Confieso que con frecuencia mi lectura de las Escrituras puede volverse descuidada. Leo por inercia, cumpliendo con una disciplina, pero sin la atención necesaria para que mi alma se deleite en los profundos tesoros que las Escrituras ofrecen. La lectura superficial de las Escrituras es una tendencia de la que debemos cuidarnos y corregir constantemente para no perder de vista la profundidad del mensaje. Déjame compartirte un ejemplo de mi propia experiencia.
Recientemente, al recorrer el capítulo 23 de Lucas, me detuve en el episodio de la liberación de Barrabás. Aunque es una historia que creemos conocer de sobra (yo ya la conocía dese hacía muchos años), al profundizar y meditar en ella, el Espíritu de Dios me confrontó con una realidad que jamás me había detenido a meditar. En ese relato, todos somos Barrabás. ¿Habías pensado alguna vez en eso?
El culpable indultado
Barrabás no era un hombre acusado injustamente. Su expediente era claro: era un asesino y un revolucionario que había sido juzgado y encarcelado con total justicia. La Biblia es clara al describirlo como un revolucionario que ya había sido juzgado y encarcelado. Sin lugar a duda, un hombre culpable (v 19). Sin embargo, en un giro astuto de la situación, la multitud reclamó para él el indulto que Pilato pretendía otorgar a Jesús. Aunque este gobernador romano no veía maldad en Jesús, la multitud gritó: “Fuera con este, y suéltanos a Barrabás” (v 18).
A veces, al leer este pasaje, nos distanciamos de Barrabás pensando en lo “terrible” de su historial o en su actitud al permitir que un inocente muriera en su lugar. No obstante, la realidad es que nosotros somos ese Barrabás. Cada uno de nosotros ha sido liberado de la condena que merecemos por nuestros pecados porque Jesús, el inocente, decidió pagar nuestra pena. Mientras más conscientes somos de nuestra culpabilidad y del castigo que merecemos, más significado y valor cobra el evangelio.

El inocente condenado
En el otro extremo del tribunal se encontraba Jesús. Al no hallar razón alguna para condenarlo, Pilato intentó convencer a la multitud una segunda vez, pero el reclamo fue unánime: “Suelta a Barrabás” y “crucifica a Jesús” (vv 20-21). Incluso apeló a la inocencia de Jesús por tercera vez, pero los gritos insistieron con más fuerza (vv 22-23). Finalmente, Pilato cedió y ordenó lo impensable: la condena del inocente y la liberación del culpable (vv 24-25).
Este es el corazón de la sustitución penal que sostiene nuestra fe. Como bien señala 1 Pedro 3:18: “Porque también Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios”. En esa categoría de “injustos” estamos incluidos Barrabás, tú y yo. Jesús aceptó la sentencia que nos correspondía para que el favor que Él merecía nos fuera otorgado a nosotros. La condena del inocente no fue un error judicial fortuito, sino el plan de gracia para nuestra redención.

Cuando nos identificamos con Barrabás
Cuando meditamos en el mensaje de este texto; cuando nos identificamos con Barrabás, no podemos limitarnos a meras conclusiones teológicas. Debemos preguntarnos cómo las reflexiones del texto nos llevan a la acción.
De esta historia puedo aprender que muchas veces dependemos demasiado de nuestras propias acciones para el crecimiento espiritual. Pero podemos olvidar que la verdadera madurez nace de ser conscientes de nuestro pecado a la luz del sacrificio de nuestro Salvador. No es en vano que el Pablo le dice a su amado discípulo: “Palabra fiel y digna de ser aceptada por todos: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, entre los cuales yo soy el primero” (1Ti 1:15). Por eso era el gran apóstol: era consciente de su injusticia y maldad.

Así, espero que aprendas lo que yo aprendí: la próxima vez que te encuentres frente a la Palabra, no leas por simple cumplimiento. Detente y ora para que el Espíritu te permita ver la gracia de Dios incluso en los detalles más inesperados, pues toda la Escritura apunta a Jesús y a Su favor inmerecido. Entre más atención pongamos, más nos daremos cuenta de lo malos que somos y cuán necesitados estamos de Cristo.