Octubre 1
Pon tu delicia en el Señor, y Él te dará las peticiones de tu corazón (Salmo 37:4).
La búsqueda del deleite no es una opción, sino un mandamiento (en los Salmos): “Pon tu delicia en el Señor, y Él te dará las peticiones de tu corazón” (Salmo 37:4).
Esto era algo que el salmista buscaba: “Como el ciervo anhela las corrientes de agua, así suspira por Ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente” (Salmo 42:1-2); “Mi alma tiene sed de Ti, mi carne te anhela cual tierra seca y árida donde no hay agua” (Salmo 63:1).
El motivo de la sed tiene su fuente de satisfacción cuando el salmista dice que los hombres “se sacian de la abundancia de Tu casa, y les das a beber del río de Tus delicias” (Salmo 36:8).
He descubierto que la bondad de Dios, la cual es el fundamento mismo de la adoración, no es algo a lo que se rinde homenaje con una reverencia desinteresada. No, es algo para disfrutar: “Prueben y vean que el Señor es bueno” (Salmo 34:8).
“¡Cuán dulces son a mi paladar Tus palabras!, sí, más que la miel a mi boca” (Salmo 119:103).
Como dijo C. S. Lewis, Dios en los Salmos es “el Objeto que todo lo satisface”. Su pueblo lo adora sin reparo alguno por el “supremo gozo” que halla en Él (Salmos 43:4). Él es la fuente del deleite completo e inagotable: “En Tu presencia hay plenitud de gozo; en Tu diestra hay deleites para siempre” (Salmo 16:11).
