Septiembre 17
“Vuélvanse a Mí y sean salvos, todos los términos de la tierra; porque Yo soy Dios, y no hay ningún otro”. Isaías 45:22
Cada día, al despuntar el alba, multitudes gigantescas se dirigen a la orilla del Ganges en India para adorar al río y al sol naciente. Muchos esparcen las cenizas de sus seres queridos sobre el agua con la esperanza de asegurar su felicidad eterna. En representación de millones de hindúes en India, estos hombres y mujeres creen que “dios” está en todo.
Aunque las vistas y los sonidos de esta adoración parecen muy alejados de la mayoría de nosotros, en otro sentido, estamos mucho más cerca de esto de lo que quisiéramos reconocer.
Voltea a ver tu propia cultura y notarás que la idolatría y sus sutilezas siguen siendo igual de prevalentes que siempre. Esto se ve en la noción de que lo que creas no importa, ya que todas las religiones del mundo “concuerdan en las cosas esenciales”. Las variedades corrompidas y diluidas del cristianismo abundan, porque todos son muy buenos adorando un “Dios” imaginario que tiene la bondad de acoplarse a nuestros deseos y de estar de acuerdo con nuestras decisiones. Y las formas superficiales del panteísmo pueden ser descubiertas en spas de primer nivel y en clases de yoga, porque todos somos muy buenos en tratar nuestro cuerpo como si fuera un dios.
De hecho, tenemos cientos de dioses sustitutos, ídolos que nos prometen libertad pero que, en cambio, nos degradan y nos esclavizan. Adora al sexo y este arruinará tu habilidad para amar o para ser amado. Adora al alcohol y este te atrapará. Adora al dinero y este te consumirá. Adora a tu familia y tú o ellos colapsarán bajo el peso de las expectativas no cumplidas. Adora a cualquier dios sustituto y descubrirás que no puede satisfacerte.
Con frecuencia, mientras más nos involucremos con los ídolos, más perderemos nuestra confianza en la Biblia como la Palabra inerrante de Dios. Cuando esto sucede, ya no queda lugar para una declaración clara de la posición de Jesús de Nazaret como la segunda Persona de la Trinidad, el Creador del universo, el Señor resucitado, el Rey en el trono y, algún día, el Cristo en Su venida. Así que es un acto de gracia, aunque un poco inquietante, que Su Palabra diga: Les ordeno, personas de todas partes, que se arrepientan, que se alejen de sus pequeños ídolos y que me adoren a Mí, el Creador, el Sustentador, el Soberano, el Padre, el Juez (ver Hch 17:30).
¿Cuál es el antídoto para el continuo deseo de tener que adorar ídolos que ofenden al Señor y que no pueden salvar? Simplemente este: “Vuélvanse a Mí y sean salvos, todos los términos de la tierra; porque Yo soy Dios, y no hay ningún otro”. Identifica los ídolos que tiendes a adorar y compáralos con el Creador y Sustentador de todas las cosas. Él es Dios; ellos no. Él puede salvar; ellos no. Vuélvete una vez más de ellos a Él.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
