La humildad de Cristo en Su persona y con Su Padre

Querido lector, hoy se trae ante ti un tema de suma importancia para nuestra vida diaria. Deseamos hablar sobre la humildad de Jesús y las tremendas implicancias que esto sugiere para nosotros.
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Querido lector, hoy se trae ante ti un tema de suma importancia para nuestra vida diaria. Deseamos hablar sobre la humildad de Jesús y las tremendas implicancias que esto sugiere para nosotros. Definiendo la humildad Definir la humildad es algo difícil, quizás sea más sencillo identificarla en una persona, ya sea cuando brilla por su ausencia o cuando impacta con su presencia. Podemos empezar a formar un concepto de humildad al comprender cómo luce su archienemigo, el orgullo. Voltaire (1694- 1778) escribió en su diccionario filosófico: “Orgullo: Aunque este sentimiento no conviene en absoluto a un animal tan endeble como es el hombre, sin embargo, se le podría perdonar a un Cicerón, a un César o a un Escipión; pero que, en el interior de una de nuestras provincianas medio bárbaras, un hombre que ha obtenido un pequeño cargo y ha publicado versos mediocres, se le ocurriera ser orgulloso, es como para no dejar de reírse.”[1] Para este filósofo francés, el orgullo era algo que no tenía cabida en el corazón del ser humano. La naturaleza destructiva de la soberbia y la naturaleza endeble del hombre, hacen una combinación demoledora para los descendientes Adán. Sin embargo, Voltaire no se aventuró a llevar tan lejos el asunto como para afirmar que ni siquiera a los grandes hombres de la historia les era permitido probar al menos una gota de orgullo. En cambio, las Sagradas Escrituras son tajantes al enseñar que Dios aborrece el orgullo incluso en su grado mínimo: “Seis cosas hay que odia el SEÑOR, y siete son abominación para Él: ojos soberbios…” (Pro. 6:16-17). Tomemos el ejemplo de Satanás —una de las criaturas más extraordinarias que el universo conoció, con mayor poder y sabiduría que Cicerón—. Él se permitió beber un poco de esta pócima venenosa en el cielo, pero no pudo controlar sus consecuencias corrosivas, lo cual trajo ruina, perdición y condenación a su espíritu (Is. 14: 12-15). Además, considerar acertado el pensamiento de Voltaire nos abre la puerta a la posibilidad de aceptar que Jesús pudiera darse el lujo de experimentar la soberbia debido a Su grandiosa Majestad, lo cual constituiría una de las herejías más espantosas jamás afirmadas. Por otro lado, pensemos en una definición de humildad. También fue un filósofo francés quien dijo lo siguiente: “Los más generosos suelen ser los más humildes; y la humildad virtuosa consiste únicamente en que, al reflexionar sobre la imperfección de nuestra naturaleza y sobre las faltas que podamos haber cometido en otro tiempo o que somos capaces de cometer, no menores que las que pueden cometer otros, no nos creemos superiores a nadie y pensamos que, como los demás tiene su libre arbitrio igual que nosotros, también pueden usar bien de él”.[2] Descartes (1569- 1650) acierta al decir que la humildad consiste en cierta manera de pensar, ya sea sobre nosotros mismos, nuestra naturaleza pecaminosa o la dignidad que el prójimo posee por ser portador de la imagen divina. Incluso nos exhorta a estimar al otro como superior a nosotros mismos. Pero él —como muchos otros— deja fuera el componente básico e indispensable que necesitamos para formular una definición bíblica de esta bendita virtud: Jesucristo. La persona y obra de Jesucristo son las realidades más asombrosas que definen nuestro universo. El Señor Jesús es modelo y norma de humildad (Fil. 2: 1-11). Estas palabras pretenden demostrar y defender esa afirmación. Para hacerlo, se ha recogido una cita fabulosa del español Alfonso Ropero, la cual nos provee un concepto cristocéntrico de la humildad: “Humilde es el Siervo de Yahvé (Is. 53) y también el mismo Mesías (Zac. 9:9s). Jesús se presenta como «manso y humilde de corazón» (Mt. 11:19), con lo que subraya la presencia escatológica del Reino en Su misma persona. Toda la enseñanza y el comportamiento de Jesús se cifran en la humildad para con el Padre, la obediencia a Su voluntad (Jn. 6:57; 8:29; 17:4) y la humildad para con los hombres (cf. Jn. 13:2-14; Mt. 23:8-12; Mc. 10:42-45). El fundamento de la humildad presente y terrena de Jesús, lo descubre Pablo en la propia encarnación, o  kénosis, misterio divino de sumisión (cf. Flp. 1:7-8). La comunidad cristiana, en cuanto manifestación visible del Reino de Dios, que perpetúa en Sus miembros la vida de su Cabeza, debe reflejar una humildad fraternal mutua (Ro. 12:16), con una mente como la de Cristo (Ef. 4:2; Flp. 2:2-4; Col. 3:12: 1 P. 3:8-5:5).”[3] Con base en esta definición se ha bosquejado este escrito, ya que para hablar de la humildad del Mesías necesitamos meditar en Su persona, en Su relación con el Padre, en Su relación con el prójimo y en cómo afecta todo esto la conducta de Su pueblo. En esta ocasión nos enfocaremos en los primeros dos puntos, en otro escrito habrá lugar para conversar sobre los dos restantes. En relación a Su Persona Jesucristo es el Sumo Bien del universo. Toda virtud encuentra en Él su plena expresión (Col 2: 9). Él es la Fuente de la cual proceden todas las cosas buenas, es el océano del cual brotan todos los ríos de virtud, es el sol del cual proceden todos los rayos de gracia. De este panal destilan las gotas de miel que endulzan el corazón humano con un carácter piadoso. En Jesucristo existe un balance ideal entre todas las virtudes. La humildad de Jesús habita en perfecta armonía con las otras virtudes de Su ser. La excelencia de Su carácter logra este equilibrio. Por esta razón, Él puede llamarse a Sí mismo humilde sin pecar de soberbia, porque Su humildad es una humildad santa (Mt. 11:29). Del mismo modo, Él es el ser más Santo del universo, pero Su santidad es humilde y por ello habita con los humildes de espíritu (Sal. 113:5-8; Is. 57: 15). Su poder y sabiduría están empapados de humildad. El orgullo es un tinte negro que nunca ha manchado Sus vestidos blancos. La mente del Mesías es humilde en el pensar de Sí mismo: “Tengan la misma manera de pensar que tuvo Jesucristo: Aunque Cristo siempre fue igual a Dios, no insistió en esa igualdad. Al contrario, renunció a esa igualdad, y se hizo igual a nosotros, haciéndose esclavo de todos” (Fil. 2:5-7 TLA). Los afectos del Mesías hacia Dios y Su prójimo, son gobernados por un corazón humilde: “Soy manso y humilde de corazón” (Mt. 11:29). La voluntad del Mesías —Sus elecciones y acciones—, están templadas por la humildad. Una voluntad humilde se caracteriza por obediencia y sumisión a la voluntad de Dios. Incluso en las horas más tristes de Su vida en la tierra, cuando debía afrontar la ira de Dios como Cordero sustituto de Su pueblo, Jesús doblegó Su voluntad ante la del Padre: “Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra, y poniéndose de rodillas, oraba, diciendo: Padre, si es tu voluntad, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya… Y estando en agonía, oraba con mucho fervor; y su sudor se volvió como gruesas gotas de sangre, que caían sobre la tierra” (Lc. 22:41-42, 44). ¡Oh, la hermosura de Jesús! ¡Qué bendito Ser! ¿Quién pudiera expresar las excelencias de Su carácter? Ni la lengua de Charles Spurgeon, ni la pluma de John Piper, ni la destreza de Thomas Watson podrían hacer justicia a lo sublime de Su persona. Como una dulce melodía nos deleita con su armonioso sonido, así Jesucristo embellece cada virtud con la perfecta armonía que ésta tiene junto a las demás. ¡Ah, cómo espero aquel día en el que veré cara a cara la magnificencia de Su Majestad! En relación a Su Padre No tenemos espacio para reflexionar sobre cómo la humildad de Jesús lo llevó a no estimarse en el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse (Fil. 2:5-7), pero sin nunca atentar contra Su estimación del valor infinito de la gloria de Dios. Digo esto porque el primer rasgo de una persona humilde es que admira la gloria de Dios como el tesoro que ocupa el lugar más importante en su corazón. Jesucristo se goza en Su Padre (Sal. 21:1). Ama la inigualable santidad, infinita sabiduría, sumo poder, abundante misericordia, justa ira e inagotable amor de Su Padre. El Mesías se deleita en Dios y en Su voluntad (Sal. 22: 8). Tal es el aprecio que tiene por el infinito valor de la gloria de Dios, que jamás cometió un pecado en Su contra. Esto revela Su humildad. Porque el pecado es un atentado cósmico contra la Majestad de Dios. Y porque la raíz de todo pecado es el orgullo. La soberbia nos lleva a estimar nuestra sabiduría como superior a la sabiduría de Dios. La arrogancia nos lleva a depender de nuestras fuerzas por encima de la fortaleza de Dios. El orgullo nos hace humanistas: seres encumbrados en su independencia, quienes creen que no necesitan de la existencia de Dios. Pero el Señor Jesús nunca pecó contra la Majestad de Su Padre. Al contrario, enfrentando la cruz del Gólgota, ocupó ese vergonzoso lugar para vindicar y recuperar el honor que la humanidad debería tener por la gloria de Dios: “Pues por amor de ti he sufrido vituperio; la ignominia ha cubierto mi rostro” (Sal. 69:7). Otro aspecto clave de la humildad de Jesús en relación a Su Padre es la perfecta sumisión que demostró a Su voluntad. Mencionemos, por ejemplo, el caso de la redención. La voluntad del Padre para el Hijo era que sea Mediador del nuevo pacto (Is. 49:1-6). Entonces la encarnación del Hijo de Dios manifiesta Su humildad —el hecho de vestirse en sangre y carne, tomando forma de hombre, pero sin pecado—. Esto era la voluntad del Padre y el placer del Hijo. Pero en esta humanidad Él debía morir como el Cordero de Dios, como el sufriente Siervo de Yahvé (Is. 53). El Mesías ocuparía nuestro lugar en la cruz, cargando nuestras culpas y recibiendo el castigo que nosotros merecíamos. El autor de Hebreos destaca este punto con excelencia: “Pero vemos a aquel que fue hecho un poco inferior a los ángeles, es decir, a Jesús, coronado de gloria y honor a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios probara la muerte por todos” (Heb. 2:9). Otro lugar donde el mismo autor registra la subordinación de Jesucristo al Padre es en el capítulo 5: “Cristo, en los días de Su carne, habiendo ofrecido oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que podía librarle de la muerte, fue oído a causa de Su temor reverente; y aunque era Hijo, aprendió obediencia por lo que padeció; y habiendo sido hecho perfecto, vino a ser fuente de eterna salvación para todos los que le obedecen” (Heb. 5:7-9). Como bien se ha señalado tantas veces, la humildad del Mesías también se refleja en la diaria dependencia que tenía en Su Padre. Él nada pensaba, decía, deseaba, buscaba, hacía o encomiaba sin esperar la dirección y provisión del Padre. La perfecta y absoluta dependencia del Señor Jesús se relata en el evangelio de Juan. Usemos a modo de ejemplo el capítulo 5 de este evangelio, donde el apóstol recoge las palabras que salieron de la boca del Mesías durante Su ministerio terrenal: “Pero Él les respondió: Hasta ahora mi Padre trabaja, y yo también trabajo… En verdad, en verdad os digo que el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que hace el Padre, eso también hace el Hijo de igual manera. Pues el Padre ama al Hijo, y le muestra todo lo que Él mismo hace; y obras mayores que estas le mostrará, para que os admiréis… Yo no puedo hacer nada por iniciativa mía; como oigo, juzgo, y mi juicio es justo porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió… Las obras que el Padre me ha dado para llevar a cabo, las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado… No recibo gloria de los hombres… ¿Cómo podéis creer, cuando recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?” (Jn. 5:17, 19-20, 30, 36, 41, 44). Conclusión Este es un breve cierre a la primera parte de esta exposición. Hacemos bien si finalizamos admirando las glorias de Jesucristo. ¡Cuán bello Ser! ¡Cuán adorable persona! ¡Cuánta armonía y perfección hay en Su naturaleza! Jesús es la Flor más preciosa en el paraíso de Dios. Su confección amorosa, santa, humilde, majestuosa y sabia hacen de Él un ser único e inigualable. ¡Con cuánto placer se somete al Padre! ¡Cuánto amor lo inflama de admiración a Dios! ¡Oh cristianos, adoremos la hermosura de Su humildad! En nuestra próxima reflexión meditaremos cómo luce la humildad en relación al prójimo y veremos cómo aplicar esto a nuestras vidas.


[1] Marti Domínguez, Voltaire cartas filosóficas, diccionario filosófico, memorias, (Gredos Madrid 2010). 279 [2] Cirilo Flóres Miguel; Descartes, reglas para la meditación, investigación de la verdad por la luz natural, discurso del método, las pasiones del alma, tratado del hombre, (Gredos, Madrid, 2011). 221 [3] Alfonso Ropero, Gran Diccionario enciclopédico de la Biblia, (CLIE Barcelona 2014). 58651 Kindle

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