¿Se complace Dios en ti?
Cuando te mira, ¿sonríe?
En resumen, si estás en Cristo, la respuesta es sí. Pero la respuesta a cómo, por qué y en qué se basa para esto requiere una explicación.
Podemos dividir el deleite de Dios por los redimidos en tres categorías: (1) un deleite en la elección, (2) un deleite en la redención y (3) un deleite en la santidad.

1. Deleite en la elección
En primer lugar, Dios ha expresado Su deleite en Sus hijos por medio de la elección. De manera incondicional y libre, sin un atisbo de injusticia o parcialidad, Dios elige poner Su deleite en ciertas almas humanas, y este deleite es una expresión de deleite del Dios trino (Lc 10:21).
Dios se deleita libremente en elegir a hijos para la redención y para la adopción en Su familia (Ro 9:10-18; Ef 1:3-6).
Ese deleite predestinado sobre nosotros en la elección es incondicional respecto a cualquier cosa que haya en nosotros.

2. Deleite en la redención
En segundo lugar, Dios se deleita en la redención de Sus elegidos en Cristo (Lc 15:7).
Este deleite se basa en la obra perfecta de Cristo y en la aplicación de Su obra a los elegidos, por fe, en el espacio y tiempo. Incluso la manifestación de nuestra fe salvadora agrada a Dios (Heb 11:6). Y una vez que Sus hijos son liberados de las exigencias legales de la justicia, y permanecen para siempre justificados por su unión con Cristo, Dios entona sobre ellos un canto de deleite (Sof 3:14-17).
Piensa en el gozo de los ángeles en el cielo por la redención de un pecador. Y piensa en la fiesta desbordante de alegría que el padre organizó para su hijo pródigo. De manera similar, cuando los elegidos son redimidos, el corazón de Dios se inclina a deleitarse eternamente en ti, por ti (Lc 15:11-24).

3. Deleite en la santa obediencia
En tercer lugar, Dios se deleita en la obediencia sincera.
En una de las realidades más misteriosas y profundas del universo, el deleite del Padre en Jesús aumentó después de la encarnación, a medida que Jesús maduraba (Lc 2:52). Piénsalo. Por Su obediencia a la voluntad del Padre, el Hijo permanece en el deleite de Su Padre (Jn 10:18; 12:49; 14:31; 15:10). Es una verdad bíblica que me deja perplejo.
Sin embargo, no es ningún misterio el modelo de Jesús que seguimos en obediencia. Y por nuestra obediencia permanecemos en el amor de Dios, y Dios se deleita en nuestra santidad (Jn 14:21-24).
En la verdadera obediencia experimentamos el amor perdurable de Cristo y el gozo cada vez mayor de Dios (Jn 15:9-11).

Por ejemplo, la humildad es maravillosamente atractiva para Dios. La humildad le llama la atención. El corazón contrito y humilde acerca a Dios y le produce deleite (Stg 4:8-10; Is 57:15; 66:2; Sal 34:18).
El pecado actúa en la dirección opuesta. El deleite es contrario al dolor, y como cualquier padre amoroso, Dios se aflige genuinamente por nuestro pecado (Ef 4:30; Heb 12:3-11). La desobediencia en nosotros contradice Sus propósitos redentores eternos para con nosotros. De una manera muy real, con nuestra desobediencia declaramos que el pecado es más deleitable que Dios. ¿Cómo podría tal actitud no causarle dolor?
El Padre, quien ha elegido y redimido a Sus hijos, se aflige genuinamente por nuestro pecado y se deleita genuinamente en nuestra santidad.

Un solo plan
Entonces, ¿cómo se relacionan estos tres tipos de deleite?
La clave está en entender el deleite de Dios en nosotros, no como tres deleites distintos, sino como tres grados del mismo deleite. En otras palabras, los tres se unen en un solo plan. El deleite de Dios en el punto 1 (la elección) conduce a Su deleite en el punto 2 (la redención), lo cual lleva a Su deleite en el punto 3 (la obediencia).
En cada etapa, el deleite de Dios en nosotros es como un fuego que se hace más grande, más fuerte y más ardiente con el tiempo, hasta llegar al día en que nos presentaremos en resplandor moral y en la perfección cristiana (1Jn 3:2).

En otras palabras, “la santificación, vista como la culminación de nuestra glorificación, es la meta a la que apunta, en definitiva, nuestra predestinación” (Richard Gaffin). Hemos sido elegidos y redimidos para convertirnos en criaturas radiantes que reflejen adecuadamente la gloria de Dios en la plenitud de nuestro ser. Esta consumación de la elección y la redención de Dios en la glorificación se encuentra en grandes pasajes como Efesios 1:3-10 y Romanos 8:29-30.
El deleite de Dios por Sus hijos, firme y constante sobre la base de la elección, inquebrantablemente seguro en la aplicación de la redención, crece en relación con nuestra santidad real y nuestro cumplimiento de Su voluntad, ¡para ser perfeccionados algún día para Su deleite aún mayor!

¡Maravíllate!
Cualquiera que esté en Cristo puede contemplar este plan de Dios y maravillarse.
Al principio, Dios creó a los seres humanos para magnificar Su gloria. Él me creó. Lo rechacé y elegí el pecado en su lugar, para mi ruina y desesperación. Pero sin que yo lo supiera, en la eternidad pasada, Él puso Su amor especial en mí. Por Su hermosa obediencia, Cristo entró al mundo para vivir y morir y redimirme, por mi nombre, para justificarme, para darme el Espíritu, y para recrear algo hermoso a partir de este desastre llamado yo, algo plenamente obediente, plenamente radiante en santidad, plenamente feliz en santa comunión con Dios. Todos mis pecados y mi desobediencia en este momento le causan dolor. Sin embargo, Él se deleita en todos mis esfuerzos contra el pecado y en mis esfuerzos por obedecer, y con amor me disciplina con miras al día en que refleje la gloria de mi Salvador hasta lo más profundo de mis motivos, mis pensamientos y todas mis palabras y acciones, para Su gran deleite. ¡Para esto es que Dios me creó!

Necesitamos esto hoy. Como lo dice Kevin DeYoung: “Una de las principales motivaciones para la obediencia es el deleite de Dios”.
O como lo dice John Piper: “Dios se deleita con nuestra obediencia cuando es el fruto de nuestro deleite en Él. Nuestra obediencia es el deleite de Dios cuando demuestra que Dios es nuestro tesoro”.
Publicado originalmente en Desiring God.