Septiembre 14
“En cuanto a nuestro hermano Apolos, mucho lo animé a que fuera a ustedes con los hermanos”. 1 Corintios 16:12
El cuerpo de Cristo no es lugar para un llanero solitario cuando se trata de la obra del ministerio. La vida cristiana es un juego de equipo, no una competencia. El apóstol Pablo nos recuerda esto una y otra vez en sus cartas a la iglesia primitiva.
Aun en la infancia de la iglesia de Corinto, Pablo sabía que las disputas territoriales eran una amenaza y que algunos preferían el cuidado de Apolos sobre el suyo (1Co 3:3-7). Si Pablo hubiera estado buscando sus propios intereses, aumentar su propia reputación y lograr dependencia en él, podía haberse asegurado de que Apolos nunca regresara a Corinto. Sin embargo, leemos que él no hizo esto. De hecho, hizo todo lo contrario. Él solo quería que el pueblo de Dios fuera ministrado. Él sabía que el ministerio estaba diseñado para ser un trabajo en equipo.
La manera de Dios de escoger el equipo ministerial para la iglesia primitiva fue maravillosa de muchas maneras. Considera a Timoteo, por ejemplo. Pablo les dijo a los corintios: “Si llega Timoteo, vean que esté entre ustedes sin temor, pues él hace la obra del Señor lo mismo que yo. Por tanto, nadie lo menosprecie. Más bien, envíenlo en paz para que venga a mí, porque lo espero con los hermanos” (1Co 16:10-11). Para muchos, Timoteo pudo haber parecido inadecuado para servir: era naturalmente tímido (por lo que Pablo le recuerda a la iglesia que lo traten con amabilidad), físicamente débil (era sabido que tomaba un poco de vino por causa de su estómago) y más joven que la mayoría (1Ti 4:12; 5:23). Sin embargo, Pablo sabía que Dios le había asignado a Timoteo una tarea y tenía la intención de ayudarlo a llevarla a cabo.
Una multitud de otros hombres y mujeres como Febe, Priscila, Aquila, Fortunato y Ácaico se unieron también al ministerio de Pablo. Ninguno de ellos tenía la misma apariencia ni el mismo comportamiento. No tenían los mismos dones. Pero todos eran vitales en la obra del ministerio. Lo mismo es verdad del cuerpo de la iglesia hoy: todos hemos recibido diferentes tareas de parte del Señor. Por lo tanto, es crucial que nos resistamos a la tentación de servir solo con aquellos con quienes somos más similares o de quienes tenemos mejor impresión. No deberíamos decir: “Bueno, solo me gusta la manera en la que él predica”, “Solo puedo escuchar la voz de ella” o “Simplemente no me llevo con él”. En cambio, deberíamos estar agradecidos por todos los siervos de Dios.
La mayoría de nosotros viviremos nuestra vida sin que nadie nos conozca más allá de nuestro círculo de influencia inmediato. Pero será suficiente que nuestro epitafio diga: “Aquí yace Fulanita: una gran sierva de los que la conocían”. ¿Realmente crees que “hay una obra para Jesús que solo tú puedes hacer”?! Cuando Dios coloca Su mano sobre ti y te asigna una tarea, ¿puedes tomarla en serio, aunque parezca sin importancia? Fuimos diseñados para servirlo juntos en comunidad, como un equipo unido en beneficio de Su reino. Habrá gozo y satisfacción si sigues tu papel y si animas a otros a seguir el suyo hoy.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
