La relación del cristiano con el proceso político es uno de esos temas que surgen una y otra vez, ciclo tras ciclo. Es uno de esos temas que a menudo genera más calor que luz y que provoca más división que unidad. Sin embargo, me gustaría pensar que podemos estar de acuerdo en que hay una contribución única que solo los cristianos pueden y deben aportar al proceso.
Los cristianos pueden votar y quizá deberían hacerlo, pero lo mismo es cierto para todos, no hay nada particularmente especial en el cristiano en lo que respecta a la responsabilidad ciudadana en una nación democrática. Los cristianos pueden ejercer presión política, pero cualquier persona, independientemente de su fe o convicciones, puede hacerlo. Los cristianos pueden marchar, manifestarse y protestar con pancartas, pero también pueden hacerlo los ateos, los musulmanes y los hindúes. Ninguna de estas cosas está mal; de hecho, cada una de ellas tiene su lugar y, a menudo, puede ser la forma correcta y adecuada de actuar. Pero ninguna de ellas es única.

Sin embargo, hay una contribución clave que solo los cristianos pueden hacer a la política: la oración. Aunque reconozco que personas de cualquier religión pueden orar y tal vez incluso lo hagan por el proceso político, solo los cristianos pueden orar y ser escuchados. Solo los cristianos oran al Dios verdadero, al Dios que realmente existe y que verdaderamente gobierna e interviene en los asuntos de los hombres. Solo los cristianos tienen el privilegio e incluso el derecho (por medio de la obra reconciliadora de Jesucristo) de tener una audiencia con el Dios vivo y verdadero. Solo los cristianos deleitan el corazón del Padre cuando le hablan. Solo los cristianos pueden acercarse y suplicar al Dios de quien se dice con razón: “Como canales de agua es el corazón del rey en la mano del Señor; Él lo dirige donde le place” (Pro 21:1).

Una iglesia puede expresar su creencia de que sus miembros deben dar a conocer sus convicciones cristianas mediante su voto. Un pastor puede recomendar a sus congregantes que consideren ponderar algunas políticas más que otras al evaluar los distintos partidos o representantes. Una iglesia puede ayudar a sus congregantes a inscribirse para votar o, por el contrario, optar por guardar silencio sobre estos asuntos. Hay muchas cuestiones que no se exigen ni se prohíben en la Biblia, y en ellas cada iglesia debe seguir sus propias convicciones.

Pero para ser fiel a Dios, una iglesia debe orar. Para honrar las Escrituras, una iglesia debe orar. Para expresar amor al país y a sus ciudadanos, una iglesia debe orar. Debe orar porque solo ella tiene el oído del Todopoderoso y solo a ella se le ha ordenado hacer “plegarias, oraciones, peticiones y acciones de gracias… por los reyes y por todos los que están en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y sosegada con toda piedad y dignidad” (1Ti 2:1-2). Si vamos a honrar al emperador (1P 2:17), sin duda también debemos orar para que Dios conceda un emperador que actúe con honor. Votar, ejercer presión política y hacer campaña pueden marcar la diferencia en una nación, pero podemos estar absolutamente seguros de que la oración marcará la diferencia en una nación.
Oramos porque se espera que oremos y se nos ha ordenado hacerlo. Oramos porque nuestras oraciones son escuchadas. Oramos porque nuestras oraciones son eficaces. Oramos, de la manera más sencilla y más sublime, porque Dios nos invita a orar. Y esta, cristiano, es la contribución que nos distingue.
Publicado originalmente en Challies.