Septiembre 16
Una cosa he pedido al Señor, y esa buscaré: que habite yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor y para meditar en Su templo (Salmo 27:4).
Dios no es indiferente al anhelo contrito del alma. Viene y alivia la carga del pecado, llenando nuestro corazón de alegría y gratitud. “Tú has cambiado mi lamento en danza; has desatado mi ropa de luto y me has ceñido de alegría; para que mi alma te cante alabanzas y no esté callada. Oh Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre” (Salmo 30:11-12).
Pero nuestra alegría no solo surge de la mirada atrás con gratitud. También surge de la mirada adelante con esperanza: “¿Por qué te desesperas, alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, pues he de alabarlo otra vez por la salvación de Su presencia” (Salmo 42:5-6).
“Espero en el Señor, en Él espera mi alma, y en Su palabra tengo mi esperanza” (Salmo 130:5).
Al final, el corazón no anhela ninguno de los buenos dones de Dios, sino a Dios mismo. Verlo, conocerlo y estar en Su presencia es el festín final del alma. Más allá de esto, no hay búsqueda. Las palabras sobran. Lo llamamos placer, alegría, deleite. Pero estos son débiles indicadores de la experiencia indescriptible:
“Una cosa he pedido al Señor, y esa buscaré: que habite yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor y para meditar en Su templo” (Salmos 27:4).
“En Tu presencia hay plenitud de gozo; en Tu diestra hay deleites para siempre” (Salmo 16:11).
“Pon tu delicia en el Señor” (Salmo 37:4).
