Enmudecí y callé;
Guardé silencio aun acerca de lo bueno,
Y se agravó mi dolor (Sal 39:2).
Muchas atesoramos lugares favoritos que nos brindan hermosos recuerdos y a los que regresamos mentalmente. Piensa en tu lugar favorito, aquel al que recurres en diferentes momentos de tu vida como si fuera un refugio. Pero, tristemente, también tenemos un rincón profundo, secreto y callado donde nos sentimos seguras al estar desdichadas: el silencio.
El silencio se presenta como un buen compañero de desgracia; creemos que nos consuela porque no nos juzga. Acudimos al lugar del silencio en nuestro corazón cuando no sabemos lidiar con todo el ruido de afuera. Solo que, paradójicamente, no es el ruido exterior el que más molesta, sino el que hay dentro. En el silencio, nuestras palabras son aceptadas, nuestras quejas tienen total coherencia y nuestro caso parece ser vindicado por considerables argumentos a nuestro favor.

Nuestro sufrimiento puede ser real; podemos estar sufriendo y no tenemos más opción que intentar sanarnos solas. El dolor puede ser causado por otros, o por nosotras hacia otros, o por habernos dado por vencidas, creyendo que no podemos cambiar y que nada puede cambiar. Esta “cuarentena voluntaria” puede venir después de tanto gritar sin ser escuchadas. Sin embargo, aunque aparentemente comprensivo, el silencio puede hacer más profundo nuestro dolor y, sobre todo, nuestro pecado. ¿Por qué?

El sufrimiento trae amargura y es causado por el pecado
El silencio es el invernadero de la amargura: ella se arraiga en nuestra alma cual hiedra, y sus raíces subirán a nuestra mente hasta convertirnos en sus esclavas. El sufrimiento deja de ser un medio para regresar a Cristo y se vuelve nuestro enemigo, haciéndonos dudar de que pueda haber propósito en el dolor.

Hay muchas razones por las que una mujer sufre: adulterio, rechazo, indiferencia, gritería, menosprecio, abandono, violencia, palabras que golpean, control, sometimiento autoritario, irrespeto continuo, invalidación de su valor, burla, entre otras. Todas estas cosas lastiman y traen dolor. Sin embargo, hay un gran peligro en sufrir en silencio. Tanto tiempo encerrada en su dolor lleva la mujer cristiana a olvidar verdades esenciales:
- Olvida la soberanía de Dios: olvida que Dios ve, conoce y sabe todas las cosas. Olvida que Él controla, permite y orquesta, y que su vida depende de Él.
- Olvida el evangelio: olvida que Dios es justo. Olvida que envió a Cristo a morir en Su lugar para darle vida en abundancia, y que la hizo libre, verdaderamente libre de la esclavitud del pecado.
Para la mujer cristiana que sufre en silencio, la soberanía de Dios y el evangelio pueden sentirse como verdades vacías. Aunque las conoce, no ofrecen un alivio instantáneo, y la amargura crece; puede incluso volverse contra el cielo, culminando en la pregunta devastadora: “Si ni Dios me ayuda, ¿qué sentido tiene esta lucha?”.

Esta desesperanza abre la puerta a las mentiras que justifican el aislamiento. Culpamos a los síntomas: lo que nos falta, nuestro cónyuge, los hijos, la enfermedad. Sin embargo, el verdadero problema no son las circunstancias, sino el pecado. El sufrimiento es la consecuencia de un corazón que busca adorar algo y termina rindiéndose a lo que no es Dios, llenando sus vacíos con mentiras en lugar de verdad. El pecado toma el control precisamente cuando le damos espacio, cuando hacemos “provisión para la carne”. No podemos ser negligentes con él; no perdona.
Vivimos delante de un Dios que ve todo. Somos responsables de nuestro silencio pecaminoso. No somos víctimas. La única Víctima murió en la Cruz. Nos servimos a nosotras mismas cuando voluntariamente cedemos a la mentira de que no hay esperanza. ¡Cristo es la esperanza de gloria! (Col 1:27).

El sufrimiento como medio de gracia
Amada hermana, tienes que saber que el sufrimiento no es lo peor que te puede suceder. Este mundo lleva implícito el sufrimiento; todos sufriremos, sin excepción. Pero el dolor más terrible es que tu alma no descanse eternamente con Su Padre.
El sufrimiento no solo tiene propósito en Cristo; te hace como Cristo. Es el instrumento perfecto para que el Carpintero trabaje en ti. El sufrimiento en Cristo no es para destruirte, sino para salvarte de ti misma. Te salva de las mentiras del pecado que te colocan en el centro, que te amargan, te aíslan de otros, te atemorizan y te hacen incrédula a la verdad del Dios en el que has creído. Puede que no seas la única responsable de tu sufrimiento, pero Dios está trabajando en tu parte de responsabilidad: en cómo estás respondiendo. Tu vida puede cambiar porque no son tus circunstancias lo que Dios quiere cambiar; quiere cambiarte a ti en medio de las circunstancias.

No hay remedios rápidos, ni pasos emocionales, ni soluciones instantáneas. La Biblia tiene suficientes verdades que necesitas recordar y meditar una y otra vez. Pensar que Dios debe obrar según nuestros términos es una versión distorsionada de Cristo, quien puede y ha dado todo para ayudarte. La Biblia dice que Él es el “consumador de la fe” (Heb 12:2). Él te ha representado delante de Dios. Siendo completamente humano y completamente Dios, se encarnó, murió y resucitó. Aun cuando fue tentado en todo y sufrió injustamente, no pecó. Lo hizo para que, al creer en Él, estés segura de que Dios no demanda de ti nada más que tu fe, una fe que te es dada por pura gracia.

No sufras en silencio
No sé desde hace cuánto eres cristiana ni cuántos años llevas sufriendo en silencio. Quiero decirte que Dios no es indiferente a tu dolor; Él se compadece de ti y es cercano en Cristo, tu representante perfecto delante de Dios, para que acudas al trono de la gracia para encontrar el oportuno socorro (Heb 4:16). Él escucha, aunque no actúe según tu urgencia, sino según Su sabiduría en todo lo que ve, sabe y conoce de ti.

¿Cuán renuente estás de tu necesidad de cambio? Así de difíciles somos cuando decidimos quedarnos en ese lugar de silencio. Persevera, hermana. No dejes de orar al Padre. Laméntate delante de Él. Usa los salmos para experimentar el dolor y recordarte las obras maravillosas que Él ha hecho por ti. Saca tu alma del silencio y llévala a la Palabra de Dios para que te hable la verdad. Si lo único que has escuchado en tu silencio es queja y dolor, ya es momento de escuchar la verdad, esa que es viva y es eficaz (Heb 4:12). Conoce a Dios en medio de tu sufrimiento; ciertamente te llevará a la vida de tu Redentor: Jesucristo. Trae a tu memoria el clamor del salmista:
Mi voz se eleva a Dios, y a Él clamaré;
Mi voz se eleva a Dios, y Él me oirá.
En el día de mi angustia busqué al SEÑOR;
En la noche mi mano se extendía sin cansarse;
Mi alma rehusaba ser consolada.
Me acuerdo de Dios, y me siento turbado;
Me lamento, y mi espíritu desmaya. (Selah)
Has mantenido abiertos mis párpados;
Estoy tan turbado que no puedo hablar (Sal 77:1-4).
Pide ayuda y vive en comunidad
Dios no te escogió, salvó y adoptó en Su familia para que vivas sola. Necesitas comunidad. Necesitas otras hermanas y hermanos que te alienten, te recuerden la verdad, y oren por ti y tu situación. No te avergüences de pedir ayuda. No es al hombre a quien debes temer, sino a Dios.
Cualquiera que sea tu razón para aislarte (te han lastimado en una iglesia o prefieres ayuda emocional antes que espiritual), pide a Dios que te provea una hermana, una pareja, un pastor, un líder o un lugar en el que te puedan ayudar. No importa cuál sea la causa de tu sufrimiento, clama a Dios por Su paz y gozo y que aumente tu fe. La iglesia es el medio que Dios ha provisto para que crezcamos juntos a la semejanza de Cristo.

No sufras más en silencio, no sigas creyendo las mentiras que allí se tejen. No eres una víctima; eres libre en Cristo. Si has pecado, trae tu pecado a la Cruz y recibe Su gracia y perdón. Si han pecado contra ti, trae tu dolor a los pies del Salvador y recibe Su compasión. Si crees en Cristo, estás unida a Él. Su vida es tu vida. Su obediencia, fidelidad, padecimientos y completa confianza en Su Padre son tu modelo. Puedes levantarte y gritar pensando en 2 Corintios 12:9: “¡Jesús ayúdame con mi corazón! ¡Bástame tu gracia, porque en mi debilidad hay fortaleza en ti!”.