Uno de los hábitos más importantes que puedes desarrollar es el hábito de aceptar que la vida está llena de decepciones. Una de las mejores maneras de crecer en nuestro contentamiento es aceptar lo inevitable que es la insatisfacción. Una de las formas de obtener el mayor gozo en la vida es ser realistas acerca de la vida, saber que las personas frecuentemente nos van a fallar al momento de intentar cumplir con nuestras expectativas. Ya que has admitido todo esto, puedes aceptarlo como la forma en la que funciona la vida y aun como la manera en la que Dios quiere que funcione.
Tu iglesia va a decepcionarte. Tu pastor predicará algunos sermones que sonarán débiles, los ancianos tomarán malas decisiones y los miembros no podrán sobrellevar cada una de tus cargas y ministrarte en cada una de tus pruebas. Serás tentado a tener falta de contentamiento con tu iglesia y comenzarás a ver a otras congregaciones con nostalgia. Comenzarás a preguntarte si el camino al gozo requiere que levantes tus cosas y te vayas a otro lugar.
Tu marido te defraudará. Él fallará a la hora de complacerte, fallará a la hora de hacerte sentir plena y fallará al intentar ser todo lo que deseas que sea. Te prestará muy poca atención, pecará contra ti constantemente y practicará muy poco tu lenguaje del amor. Vas a ser tentada a volverte infeliz con él, a demandar más y a insistir en que la paz solo vendrá cuando él cambie. Aún podrías ser tentada a dejarlo y comenzar de nuevo con algún hombre que promete darte lo que deseas.
Tu vida sexual te va a decepcionar. La ilusión del comienzo de su vida juntos pronto dará lugar a los problemas que vienen con tener pocas oportunidades o poca disposición, muchas demandas o muchas distracciones. ¿Cuántas personas han aumentado sus problemas en el matrimonio, la familia y el ministerio porque no han podido aceptar la decepción de una vida sexual imperfecta?
Tus padres te decepcionarán y también lo harán tus hijos. Tus amigos te decepcionarán y también lo harán tus parientes. Todos te fallarán muchas veces y de muchas maneras. Y, por supuesto, tú harás lo mismo con ellos. Tu iglesia te decepcionará y tú decepcionarás a tu iglesia. Tu cónyuge te decepcionará y tú decepcionarás a tu cónyuge. Tu vida sexual te decepcionará y también decepcionará a tu cónyuge. Nadie logrará nunca satisfacer plenamente tus esperanzas, deseos y expectativas. Nadie puede nunca satisfacer plenamente tus esperanzas, deseos y expectativas. Y tú no puedes satisfacer las suyas.
Reconozco que esto puede sonar desalentador y depresivo. Reconozco que podría ser tomado como un llamado a la apatía o una excusa para abandonar todo esfuerzo. Pero esa sería la respuesta incorrecta. La respuesta correcta es aceptar la realidad de la imperfección y estar contentos con la insatisfacción. La respuesta correcta es comprender que nadie ni nada puede cumplir tus expectativas y nadie ni nada debe hacerlo.
Los cristianos frecuentemente hablamos de maneras en las que la belleza y el placer deben dirigirnos más allá de nosotros mismos hacia lo que es verdaderamente hermoso y verdaderamente placentero. La belleza nos lleva al asombro y el asombro nos lleva a la adoración y la adoración nos lleva a la añoranza. En ese sentido, la belleza de este mundo nos apunta hacia la belleza completa y perfecta que experimentaremos en la presencia de Dios. La añoranza es una cualidad más que un defecto, porque nos señala el momento y el lugar en que nuestras esperanzas se harán finalmente realidad y nuestros anhelos quedarán por fin satisfechos. Me parece que la decepción puede funcionar de forma similar.
En lugar de desanimarte por la decepción, ¿no sería mejor permitir que te recordara el estado de este mundo y, lo que es mejor, el estado del mundo venidero? ¿No sería mejor permitir que te recuerde que este mundo no está hecho para colmarte por completo ni para satisfacer todos tus anhelos? ¿No sería mejor dejar que aumente tu deseo de estar con Dios en ese lugar donde todas las decepciones desaparecerán y entonces disfrutar de la vida tal como es, no como deseas que sea?
Los dones de Dios son buenos y están hechos para ser disfrutados. Sin embargo, ninguno de ellos puede ofrecer todo lo que promete. Cada uno de ellos aporta un nivel de satisfacción, pero también un nivel de decepción, una sensación de belleza, pero también una sensación de anhelo de algo más. Debemos tener cuidado con ese anhelo de más porque puede motivarnos a tomar decisiones equivocadas o incluso depravadas. Puede llevarnos a abandonar a los que amamos y a estar descontentos incluso con sus mayores esfuerzos y sus mejores intentos de amar. Puede llevarnos a actuar imprudentemente y de maneras que hieren a otros y deshonran a Dios.
Por eso, cuando te encuentres con las decepciones de la vida, no te sorprendas ni te desanimes. No permitas que te hagan apartarte o alejarte de los que te quieren y de los que Dios te ha llamado a amar. Aprende a aceptarlas como una realidad inevitable de la vida en este mundo. En lugar de resentirte, abraza las decepciones y permite que estas profundicen tu amor y tu anhelo por el Único que nunca te defraudará.
Publicado originalmente en Challies.