Le hicimos a varios pastores situados en contextos de gran persecución, ya sea en su ubicación o cerca, la siguiente pregunta:
“¿Cómo has animado a los cristianos que experimentan una gran persecución con la esperanza del cielo?”.
John Folmar, pastor en los Emiratos Árabes Unidos
En Nizamabad, India, los campesinos se reúnen regularmente para discutir las noticias del día o responder a las dificultades que enfrenta la comunidad. Cuando enfrentan un problema, como cuando el precio de la cúrcuma baja demasiado o cuando las cabras no dan suficiente leche, los campesinos sacrifican animales para calmar a los dioses hindúes.
Isaac es de Nizamabad, pero se ha convertido en seguidor de Cristo. Recientemente, de regreso en su aldea natal, le explicó a sus compañeros campesinos que solo adoraba al único Dios verdadero y que ya no ofrecía sacrificios a otros dioses. Ellos insistían en que su nueva religión estaba bien, pero todavía tenía que unírseles para ofrecer sacrificios porque todos enfrentaban el mismo problema.
Cuando Isaac se negó, respondieron colgando un animal muerto frente a su casa, expresando su descontento e intolerancia. Isaac ya no encajaba. Su aldea ya no lo consideraba uno de ellos. Ya no estaba en casa.
Lo mismo sucedió con Abraham. Era un exiliado, un forastero que se mudaba de aquí para allá por todo Canaán, sin duda mal entendido, sospechoso. Pero Abraham siguió confiando en Dios: “Porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Heb 11:10).
Una tienda no tiene fundamentos. Una tienda demuestra que todavía no has llegado, que pronto tendrás que recoger todo y seguir adelante. Una ciudad, por otro lado, es permanente, asentada, estable. Con columnas y fundamentos. Pero esta ciudad es diferente, su arquitecto y constructor es Dios. Esto describe la esperanza futura de un gozo incalculable e inimaginable, la vida eterna en la presencia de Dios: una “mejor ciudad” (Heb 11:16), un lugar tan maravilloso, que la Escritura solo puede describirlo con imágenes e ilustraciones.
Lo que hace que la ciudad sea tan grandiosa es quien vive allí. Dios mismo está directa e inmediatamente con Su pueblo. La fe da paso a la vista. El gozo se apodera de cualquier sufrimiento o dolor.
Esta ciudad es donde pertenecemos, si hemos depositado nuestra fe en Jesucristo, si hemos sido limpiados con Su sangre derramada. Es nuestro hogar. “Bienaventurados los que lavan sus ropas, para… entrar por las puertas en la ciudad” (Ap 22:14). Amigos, para sobrevivir en un mundo hostil, para soportar la incomodidad y la incertidumbre, abre tus ojos al mejor país, la ciudad celestial. Al igual que Abraham, pon tu esperanza completamente en esas promesas.

La ciudad en la que vivo, Dubái, dice: “Compra ahora, paga después. Encuentra tu satisfacción aquí, sin importar qué, y no pienses en la eternidad”. Creo que este mensaje es más o menos universal. Así que, pregunto: ¿te ha funcionado? ¿Te ha satisfecho el mundo? ¿O has comenzado a ver la vanidad de este mundo? ¿El vacío insatisfactorio? ¿Empiezas a sentirte instalado aquí, como en casa en este mundo?
Jonathan Edwards escribió: “Si pasamos nuestra vida en la búsqueda de riquezas o placeres carnales; el honor y la estima de los hombres; deleitarnos en nuestros hijos y la perspectiva de verlos bien educados y asentados, todas estas cosas serán de poca importancia para nosotros. La muerte hará volar todas nuestras esperanzas y pondrá fin a todos nuestros deleites”.
Cuando te quedes en silencio en la tumba, ¿de qué te servirán entonces todos tus deleites mundanos? Pero la vida de fe dice: invierte ahora, incluso sufre ahora y recibe la entrada a la ciudad, donde Dios vive con nosotros. Este debe ser nuestro principal y mejor deseo. Edwards escribe: “Debemos ante todo desear la felicidad celestial; estar con Dios y vivir con Jesucristo. Aunque estemos rodeados de placeres externos y asentados en familias con amigos y parientes deseables; no debemos descansar en estas cosas como nuestra porción”.
En otras palabras: “Busquen primero el reino de Dios”.
Permíteme preguntarte: ¿piensas con frecuencia en el final de tu recorrido? ¿Has considerado que tu vida está próxima a terminar? ¿Está el cielo en tus pensamientos constantemente? ¿O estás atrapado en la vida diaria y las dificultades de tu localidad?
Nuevamente cito a Edwards: “Esfuérzate por que tu corazón esté tan empapado del cielo y de los deleites celestiales, para que puedas regocijarte cuando Dios te llame a dejar a tus mejores amigos y comodidades terrenales por el cielo, para disfrutar de Dios y de Cristo”.

Mack Stiles, antiguo pastor en Irak
En Dubái, un nuevo convertido sudanés me dijo que su padre lo ejecutaría cuando descubriera su nueva fe, pero su consuelo estaba en saber que Jesús había prometido estar con él siempre.
Un amigo cristiano árabe asesinó a un prisionero indefenso durante la guerra en Irak; su gran consuelo fue conocer el perdón de Dios.
Un colega iraní en el ministerio, encarcelado por su fe, estaba tan lleno del poder del Espíritu Santo que durante su interrogatorio, temió que su torturador se fuera, así de agradable era la presencia de Dios.
Un anciano de Eritrea fue arrestado por entonar cánticos cristianos el día de su boda; su consuelo en la cárcel venía de la comunión con otros creyentes.
Una creyente kurdo, con su hija de un año sobre su regazo, me explicó por qué su familia la repudiaría después de su bautismo. Ella se consolaba al saber que “Jesús es digno”.
Las promesas de la presencia de Cristo, el perdón de Dios, el poder del Espíritu Santo, la comunión con los creyentes, el valor de Jesús, todas ellas brindan consuelo.
Pero la esperanza del cielo demostrada entre el oprimido pueblo Ixil de Guatemala, me enseñó más acerca del consuelo de Dios que cualquiera de las experiencias anteriores.

El genocidio guatemalteco en los años 80 y 90 no perdonó a la joven iglesia Ixil. La crueldad de esos años resulta difícil de describir o incluso imaginar, pero he orado en una cueva donde los ancianos de una iglesia fueron acorralados y luego masacrados. He orado en la roca sobre la cual un pastor fue decapitado por negarse a dejar de predicar en su iglesia. Y, sin embargo, fue en esos lugares oscuros donde vi el mayor estímulo de la esperanza del cielo.
Vivíamos y trabajábamos en una clínica de desnutrición y en un orfanato en Nebaj. Los huérfanos eran comunes en Guatemala debido al asesinato de tantos padres. Durante la semana, viajábamos a las aldeas vecinas a pie para predicar el evangelio.
En una pequeña aldea, descargamos el generador de los burros y pusimos en marcha el espectáculo para todos los que vendrían. El edificio de la iglesia era una choza con pisos de tierra, encajados con tablones sobre bloques de cemento como bancas. Les mostrábamos varios videos, algunos contextualizados ricamente y en el idioma nativo de los Ixil. Pero el video que pedían, una y otra vez, era una pobre recreación de Lázaro y el hombre rico. La imagen borrosa y los actores estadounidenses de hockey, que se hicieron audibles por un doblaje en español fuera de lugar, no los disuadían. Cuando les preguntamos qué les gustaba de la película, decían que Lázaro era ellos. Era pobre, oprimido, enfermo y humillado, ¡como ellos! Pero su nombre era conocido. Era amado por Dios en los cielos, sostenido por Jesús.
Cuando la soga está en el cuello y ya no hay esperanza en tu mundo, la esperanza del cielo es un tesoro dulce y reconfortante.

DSD, pastor en Asia Oriental
El día de las madres en 2019 fue un día que jamás olvidaré. Nos reunimos como iglesia en el anodino salón de baile de nuestro hotel en el centro de la ciudad, tal como lo habíamos hecho durante los últimos meses. Pero este no era un domingo cualquiera. Estábamos a punto de ser probados como iglesia como nunca.
Mientras uno de nuestros pastores se levantó y comenzó a predicar sobre Mateo 20, funcionarios policiales uniformados interrumpieron el servicio, para intentar clausurarnos. No estaban allí para asegurarse de que estuviéramos cumpliendo con las regulaciones de la comunidad. Querían intimidarnos y silenciarnos.
Después de ese día, nuestra iglesia se dispersó. No podíamos reunirnos como un solo cuerpo en el mismo lugar. Ese día, pasamos a formar parte de las iglesias perseguidas. En reiteradas ocasiones, la Escritura dice que ser cristiano implica ser perseguido. Como iglesia dispersa, reflexionamos mucho sobre los acontecimientos registrados en Hechos 8: “Y Saulo consentía en su muerte. En aquel día hubo una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén; y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles”. Pero lo que me impactó fue el versículo 4: “Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio”.

Aquellos que fueron esparcidos no se escondieron. No construyeron comunas de seguridad. Ciertamente, se encontraban dispersos, pero nunca permanecieron callados. ¡Iban por todos partes predicando la Palabra! Ahora, como pastor de una iglesia perseguida y esparcida, tenía algunas preguntas: “¿Cómo podemos vivir así? ¿Cómo respondemos a la persecución, sin escondernos tras puertas cerradas, sino viendo esto como una puerta abierta? ¿Cómo seguimos predicando la Palabra?”.
Irónicamente, encontré mis respuestas en la voz de quien persiguió a esa iglesia primitiva en Jerusalén: el apóstol Pablo. Piensa en el consejo que le dio a Timoteo, un pastor joven: “Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman Su venida” (2Ti 4:6-8).
Pablo escribió estas palabras desde la celda de una prisión. El perseguidor de la iglesia había sido perseguido por la iglesia. Cerca del final de su vida, centró su atención en su futuro. Anhelaba con ansias el cielo y la gloria que le esperaba. Esto es lo que le dio la confianza para continuar, para seguir luchando, seguir corriendo.
Pocos meses después de haber sido esparcidos, fui enviado como uno de los ancianos a una nueva iglesia que plantamos como resultado directo de esa persecución. Prediqué el primer sermón en nuestro primer domingo como una comunidad del nuevo pacto. ¿Puedes adivinar los textos que escogí? Hechos 8 y 2 Timoteo 4. Quería remitirnos al cielo.
Ese día, como comunidad del nuevo pacto, un pueblo esparcido se convirtió en un nuevo pueblo reunido, al menos hasta que el Señor decida dispersarnos nuevamente o regresar para llevarnos a casa. Pero hasta ese día, seguiremos predicando la Palabra, esperando el cumplimiento de la promesa de que un día seremos un pueblo reunido eternamente, coronado de gloria, a salvo y seguro, que nunca más será esparcido.
Publicado originalmente en la revista en español de 9 Marcas.