados por no estar dispuestos a asumir el equipaje y las posibles consecuencias del pasado de una mujer al casarse con ella, aunque haya sido redimida. Mi respuesta, con respeto, es: ¿y si Jesús hubiera hecho eso? ¿Y si nos hubiera salvado, pero luego nos hubiera dejado cargar con el peso del pecado por nuestra cuenta? ¿Y si hubiera dicho: “Claro, puedes ser redimida, pero eso no significa que yo tenga que cargar con tu vergüenza”?
Qué devastador sería. En cambio, Jesús ha cubierto nuestra vergüenza. Aunque algunas consecuencias permanezcan, Él nos sostiene en medio de ellas. Las lleva con nosotros. ¡Oh, cuánta gracia ha derramado sobre nosotros!
Un hombre que rechaza a una mujer piadosa que camina en pureza después de que Dios abrió sus ojos al evangelio no está actuando como Cristo. Su visión ha sido moldeada más por una cultura de pureza que por el evangelio. Simplemente no es bíblica y evidencia soberbia espiritual.
Mi esposo me buscó para casarse conmigo porque vio el evangelio obrando en mi vida y mi amor por el Señor. Ruego que los hombres solteros se sientan atraídos por una mujer por su amor y obediencia al Dios que la rescató, y no por su virginidad.
En esencia, que sean como mi esposo: con humildad y una visión correcta de sí mismos y de su propio pecado ante un Dios santo. Que sean el tipo de hombre que no consideraría a una mujer redimida como mercancía dañada, sino como una hermana que fue comprada por la misma sangre que los rescató a ellos de su propia idolatría.
¿Qué clase de hombre se casaría con una mujer como yo? Un hombre amable, lleno de gracia, humilde, compasivo y piadoso. Un hombre que es como Cristo.
Publicado originalmente en Substack.
