Dios, el amor y yo

Él nos atrae con cuerdas de amor, nos quita cada día lo que nos estorba para amarlo; aunque nuestra naturaleza caída se resista, su amor firme, siempre nos regresa a Él
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Cuando el hombre es el centro de su vida, vive como si él hubiese inventado el concepto del amor. Constantemente redefine ese concepto a una audiencia sedienta de su propia versión de amor. Lo cierto es que el hombre no inventó el amor, por más que observe a su alrededor para definirlo, no terminará siendo objetivo ni verdadero. La mera observación humana no siempre determina la causa o la fuente de algo, ella sólo es el inicio de una investigación más profunda que, en la cosmovisión cristiana, inicia con Dios y finaliza con Dios.

Amarnos a nosotras

Desde la caída en Génesis 3, después que nuestros padres pecaron, todo ser humano ha redefinido el amor al codiciar ser como Dios al establecer su propio criterio en cómo recibe y cómo da amor.  De hecho, por el pecado su tendencia es amarse demasiado lo cual produce una codicia egoísta e insaciable. Eva codició y comió del fruto prohibido cuando alguien más le redefinió el mandato de Dios con una propuesta que la pondría a ella en el centro de su vida y sería como Dios al juzgar, según su criterio, lo que es bueno y lo que es malo para ella alejándose de la bondad de Dios que había en Su mandato de “no comerás del árbol del bien y del mal” (Gn 2:17). Al igual que Eva, cuando estamos en el centro de nuestra vida, permitimos que nos redefinan el amor, o nosotras lo redefinimos al no prestar oídos, mente y corazón al principal mandamiento de Dios que afirmó Jesús: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22:37-39). El objeto del amor de Dios es Él mismo. Si el objeto de mi amor soy yo y no Dios,  entonces he redefinido el orden de un mandato explícito de Dios. Si creemos en Él, esto no puede ser.

Somos amadas a pesar de nosotras

Dios nos da este mandato porque Él sabe que lo que más necesitamos es a Él mismo. Ya nos amamos demasiado como efecto de la caída, por eso no comprendemos el amor de Dios. Aún luchamos con pecado y somos propensas a escuchar voces que redefinen lo que Dios ha dicho sobre Su amor y nuestro amor. Es Dios quien en Su gracia no nos deja en nuestro pecado, sino en Su decisión redentora. Pablo lo expresó de esta manera: “Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro 5:8). Su amor nos llama: “escogidos de Dios, santos y amados” (Col 3:12). Ser amadas por Dios nos quita el peso de amarnos a nosotras, y a partir de Él amar a otros. El amor que nos salva de nosotras mismas para verdaderamente amar a Dios y a otros, no procede de nosotras, es otorgado por Dios. Cristo pagó en una cruz el precio del pecado que nos separaba del amor de Dios (Jn 3:16); resucitó para darnos una esperanza eterna de amor infinito e inalterable (Ro 8:39). En esta verdad necesitamos crecer cada día, en nuestra identidad de hijas amadas para amar a Dios y amar a otros.

Crezcamos en amar mejor a Dios y a otros

Este crecimiento no es por mera observación o sentimientos como el hombre supone, sino que es por fe. La fuente de nuestro amor tiene forma de Cruz, sobre una mano que nos sostiene y un poder dentro de nosotras que nos capacita para correr a Él. Dios nos enseña a amar porque Él nos amó primero (1 Jn 4:19). Esto no sucede instantáneamente, es un proceso que se informa diariamente por la lectura de la Palabra, la oración, la obediencia intencional por fe y en la comunión con otros creyentes. De lo contrario, creceremos en a amarnos a nosotras mismas al colocarnos en el centro de nuestras relaciones y expectativas. Amaremos lo creado olvidando lo que tenemos y somos en Cristo. Lo cierto es que crecemos en amar mejor a Dios y a otros mientras miramos a Cristo en la Biblia y lo imitamos. No necesitamos programas motivacionales que estimulen la codicia de nuestro corazón por invertir el orden del mandato de Dios.  Eso es un engaño cruel frente a la verdad de la Cruz. Por la humanidad de Cristo aprendemos cómo debemos ser, por Su Deidad somos habilitadas para ser lo que Él nos manda. Él transforma nuestro amor  en un amor sacrificial como Su amor por nosotras. El famoso capítulo de 1 Corintios 13 que habla sobre el amor, pone por encima de todo don, al amor. El amor sacrificial de Cristo descrito en este capítulo no son sugerencias, son afirmaciones en las que puedes crecer si tienes una verdadera relación con Dios enraizada en Su Palabra. Solo el que ama a Dios guarda Su Palabra (Jn 14:23).

Dios, el amor y yo

Todo lo creado inicia y termina con Dios. Su obra redentora en Jesucristo nos está transformando cada día para amarle más. En Su Palabra Dios se revela en amor y nos despoja de nuestro amor egoísta. Su amor no termina porque Él no tiene fin. Su amor jamás cesará porque Él siempre ha existido. Su amor es Verdad porque Él es el principio y el fin de todo. Su amor es fiel, misericordioso, perdonador, poderoso y santificador porque quien representa el amor es una Persona: Jesucristo. Él nos atrae con cuerdas de amor, nos quita cada día lo que nos estorba para amarlo; aunque nuestra naturaleza caída se resista, su amor firme, siempre nos regresa a Él. Dios es amor, Él definió el amor, Él explicó el amor verdadero en una cruz, y tú y yo respondemos a Él en obediencia cuando amamos a otros seres creados a Su imagen y Semejanza. Recordemos Su orden: primero es Dios, segundo es nuestro prójimo y al final somos nosotras. Este es el orden divino que experimentaremos eternamente y que podemos vivir hoy porque Su amor nos satisface cuando creemos cuán bueno y sabio es Dios en gritarnos por todos lados y en toda circunstancia: ¡Yo Soy el amor, te amo, ven a mí! Si Dios es el centro de nuestra vida, conoceremos el verdadero amor que nunca se apaga.

Susana De Cano

Susana de Cano, está casada con Sergio y tienen tres hermosos hijos. Es diaconisa de Iglesia Reforma en Guatemala, donde sirve en discipulado y consejería. Estudia una Licenciatura en Teología en Semper Reformanda y Consejería Bíblica en CCEF. Puedes leer lo que escribe de Su Salvador Jesucristo en Instagram @ella_habla_verdad, y en su blog https://medium.com/hablemos-verdad

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