Piensa en solo algunas de las cosas que Dios ha hecho: crear el universo, sostener cada átomo, cuidar de cada gorrión, contar las estrellas y dirigir cada acontecimiento para lograr Su máxima gloria y el bien de Sus seguidores.
Si Dios no fuera Dios, tendría las manos llenas.
Sin embargo, aunque sabemos que Él es omnipotente y omnisciente, seguimos sintiendo la necesidad de “echarle una mano”. Es como si pensáramos que somos Sus asistentes administrativos. Pero adivina qué: Él no necesita nuestra ayuda para hacer Su trabajo. De hecho, hay muchos casos en los que nos ordena claramente mantenernos al margen de aquello que solo Él puede hacer.
Entonces, ¿qué tareas divinas has intentado usurpar recientemente?
1. Salvamos a las personas
Todos deberíamos saber que no podemos redimir el alma de nadie del infierno. Necesitamos la sangre derramada de Cristo tanto como cualquier otra persona. Sin embargo, con frecuencia actuamos como si pudiéramos ver el corazón del hombre y luego usamos esa “visión divina” para hacer declaraciones sobre el destino eterno de otros. Y lo que es peor, muchos hacen esto con sus propios hijos.
Una vez hablé con un adolescente que me dijo que recientemente había nacido de nuevo. También me contó que, cuando compartió esta noticia con su padre, este le dijo que ya había sido salvo desde los cinco años e insistió en que su hijo simplemente había recibido “seguridad de salvación”.

Ocho meses después, ese joven había rechazado completamente a Dios y ahora es un ateo radical. Nada bien, papá. Nada bien.
En lugar de estar atento a las dudas, la confusión y la búsqueda de su hijo, el padre calmó sus propias preocupaciones intentando, inútilmente, escribir el nombre de su hijo en el libro de la vida. Mientras trataba de convencerlo de que ya era salvo, perdió la oportunidad de compartirle a Cristo.
No podemos salvar a nadie, y tampoco podemos saber con certeza si una persona es salva. Puedes conocer un árbol por su fruto, pero aun así, a menudo nos equivocamos en esto.
Cuando trates con alguien sobre su destino eterno, deja que la Palabra de Dios sea su fuente de gozo y consuelo. Recomiendo dirigir a la persona a 1 Juan. También es muy útil guiarla por Gálatas 5, donde se enumeran las obras de la carne y el fruto del Espíritu. Permite que las Escrituras revelen su condición delante de Dios. Si no tienen seguridad basada en la Biblia, no deberías decir nada para convencerlos. Ese es trabajo de Dios.

2. Nos vengamos
La mayoría de los lectores de la Biblia están familiarizados con la prohibición de la venganza; pero ¿realmente eso los detiene? “‘Mía es la venganza, yo pagaré’, dice el SEÑOR”.
Pero nos encanta marcar tarjeta y empezar a repartir cargamentos de venganza. Usamos indirectas pasivo-agresivas, manipulación, comentarios hirientes, chismes, chantaje emocional y todo tipo de traiciones, simplemente porque queremos que nuestro adversario sienta el mismo dolor que nosotros sentimos cuando nos hirió.
Esto es pecado. Siempre.
Dios se reserva esta tarea para Sí mismo porque Él es el único que puede ejercer una venganza justa. Nosotros buscamos vengarnos porque sentimos que debemos proteger nuestro propio orgullo; Dios ejerce venganza porque Su santidad realmente lo demanda.

3. Condenamos a otros
¿Alguna vez has dicho algo como: “¡Él nunca va a cambiar!”?
¿Ah, sí? Según la Biblia, ¡el cambio es una de las mayores obras de Dios! Detrás de cada momento y cada detalle del día, la mano soberana de Dios está obrando para transformarnos. Sin embargo, nuestras condenas divinas en realidad están motivadas por un odio pesimista. Sí. Odio.
El amor todo lo espera y todo lo cree (1Co 13:7). El verdadero amor descansa en la capacidad de Dios para obrar milagros y mira con esperanza el crecimiento de quienes ama. Cuando asumimos que alguien nunca cambiará, estamos actuando con falta de amor.
También usurpamos este rol de Dios cuando juzgamos a las personas por cosas que la Biblia no aborda directamente. Es cierto que se nos manda juzgar. Juan 7:24 dice: “No juzguen por la apariencia, sino juzguen con juicio justo”. Pero la clave es usar la Palabra de Dios y Su sabiduría para discernir entre el bien y el mal. Sin embargo, cuando declaramos judicialmente que alguien está pecando en un área que la Biblia no menciona específicamente… debemos tener mucho cuidado. Condenar un alma es tarea de Dios.

4. Asumimos motivos
Samuel deja muy claro que el entendimiento humano acerca de otra persona es muy limitado. Nosotros vemos lo exterior. Sin embargo, Dios tiene la capacidad de conocer los pensamientos y las intenciones del corazón. 1 Samuel 16:7 nos dice: “El hombre mira la apariencia exterior, pero el SEÑOR mira el corazón”. Y aun así, eso rara vez nos detiene de asumir que sabemos por qué las personas hacen lo que hacen.
“Ya lo he visto antes”.
“Sé por qué dijo eso”.
“Siempre hace lo mismo porque nunca va a cambiar”.
Dios nos ha equipado con la sabiduría y el discernimiento necesarios para alumbrar una situación con Su verdad. Cuando usamos la Biblia, con frecuencia podemos tener una comprensión clara de las motivaciones que Dios revela. Pero como nuestra percepción personal solo alcanza la superficie, debemos ejercer con diligencia el discernimiento de Dios y someternos a Su Palabra.

5. Recibimos adoración
De todas las cosas de las que Dios es responsable, esta es la más grave de usurpar. Sin embargo, estamos tan centrados en nosotros mismos que rápidamente intentamos ocupar el lugar de Dios cuando se trata de recibir adoración.
Es el clásico “atreverse donde ni los ángeles se atreven”, pues incluso los ángeles (todos excepto Satanás) tienen suficiente entendimiento como para no tomar ese papel.
¿Cuántas veces hoy has intentado ocupar el lugar de Dios al recibir adoración? Ken Collier dijo que hay “solo dos opciones: agradar a Dios o agradarse a uno mismo”. Cuando rechazamos la voluntad de Dios y hacemos lo que nos parece bien, nos colocamos por encima del Señor. Nos estamos adorando a nosotros mismos. Todo, desde leer, criar a nuestros hijos, comer o incluso sacar la basura, debe hacerse como un acto de adoración a Dios. En el momento en que dejamos de buscar activamente Su gloria, comenzamos a buscar la nuestra. Curiosamente, cuando le arrebatamos a Dios este lugar, también tendemos a apropiarnos de las otras cuatro funciones.
Conclusión
Si has sido perceptivo, habrás notado dos cosas: has asumido el papel de Dios muchas más veces de lo que pensabas, y el denominador común de todas estas usurpaciones es una arrogancia y un orgullo flagrantes.
Hemos llegado al punto de pensar que podemos hacer el trabajo de Dios mejor que Él. Es demasiado fácil dar a alguien seguridad sobre su destino eterno, tomar venganza, condenar a otros, leer la mente de las personas y deleitarnos en recibir la gloria que solo le pertenece a Dios.

Lamentablemente, no solo fracasamos de manera estrepitosa en cada intento, sino que además hacemos que el trabajo que Dios ha asignado a los demás sea mucho más difícil. Porque ahora somos nosotros quienes necesitamos ser reprendidos, corregidos y exhortados.
Se nos han confiado responsabilidades de enorme importancia. Dios quiere que seas Su embajador. Te ha capacitado para vivir y cumplir todos los “unos a otros” de la Escritura. Te ha dado Su Palabra para discipular, aconsejar, criar, liderar y formar a tus hijos. Te ha llamado a dar el fruto del Espíritu y a vestirte de toda la armadura de Dios. ¡Te ha confiado el evangelio de Cristo que transforma vidas! Hay muchas cosas que nos mantienen ocupados. Así que deja de ocupar el lugar de Dios.
