Mayo 8
Porque este es el amor de Dios: que guardemos Sus mandamientos, y Sus mandamientos no son difíciles. Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo. Y esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe. ¿Y quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? (1 Juan 5:3-5).
Lo que queda claro en estos versículos es que nacer de nuevo, es decir, nacer de Dios, hace que los mandamientos de Dios pasen de ser una carga a ser nuestro deleite. ¿Cómo funciona esto?
¿Cómo obra en nosotros el nuevo nacimiento para que los mandamientos de Dios se vuelvan un placer en lugar de una carga?
El apóstol Juan dice: “Esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe” (1 Juan 5:4). En otras palabras, la manera en que nacer de Dios vence la carga mundana de los mandamientos de Dios es engendrando fe. Esto queda confirmado en 1 Juan 5:1, que dice, literalmente: “Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios”.
La fe es la evidencia de que hemos nacido de Dios. No podemos nacer de nuevo por nuestra propia decisión de creer. Dios nos da la voluntad de creer haciéndonos nacer de nuevo. Como dice Pedro en su primera carta, Dios “nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva” (1 Pedro 1:3). Nuestra esperanza viva, o fe en la gracia venidera, es la obra de Dios en nosotros mediante el nuevo nacimiento.
Por tanto, cuando Juan dice que “todo lo que es nacido de Dios vence al mundo” y luego añade que “esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe”, interpreto que lo que quiere decir es que Dios nos capacita, mediante el nuevo nacimiento, para vencer al mundo, es decir, para vencer a nuestra poca disposición en la carne para cumplir los mandamientos de Dios. El nuevo nacimiento produce este efecto al generar fe, lo que evidentemente implica una disposición a ser complacidos, en lugar de ser desanimados, por los mandamientos de Dios.
Entonces, la fe es lo que vence nuestra hostilidad innata hacia Dios y Su voluntad, y nos hace libres para guardar Sus mandamientos y decir junto al salmista: “Me deleito en hacer Tu voluntad, Dios mío” (Salmos 40:8).
