“¿Cuál es tu visión?”.
Si eres un pastor nuevo, es probable que hayas escuchado variantes de esa pregunta en innumerables ocasiones.
Tal vez ha sido planteada por miembros actuales de tu nueva iglesia, que esperan con ansias conocer la dirección en la que planeas llevarlos. Quizá venga de posibles miembros que estén interesados en unirse a la obra contigo, pero que necesitan conocer el proyecto antes de inscribirse.
Podría ser la consulta de iglesias asociadas u organizaciones paraeclesiásticas, que prometen colaborar con dinero y personal si contestas la respuesta correctamente.
“¿Cuál es tu visión?”.
No puedo recordar todas las formas en que he respondido, pero al mirar atrás después de mi primer año de ministerio pastoral, estoy seguro de que muchas de mis respuestas fueron inadecuadas. ¿Por qué? Porque fueron muy limitadas. Si bien pude haber comunicado mi esperanza de un ministerio fiel y prolongado en el mismo lugar con las mismas personas, mi visión aún no estaba lo suficientemente proyectada hacia el futuro. Debería haber puesto mi mirada en algo más distante y más esencial: el cielo.
Hermanos, al inicio de nuestros ministerios, necesitamos una gran visión de dónde termina todo. Necesitamos una visión del cielo.
Permíteme ofrecer tres razones por las que centrarte en el cielo es indispensable si eres un pastor nuevo.

1. Enfocarse en el cielo perfora el orgullo del pastor nuevo
Mirar hacia el cielo nos recuerda que el reconocimiento y las recompensas vienen; lo que significa que no tenemos que clamar por ellas ahora.
Al comienzo del ministerio, casi todos los pastores no se sienten lo suficientemente preparados. Entre la predicación, la planificación, la consejería y la administración, hay momentos en los que te das cuenta: “¡No soy muy bueno en esto!”.
¿Qué sucede después?
Muchos intentamos conquistar este sentido de insuficiencia buscando afirmaciones externas de nuestra capacidad. Buscamos y vivimos para que las personas reconozcan nuestro trabajo. Queremos saber que ellos saben que han hecho la contratación correcta; su elogio es una confirmación de la votación de la congregación.

Pero pregúntate: “¿Por qué me preocupa tanto lo que las personas piensen y digan de mí ahora mismo?”.
Esta mentalidad delata sutilmente que quienes predicamos acerca del cielo, con frecuencia vivimos como si no existiera. Actuamos como si esta vida fuera todo lo que hay, por lo que la alabanza de nuestra congregación se convierte en nuestro mayor premio.
Pero la Biblia deja claro que nuestro trabajo debería centrarse en servir a Dios, no en nosotros mismos, en Su aprobación de nosotros, no la aprobación de los demás (1Ts 2:4; Ga 1:10). Increíblemente, este reordenamiento de prioridades no nos quita el reconocimiento, lo garantiza.
Al final de nuestras vidas y ministerios, Dios proporcionará la aprobación y la aceptación que una vez buscamos de la gente. El Rey mismo nos saludará y recibirá en Su reino con estas palabras: “Bien, buen siervo y fiel… entra en el gozo de tu señor” (Mt 25:21).

2. Enfocarse en el cielo impulsa el ministerio del pastor nuevo
“Estoy involucrado en recorridos al cielo dirigidos personalmente”. Así es cómo Charles Spurgeon resumió sucintamente el trabajo de su ministerio.
¿De qué se trata tu ministerio?
Si solo estás comenzando, podrías sentir la tentación de enumerar tareas. “Mi ministerio se trata de predicar el evangelio y hacer discípulos”.
¡Amén!
¿Pero qué te impulsa? ¿Qué motiva tu ministerio?
Un vistazo en una de las cartas de Pablo nos muestra que un enfoque parecido al de Spurgeon acerca del futuro estimula su trabajo. Esta visión del futuro también podría estimular nuestros ministerios.

En Colosenses 1:28, Pablo resume su ministerio diciendo: “Anunciamos [a Cristo], amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría”.
De momento, puede parecer que el ministerio de Pablo está simplemente orientado a tareas. Pero luego presenta su propósito final: “A fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre”.
Pablo trabajó a la luz de la eternidad. Predicó, advirtió y enseñó no solo porque esos eran deberes de su descripción de trabajo, sino porque su ambición era presentar a la iglesia ante Dios un día. Pablo sabía que el cielo era real y quería ayudar a las personas a llegar allí, no como bebés, sino como creyentes maduros.
Eso es una corrección para mí, quizá también para ti. Gran parte del ministerio puede enfocarse en lo urgente: ayudar a una persona a superar una mala racha en su vida; querer ver a alguien vencer una adicción o esperar que alguien pueda responder mejor a una situación difícil.

Algunos días y semanas se sienten como si estuvieras jugando a “darle al topo”. Tan pronto como abordas un problema o realizas una tarea, otro aparece.
Necesitamos pasajes como Colosenses 1:28 que nos recuerdan desde el inicio que el ministerio es más que ayudar a la gente a atravesar una mala semana; más que pastorear personas durante una pandemia o una temporada política irritable. El ministerio se trata de preparar a las personas para que se encuentren con Jesús, para que algún día podamos estar de pie a su lado, maduros en Cristo.
¿Puedes imaginarte, cuando estemos juntos del otro lado de la gloria con la congregación que Dios nos ha dado para pastorear? Tendremos cuerpos nuevos y glorificados, pero nuestros recuerdos seguirán intactos. Recordaremos el trabajo que hicimos por medio de las pruebas y lágrimas, tentaciones y conversaciones difíciles. Predicando, advirtiendo, enseñando. Todo para ver a los santos llegar al cielo. Lo recordaremos todo, y del otro lado de la gloria el único comentario que tendremos será: “¡Todo valió la pena!”.

Hermano, deja que la visión de lo que ha de venir impulse tu ministerio ahora.
3. Enfocarse en el cielo brinda el gozo duradero que un pastor nuevo necesita
Pastor, ¿qué te haría feliz? ¿Qué sueñas despierto en los escasos momentos libres?
Para muchos, es el éxito, el éxito ministerial.
Y en un trabajo nuevo, tienes el punto de vista único de poder rastrear tal “éxito” (o falta del mismo) directamente hasta ti. ¿Ha aumentado o disminuido la membresía desde que comenzaste? ¿Han aumentado o disminuido las ofrendas? ¿Ha aumentado o disminuido la emoción?
Las respuestas con frecuencia determinan nuestras actitudes. Pero Jesús nos da algo mucho menos voluble a lo que atar nuestra felicidad. En Lucas 10:20, los discípulos regresan contentos de un exitoso viaje ministerial, uno lleno de nuevos hitos. Pero Jesús redirige su gozo: “Sin embargo, no se regocijen en esto, de que los espíritus se les sometan, sino regocíjense de que sus nombres están escritos en los cielos”.

Realmente hay algo por lo que estar feliz, dice Jesús, pero no tiene nada que ver con el éxito aparente del ministerio. Lo que debería darnos gozo a todos, pastores y no pastores por igual, es que haya un libro de membresía en el cielo con nuestros nombres en él, grabados con la preciosa sangre de Jesucristo, quien murió y resucitó de la tumba por nosotros.
¿Acabas de comenzar tu ministerio y te diste cuenta de lo increíblemente difícil que es, de lo incesante que puede ser la crítica, de cuán lento puede parecer el crecimiento (tanto numérico como espiritual)? ¿Sientes la tentación de desesperarte? ¿Ya estás considerando marcharte?
Resiste. En tu peor día, o durante tu peor semana, o después de lo que puede parecer el peor comienzo ministerial que puedas imaginar, hay una razón para alegrarnos, una razón para no perder la esperanza. Tu nombre está escrito en el cielo.
Queridos hermanos, pongan su mirada más allá de unas pocas décadas. Pongan su mirada en la eternidad. Que el cielo sea la visión y el estímulo de su ministerio, y trabajen hasta llegar allí.
Publicado originalmente en la revista en español de 9 Marcas.
