El consuelo genérico es genial para problemas genéricos. Pero ¿quién experimenta problemas genéricos? Experimentamos problemas específicos: la ansiedad en un ambiente de trabajo específico, el dolor de un diagnóstico específico, el desánimo que proviene de comentarios específicos hechos por personas específicas.
Cuando estamos en problemas, buscamos soluciones específicas a nuestros problemas específicos. Nos encontramos escribiendo descripciones detalladas en un buscador, preguntándole a amigos si saben de alguien que haya enfrentado estas dificultades particulares o buscando en la Escritura las palabras precisas que más cerca reflejen lo que nos agobia.
Muchas veces, el cielo es el último concepto en el que pensamos cuando buscamos consuelo. El cielo se siente tan genérico. Lo asociamos con nubes, oro y alas de ángeles, no con la cruda realidad de la dinámica de un lugar de trabajo, diagnósticos médicos o conflictos interpersonales. El cielo no parece pertinente a los problemas de este mundo.
Pero la Escritura no nos presenta el cielo de esa forma. La Escritura no describe el cielo de manera general, sino de manera específica, con detalles destinados a sostener nuestros corazones en los momentos de aflicción. El Espíritu Santo aplica Su consuelo al asegurarnos que los valores garantizados del cielo son superiores a los valores pasajeros que sentimos que perdemos en esta vida. Así, los tiempos de angustia se convierten tiempos de formación, de ciudadanos de un mundo pasajero a ciudadanos de uno eterno.

La Escritura describe los valores específicos que hacen que el cielo sea, bueno, el cielo
Cuando los hombres escribieron acerca del cielo en la Escritura, claramente pensaron en él como un lugar real, con una dimensionalidad y vivacidad que superaban este mundo (2Co 12:3-4; Ap 4:1-11). Estas descripciones no eran una hipérbole literaria. Estaban ancladas en la transmisión de valores específicos. Sobran los ejemplos.
El cielo cumple el valor de la unión. Pablo describe el cielo como el centro de comando para el regreso de Jesús, donde Él llamará a todos los que hayan muerto en la fe para que sean resucitados juntos (1Ts 4:13-18). Ya no habrá más separación debido a la muerte, solo la alegría fascinante de la reunión permanente.

El cielo cumple el valor de la incorruptibilidad. Pablo también describe la maravilla de un cuerpo resucitado: lo que se está pudriendo y deteriorando actualmente será incorruptible y estará en su máximo potencial en el cielo (1Co 15:35-56). No más dolores ni náuseas matutinas, solo fuerzas y energía para alcanzar todo el potencial del día.
El cielo cumple el valor de la seguridad. Pablo también describe el reino celestial como el lugar donde el Señor lo rescatará de toda obra de maldad y lo colocará a salvo en Su presencia (2Ti 4:18). No más ataques de pánico en respuesta a alguna nueva amenaza, solo una mente en reposo.

Pero sobre todo, el cielo completa el placer ininterrumpido de estar con Dios. En la descripción más amplia del cielo que cierra los dos últimos capítulos de la Escritura apocalíptica, Juan describe un lugar donde Dios se mueve de cerca para ofrecer consuelo personal a cada uno de Sus hijos, limpiando sus lágrimas, su lloro, lamento y dolor. Él está con ellos y todo está bien. Y no solo está bien, sino correcto (Ap 21:1-4).
Estos son solo puntos destacados de los valores específicos representados en las descripciones del cielo en la Biblia. Estos detalles contrarrestan nuestras penas específicas en esta vida y nos permiten seguir adelante con la esperanza de lo que está garantizado para nosotros en Cristo.

Dios permite que Sus hijos pasen por problemas en esta vida para que sientan la diferencia entre los mayores y menores deseos de sus corazones
El sufrimiento nos hace sentir el fracaso de los deseos menores que suelen ocupar nuestros corazones. Cuando los problemas llegan, despertamos de la ilusión de su permanencia. Perdemos trabajos, recibimos malos diagnósticos, nuestras reputaciones no se recuperan a los ojos de algunas personas. Estas ilusiones destrozadas nos hacen buscar lo que es realmente eterno. Los problemas nos hacen buscar esos valores celestiales.
Pero permíteme señalar algo importante acerca de las relaciones entre esos deseos terrenales menores y los mayores celestiales. Ambos son similares y diferentes; ambos comparan y contrastan.

Permíteme demostrarlo a partir de la Escritura. El escritor de Hebreos menciona el cielo en el contexto de la disciplina del Señor. Soportamos el sufrimiento en esta vida en parte porque hace que “participemos de su Santidad” (Heb 12:10). Esta santidad es algo que Él obra en nosotros, no algo que nosotros le traemos. Así que no nos acercamos al furioso resplandor del monte Sinaí, sino a la feliz bienvenida del monte Sion. Y allí, en esa ciudad celestial del Dios viviente, encontramos una gran variedad de personajes con los que ni siquiera sabíamos que anhelamos estar: innumerables ángeles ataviados para la celebración, una vasta asamblea de los nacidos en Cristo, los espíritus de los justos perfeccionados, y a Jesús el Mediador de un nuevo pacto sentado junto a Dios, el Juez de todos (Heb 12:22-24).
Este pasaje destaca tanto la diferencia como la similitud entre los deseos temporales y los celestiales. La diferencia se siente más pronunciada: Dios nos disciplina por medio de la triste y no agradable (Heb 12:11) experiencia de quitarnos varios beneficios terrenales en varias oportunidades. Así, nos enseña a valorar menos las cosas terrenales y valorar más el participar de su santidad.
¿Pero por qué valoraríamos el participar de la santidad de Dios por encima de los beneficios terrenales como un trabajo seguro, un diagnóstico favorable o una reputación restaurada? Porque participar de la santidad de Dios nos da acceso a una asamblea celestial que trasciende nuestra imaginación.
Y aquí es donde la similitud brilla, si tenemos ojos para verla. Se nos garantiza la entrada a una asamblea élite y eterna, una seguridad sumamente más profunda que la que podría brindar cualquier trabajo. Somos corregidos en todo sentido, corporal y espiritualmente, una salud sumamente más profunda que un resultado limpio en una prueba que mide solo una determinada enfermedad. Se nos da un nombre duradero entre los justos, lo cual es mucho más profundo que una reputación restaurada en algún círculo social vagamente definido.

Todo esto se nos brinda en el sacrificio y la mediación de Jesús: promesas especificas para problemas específicos que nos afligen. Así que si quieres que tu corazón sea fortalecido con la esperanza del cielo, sé específico. No te quedes siendo genérico. Busca las promesas específicas asociadas con tu destino en Jesucristo. Así es cómo la Escritura sostiene nuestros corazones y empuja nuestros deseos hacia el cielo.
Publicado originalmente en la revista en español de 9 Marcas.
