Cristo, la sabiduría de Dios

Crecer en semejanza con Cristo implica necesariamente avanzar por la senda marcada por Su sabiduría.

Los llamados siete sabios de Grecia vivieron alrededor del siglo VI. a.C., a pesar de que apenas se conservan varias citas célebres y algún texto aislado, con el tiempo estos se convirtieron en personajes casi legendarios, al punto de ser considerados los genuinos precursores de grandes pensadores como Heráclito, Sócrates, Platón, Aristóteles y de cualquiera que aspirase a alcanzar el conocimiento de la verdad. En las páginas de la Escritura se nos habla de otras ilustres figuras usadas grandemente por Dios, las que tienen algo en común, y es que, ya fueran paganos o siervos del Dios viviente, aun habiendo manifestado una eminente capacidad, pertenecen al orden de seres creados, y por muy extraordinarias que hayan sido sus habilidades sonrojean ante la mera comparación con Jesucristo. La supremacía de Su sabiduría El que era uno con el Padre desde antes de la fundación del mundo, se hizo hombre y habitó entre los hombres. Pese a ello, nunca dejó de ser lo que siempre había sido, el eterno Hijo de Dios (Heb. 13:8). No obstante, como resultado de Su encarnación, en Su humanidad, la segunda persona de la Trinidad creció y se fortaleció, no solo físicamente, también en sabiduría y conocimiento. Siendo todavía un muchacho, los maestros del templo se asombraban por la lucidez de Sus planteamientos y preguntas (comparar Lc. 2:40; 2:52 y 2:47). Con el tiempo, la admiración, la fascinación o el asombro resultaban expresiones comunes entre aquellos que acudían a escucharle (Mr. 6:2). Y, a pesar de la ceguera que limitaba el discernimiento de Sus contemporáneos, aún Sus acérrimos opositores se daban cuenta de que nadie hablaba de la manera en la que Él lo hacía (Mt. 7:28-29). Su incomparable sabiduría certificaba la legitimidad de Su llamado mesiánico (Is. 11:1-4) y lo extraordinario de Su discurso ponía de manifiesto cuál era el origen de este Jesús de Nazaret (Jn. 12:49; 14:10). La singularidad de Su sabiduría Como muestra de ello, considera la siguiente referencia que encontramos en el Nuevo Testamento. En su primera carta a los Corintios, Pablo se dirige a una congregación dividida en facciones personalistas y fascinada por la sabiduría de sus contemporáneos. El carisma de ciertos líderes o las dotes discursivas de determinados maestros habían nublado su entendimiento, generando preferencias que causaban fricciones entre los hermanos. Lejos de defender su posición en el ranking de los más locuaces, el apóstol establecerá dos categorías bien diferenciadas: la sabiduría de Dios y la sabiduría que procede de este mundo. A la luz de la primera, aún la combinación de todas las demás resulta tan insignificante como incompetente (1 Co. 1:21, 25). Pablo insiste en que esta sabiduría de Dios ha sido manifestada de manera nítida a través del Cristo crucificado (1 Co. 1:24) y desvela una de las grandes paradojas del evangelio: no son las élites políticas o económicas, tampoco los académicos mejor preparados, ni siquiera los más religiosos del lugar los que tienen acceso a esta clase de sabiduría, solamente a los que están en Cristo, por muy humilde que sea su condición, ha placido a Dios hacerlos partícipes de un conocimiento imposible de dilucidar por carne ni sangre. Su inconmensurable sabiduría se revela y se alcanza exclusivamente a través de la obra de redención de Su Hijo (1 Co. 1:30). De tal manera que toda la gloria sea para Él. La suficiencia de Su sabiduría Nunca han existido tantos estudios sobre cualquier ámbito del saber cómo sucede en el tiempo actual. Cada año se publican más libros de los que nunca podremos comprar y… ¡mucho menos leer! Los eruditos y expertos se cuentan por miles de millares, y las corrientes y líneas de investigación resultan innumerables. En un mundo saturado de información, algunos insisten en aplicar y usar algunos de estos sistemas para potenciar o defender la fe cristiana. Muchas congregaciones aplican principios cambiantes usados en otras disciplinas como estrategia para el crecimiento o la multiplicación del cristianismo. Pero ¿es esto lo que necesita la iglesia? ¿Es este el llamado para el creyente? Cuando nos aproximamos a la persona de Cristo a través de las Escrituras nos damos cuenta de que no existe mejor alternativa que el rendirse ante Uno que es digno de toda confianza, quien es poderoso para librarnos del poder del pecado y capaz de llevar a cabo todos Sus propósitos. Me refiero a Aquel que siendo el primero en sabiduría y valor se humilló hasta la muerte, y muerte de cruz para acercar a Dios a los que se arrepienten de su triste condición. Crecer en semejanza con Cristo implica necesariamente avanzar por la senda marcada por Su sabiduría. No hay otro camino más excelente ni fructífero que este, ni sustituto posible. No te dejes seducir ni arrastrar por ofertas menores por eficaces o atractivas que estas puedan resultar a primera vista. Si el Padre encuentra satisfacción en Su Hijo amado, y en Su sabia voluntad ha decidido compartirlo con este mundo caído, no podemos nosotros conformarnos con menos (Mt. 17:5; Jn. 3:16). En ese sentido, solo en la medida en la que estemos familiarizados con Su persona y Su obra, podremos admirarle más y obedecerle mejor. Para ello, nada mejor que vivir a la luz de lo revelado en las Escrituras. Pues cuando la Palabra de Cristo habita en abundancia en medio nuestro, Su sabiduría nos preside y estamos en condiciones de enseñarnos y amonestarnos unos a otros, además de que brota en nosotros un espíritu de gratitud y alabanza a nuestro Dios al reconocer que todo lo que somos y hacemos es resultado de lo que Cristo ha ganado a nuestro favor (Col. 3:16-17). Haz de la sabiduría de y en Cristo tu alimento diario, nada brindará mejores valores y nutrientes y producirá un beneficio espiritual a tu vida y a la de tu familia.

Heber Torres

Heber Torres (M.Div.) es profesor de teología en el Seminario Berea (León, España) y pastor en la Iglesia Evangélica de Marín (España). Dirige el sitio «Las cosas de Arriba», que incluye podcast y blog. Está casado con Olga y juntos tienen tres hijos: Alejandra, Lucía y Benjamín.

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