Si realmente quieres vivir, debes morir diariamente

La vida cristiana exige morir cada día al pecado y fijar la mirada en Cristo. ¿A qué pecado necesitas darle muerte hoy?
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“Consideren los miembros de su cuerpo terrenal como muertos” (Col 3:5). 

Hoy debo morir. 

¿Ese es uno de tus primeros pensamientos por la mañana? ¿Morir a ti mismo ocupa un lugar primordial en la lista de cosas que pasan por tu mente a lo largo del día? ¿Te detienes a pensar en la mortificación voluntaria? Si prestamos atención a las palabras de Pablo en Colosenses 3:5, la muerte debería estar presente en nuestras mentes a diario.

Las instrucciones de Pablo para la iglesia de Colosas modelan la vida cristiana según lo que podríamos llamar una forma bautismal. Si bien el bautismo ocurre una sola vez, la vida de fe sigue el patrón de un descenso a las aguas de la muerte para luego emerger y respirar el aire de una nueva vida (Col 2:11-12). La “muerte” bautismal es, entonces, no solo un evento sino también un acto continuo para todos aquellos unidos a Cristo por medio de la fe.

Así pues, Pablo nos llama a adoptar este formato de muerte y resurrección propio de la vida cristiana: estabas muerto. Porque Cristo murió, ahora tú vives. Y porque vives, debes seguir muriendo. Al morir es cuando realmente vives.

La muerte debería estar presente en nuestras mentes a diario. / Foto: Unsplash

Ahora vives

El mensaje lleno de esperanza y gracia del paso de muerte a vida de los santos impregna toda la carta de Colosenses.

La iglesia de los vivos fue en otro tiempo un valle de huesos secos, “el dominio de las tinieblas” (Col 1:13). En ese dominio no existe la vida verdadera. Dicha “vida” es sombría y carente de esperanza o significado duradero. Se marchita en un instante y queda en el olvido. Se trata, en palabras del salmista, de una existencia como la de las bestias (Sal 49:12, 20). Estabas muerto.

Cuando estábamos muertos, Dios envió a Su Hijo a morir para darnos vida. / Foto: Lightstock

Pero, en Cristo, hemos sido trasladados fuera de ese dominio. Las tinieblas cedieron ante la luz. Cuando estábamos muertos, Dios envió a Su Hijo a morir para darnos vida. Mediante la crucifixión de Su Hijo, Dios canceló el documento de deuda por nuestros pecados y nos dio vida en Él (Col 2:13-14). Esto es lo que significa el bautismo. Fuiste sepultado junto con Cristo. Al sumergirte en las aguas, entraste en la tumba de nuestro Señor. Y por medio de Su resurrección, fuiste levantado de las aguas oscuras y colmado de aliento de vida (Col 2:12; cp. Ro 8:3-11). Porque Cristo murió, ahora tú vives.

Debes morir

Sin embargo, la vida resucitada no es el fin de la muerte para los santos. A Pablo le preocupaba que los colosenses se estuvieran alejando de la vida verdadera para amoldarse a patrones destructivos que no se asemejaban al patrón de vida en Cristo. Eran farsas terrenales y sombrías que acababan llevando a quienes las abrazaban a abandonar la vida que habían recibido de Dios.

Buscar activamente las cosas de arriba implica apartarse activamente de las cosas de abajo. / Foto: Lightstock

Pablo exige que, en lugar de intentar revivir nuestra antigua “vida” terrenal, le demos muerte. Buscar las cosas de arriba de manera activa significa rechazar también activamente las cosas de abajo, como “la fornicación, la impureza, las pasiones, los malos deseos y la avaricia” (Col 3:5). Cuando restamos importancia a los hábitos mundanos al considerar que no son tan malos, abandonamos el camino de la vida y nos adentramos en la senda ancha y mortal que conduce a la destrucción.

“No sigas ese camino”, advierte Pablo. Las antiguas prácticas del pecado (desde la mentira aparentemente más inofensiva hasta la inmoralidad sexual más atroz) no tienen lugar en el reino del Hijo amado (Col 3:5-9).

Minimizar los hábitos mundanos nos aleja del camino de la vida. / Foto: Unsplash

El patrón de la nueva vida recibida en Cristo continúa recreando la inmersión bautismal en las aguas de la muerte. Así es, la vida es nuestra, “escondida con Cristo en Dios” (Col 3:3). Pero aún no hemos sido manifestados con Él en gloria. Por tanto, la vida de fe que ahora vivimos demanda que muramos una y otra vez a los patrones pecaminosos aún impresos en nuestra carne. En otras palabras, cristiano, porque vives, debes seguir muriendo. Paradójicamente, la vida cristiana exige la necrosis del santo.

Al morir es cuando vives

Necrosis es una palabra desagradable. Significa la muerte de tejido vivo, por lo general, a raíz de una herida grave o de la mordedura venenosa de una criatura peligrosa. A fin de proteger la salud del resto del cuerpo, se debe extirpar el tejido muerto o moribundo.

Debemos ser implacables con nuestro propio pecado. / Foto: Lightstock

Dios nos llama a considerar el pecado con la misma seriedad. Extírpalo. Hazlo morir. Pertenece al viejo hombre y no tiene lugar en el nuevo (Col 3:9-10). Así como un cirujano busca proteger la extremidad del paciente, debemos ser implacables a la hora de extirpar los restos necróticos del pecado que permanece en nuestras vidas. ¿Qué requiere esta muerte diaria? Pablo anima a los creyentes a practicar la contemplación y la crucifixión

Contempla a Cristo

Para aquellos que han resucitado con Cristo, Pablo da dos instrucciones: “buscar” y “poner”.

Busquen las cosas de arriba (Col 3:1).

Pongan la mira en las cosas de arriba (Col 3:2).

Entrena tu mente, de manera activa y sin cesar, para mirar las cosas de arriba. ¿Y qué hay “arriba” sino Cristo? Él es quien está “sentado a la diestra de Dios” y “en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col 3:1; 2:3). Él es la luz, el pan de vida, el agua viva, la sabiduría, el poder, el descanso, la paz, la vida. En fin, es todo lo que nuestro corazón anhela.

Entrena tu mente para mirar las cosas de arriba. / Foto: Unsplash

Apartar nuestros corazones de los deseos del mundo que corrompen implica fijar nuestra mente en el Rey y contemplar toda Su belleza. De manera asombrosa, no hemos sido llamados a perder, sino a ganar. Aparta tu mirada de lo inferior para recibir a Aquel de quien brota una fuente de gozo eterno, porque Él mismo es gozo. Busca a Cristo, pon tu mente en Él. Contempla quién es Él. Considera todo lo que Él ha hecho por ti. Descansa en la paz que proviene del evangelio. Haz a un lado los hábitos de una religión vacía (Con 2:20-23) y contempla tu glorioso futuro en el reino del Hijo amado (Col 1:13).

Esta contemplación implica dedicación diaria. A medida que contemplamos Su gloria, somos transformados (2Co 3:18).

Busca a Cristo y pon tu mente en Él. / Foto: Pexels

Crucifica la corrupción 

Pablo nos llama no solo a contemplar a Cristo, sino también a crucificar la corrupción.

“Consideren los miembros de su cuerpo terrenal como muertos” (Col 3:5). 

Si escuchamos con detenimiento al Espíritu, podremos reconocer nuestros propios pecados “terrenales” en el fatídico espejo que Pablo sostiene frente a nosotros: fornicación (o inmoralidad sexual), impureza, pasiones, malos deseos, la idolatría de la avaricia, ira, enojo, malicia, insultos, lenguaje ofensivo y mentira (Colosenses 3:5-9). Tales vicios brotan de la corrupción que aún persiste en nuestros corazones. Vivir de acuerdo con ellos, practicarlos o no preocuparnos por su presencia en nuestras vidas, evidencia que nuestra mente no está puesta en Cristo, sino en nosotros mismos: nuestros deseos se vuelven introspectivos y reducidos a su mínima expresión.

Darles muerte implica un esfuerzo de fe que debemos asumir día tras día, muchas veces momento a momento. Al confiar en que Cristo es infinitamente mejor, confesamos nuestro pecado y, por la obra del Espíritu, caminamos como escogidos de Dios, santos y amados (Col 3:12). La extirpación del viejo cuerpo del pecado a causa de la necrosis no ocurre mediante prácticas legalistas ni disciplina autoforjada. Claro que no. Se produce cuando, con la guía del Espíritu, miramos a Cristo y caminamos en la vida resucitada, produciendo buen fruto espiritual (Col 3:12-17).

Al confiar en que Cristo es infinitamente mejor, confesamos nuestro pecado. / Foto: Lightstock

Por más desagradable que pueda ser la necrosis, la sanidad continua de los santos exige que extirpemos el pecado del pasado. La muerte diaria es, en realidad, vida diaria. Al morir es cuando realmente vives.


Publicado originalmente en Desiring God.

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Seth Porch

Seth Porch es profesor adjunto de Bethlehem College & Seminary, así como editor contractual de Desiring God y de Centre for Pastor Theologians.

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