Ayudas celestiales para problemas pastorales

Siete formas en las que el cielo nos ayuda a superar los desafíos en el ministerio.
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Como pastores, la realidad del cielo le da forma a nuestro ministerio. Por supuesto, sabemos que trabajamos para fines eternos. No obstante, me temo que para muchos pastores (incluyéndome), el “cielo” todavía tiene que salir de lo etéreo y teórico del mundo venidero y entrar en los asuntos prácticos y físicos de este mundo.

Pero en la Escritura, la gloria futura está destinada a tener un profundo impacto sobre nuestros ministerios actuales. Las epístolas pastorales están llenas de tales recordatorios. Pablo conecta reiteradamente para Timoteo las implicaciones de la vida eterna con su labor pastoral. En este artículo, resaltaré siete de esas implicaciones.

1. Pensar en el cielo infunde esperanza a nuestro ministerio

Al inicio de 1 Timoteo, Pablo se centra en la realidad del cielo. Le recuerda a Timoteo la naturaleza de su apostolado, pero no termina allí. También le recuerda a Timoteo del “Señor Jesucristo nuestra esperanza” (1Ti 1:1). ¿Por qué diría esto? Porque nuestro llamado al servicio de Cristo es infinitamente menos importante que nuestro llamado a la esperanza de Cristo.

Y esta esperanza impulsa nuestro ministerio actual. “Que por esto mismo trabajamos y sufrimos oprobios, porque esperamos en el Dios viviente, que es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen” (1Ti 4:10). Nuestra esperanza, puesta en el Dios vivo, motiva nuestro trabajo y esfuerzo en esta era.

Pastor, ¿estás cansado y desanimado? ¿Te cuesta seguir adelante? Permíteme animarte a fijar tu mente en la obra de Cristo antes de que fijes tu mente en tu trabajo por Cristo. Orienta tu corazón cada mañana a la esperanza que es tuya por la muerte y resurrección de Jesús. Luego trabaja con la fuerza que esta esperanza brinda.

La esperanza del cielo fortalece el ministerio en la tierra. / Foto: Lightstock

2. Pensar en el cielo nos ayuda a tomar en serio nuestra santidad personal

Como pastores, podemos estar tan enfocados en el ministerio que no solo olvidamos nuestra esperanza, sino que también descuidamos nuestro carácter. Necesitamos que se nos recuerde lo siguiente: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1Ti 4:16).

La realidad de la salvación futura no es solamente para los demás, también es para nosotros. Con justa razón, cuidamos de nuestra doctrina, no sea que descuidemos predicar fielmente todo el consejo de Dios y declarar el bendito evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo, al hacerlo, no solo debemos aplicar ese evangelio a nuestros oyentes, sino también, y principalmente, a nosotros.

La implicación es clara: soportamos y perseveramos por la gracia, asegurándonos de aplicar las palabras que predicamos a otros a nosotros mismos. Esto da evidencia de que seremos salvos por el mismo evangelio que estamos predicando.

El pastor que anhela la salvación prometida procura vivir a la luz del evangelio que predica. / Foto: Lightstock

Por esta misma razón, Pablo dice más tarde: “Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos” (1Ti 6:11-12).

La vida eterna debe ser conquistada y se conquista a través de la batalla de la fe. Por tanto, pelea esa batalla, hermano. Sigue la justicia, en aras del cielo.

3. Pensar en el cielo nos permite soportar el sufrimiento

Sabemos que el llamado al ministerio es un llamado a sufrir. Pero Dios nos ha dado una inmensa fuente de consuelo en medio de ese sufrimiento: el cielo.

En 2 Timoteo 1:12, Pablo dice acerca de su sufrimiento: “Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día”.

El sufrimiento forma parte del ministerio, pero no tiene la última palabra. / Foto: Envato Elements

Desde la perspectiva del mundo, el sufrimiento de Pablo por causa del evangelio debería avergonzarlo. Mientras el mundo nos lanza preguntas: ¿Por qué soportas todo esto? ¿No sabes lo que la gente dice de ti? Pablo responde con una confianza segura en el poder y el carácter de Dios.

De igual manera, en 2 Timoteo 2:8-10, Pablo escribe:

Acuérdate de Jesucristo, del linaje de David, resucitado de los muertos conforme a mi evangelio, en el cual sufro penalidades, hasta prisiones a modo de malhechor; mas la palabra de Dios no está presa. Por tanto, todo lo soporto por amor de los escogidos, para que ellos también obtengan la salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna.

La esperanza de Pablo, mientras se encuentra en prisión, es que la Palabra de Dios no puede ser encadenada. Es lo suficientemente poderosa para lograr todo lo que Dios pretende. Esa es la razón por la que él soporta el sufrimiento por el bien de los elegidos, aquellos que realmente han sido llamados por Dios a través de Su Palabra.

La esperanza del cielo da fuerzas para perseverar cuando el evangelio trae oposición. / Foto: Unsplash

¿Qué piensa Pablo en la cárcel? La Palabra de Dios, el propósito invencible de Dios de salvar a los elegidos, y su eventual gloria venidera. Hermano pastor, ¿estás sufriendo en este momento? Piensa en estas verdades antes de pensar en cualquier cosa.

4. Pensar en el cielo nos protege de la amargura

Ser llamado al ministerio implica ser traicionado. Jesús no salió de Su ministerio terrenal sin un Judas, y con la mayoría de nosotros sucederá lo mismo. Ciertamente le ocurrió a Pablo.

Alejandro el calderero me ha causado muchos males; el Señor le pague conforme a sus hechos. Guárdate tú también de él, pues en gran manera se ha opuesto a nuestras palabras (2Ti 4:14-15).

El ministerio también trae heridas y traiciones, pero la esperanza del cielo protege el corazón de la amargura. / Foto: Lightstock

Alejandro lastimó a Pablo. No se nos dice la naturaleza de los «muchos males» que le causó, pero habría sido muy fácil para Pablo llenarse de amargura, primero contra las personas y segundo contra Dios.

Y la situación empeoró, nadie vino a ayudarle. “En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon” (2Ti 4:16a). Sin embargo, frente a esto, pudo decir: “No les sea tomado en cuenta”. ¿Cómo pudo Pablo decir esto?

Pudo decirlo porque incluso en sus momentos más oscuros sentía la cercanía del Señor: “Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas… Así fui librado de la boca del león” (2Ti 4:17). Pero no se detuvo allí. La celebración de Pablo por la protección del Señor también se extendió hacia el futuro, enfocándose en la realidad prometida del cielo: “Y el Señor me librará de toda obra mala, y me preservará para su reino celestial. A él sea gloria por los siglos de los siglos. Amén” (2Ti 4:18).

La esperanza del reino celestial permitió a Pablo responder al abandono y la traición sin amargura. / Imagen: Rembrandt

Hermanos, el cielo compensará todos los males que nos hayan hecho. No tiene que “arreglarse” o resolverse en esta vida. Podemos encomendarnos al que juzga justamente. Podemos amar a nuestros enemigos.

Pero el enfoque de Pablo en la eternidad no es solo para aquellos que se opusieron a él. También es para los que lo ayudaron:

Tenga el Señor misericordia de la casa de Onesíforo, porque muchas veces me confortó, y no se avergonzó de mis cadenas, sino que cuando estuvo en Roma, me buscó solícitamente y me halló. Concédale el Señor que halle misericordia cerca del Señor en aquel día. Y cuánto nos ayudó en Efeso, tú lo sabes mejor (2Ti 1:16-18).

Ya sea lamentándose por alguien que le hizo daño o alegrándose por alguien que lo ayudó, Pablo solía enfocarse en la eternidad. En otras palabras, eso lo volvió resistente y le dio un tierno corazón.

Poner la mirada en la eternidad transforma la manera en que respondemos a quienes nos hieren y a quienes nos ayudan. / Foto: Envato Elements

5. Pensar en el cielo hace del discipulado una prioridad

Como pastores, estamos llamados a invertir en otros. En ocasiones, nuestra inversión no sale como planeamos. A veces pasamos demasiado tiempo con Alejandro el calderero y no con Onesíforo el reconfortante. Rara vez somos lo suficientemente intuitivos para notar la diferencia, al menos desde afuera.

Sin embargo, aún estamos llamados a invertir en hombres confiables que puedan transmitir la fe a otros.

Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús. Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros (2Ti 2:1-2).

La esperanza del cielo da al discipulado una perspectiva eterna. / Foto: Lightstock

Pablo le recuerda a Timoteo que podemos hacer esto por la presente gracia fortalecedora de Cristo, pero que también lo hacemos mirando hacia la eternidad:

Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo. Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado. Y también el que lucha como atleta, no es coronado si no lucha legítimamente. El labrador, para participar de los frutos, debe trabajar primero. Considera lo que digo, y el Señor te dé entendimiento en todo (2Ti 2:1-2).

Hacer discípulos es un trabajo duro. Implica sufrir como soldados, entrenar como atletas y sembrar como labradores. Es un trabajo lento y a menudo desalentador. Pero es un trabajo significativo y fructífero que se sustenta al enfocar nuestros ojos en el precio: complacer al oficial al mando, ser coronados y recoger la cosecha.

El discipulado requiere perseverancia, sacrificio y paciencia. / Foto: Lightstock

6. Pensar en el cielo nos impulsa a seguir predicando

No solo es difícil hacer discípulos, sino que también predicar es difícil, especialmente porque ambas cosas son tan “diarias”.

Pablo le dice a Timoteo: “[Predica] la palabra; [insta] a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2Ti 4:2). Pablo supone allí que habrá momentos en los que predicar no sea tan agradable como otras veces, ni igual de fructífero. No obstante, espera que estemos preparados para seguir predicando. Redargüir, reprender y exhortar con toda paciencia son los medios. Nada fácil, claro está.

Entonces, ¿cómo perseveramos? El cielo.

Predicar fielmente requiere perseverancia, aun cuando el fruto tarde en llegar. / Foto: Lightstock

El versículo que precede a este encargo presenta la motivación: “Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino” (2Ti 4:1). Predicamos en presencia de Dios que juzgará a los vivos y a los muertos, y que un día regresará con poder y gloria en Su manifestación. Pablo centra nuestras mentes en el final, cuando ya no habrá más predicación, para que podamos seguir adelante con nuestra predicación aquí y ahora.

7. Pensar en el cielo nos ayuda a terminar bien

Un día, nuestro ministerio llegará a su fin. Todos queremos terminar bien. No es coincidencia que el cielo impregnara la mente de Pablo de manera más aguda al final de su ministerio.

Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida (2Ti 4:6-8).

Hermanos, pensemos más en la “corona de justicia”. No evaluemos nuestros ministerios por lo que podemos ver ahora, sino por lo que será después, cuando Cristo aparezca y seamos recompensados por nuestro trabajo. Amémoslo. Amemos Su manifestación. Esto y solo esto nos permitirá terminar bien.


Publicado originalmente en la revista en español de 9 Marcas.

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Mark Redfern

Mark Redfern es pastor de Heritage Baptist Church en Owensboro, Kentucky

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