Adorando al Hijo Resucitado en la reforma y después de esta: Una historia de los himnos cristianos

El renovado enfoque de la Reforma en la Palabra de Dios llevó a un desarrollo distinto en la parte Calvinista del movimiento.
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El sacerdocio de todos los cantantes

Al igual que en el siglo cuarto, el siglo XVI fue otro tiempo de profunda controversia doctrinal en la iglesia. Fue un periodo de renovación y reformación. Y de forma similar al siglo cuarto, se dio un nuevo flujo de canciones cristianas. Plinio el Viejo reconocería que los cristianos aún cantaban himnos «a Cristo como un dios», bajo nuevas condiciones. La Reforma vio un resurgimiento de los himnos congregacionales. El sacerdocio de todos los creyentes tuvo implicaciones en el canto. La ruta natural, la cual Lutero siguió, fue que toda la congregación se uniera en las partes del servicio de comunión que previamente habían sido reservadas para el coro. En 1523, luego de que Lutero completara la traducción del Nuevo Testamento, él empezó a componer himnos (y música para los himnos). Continuó haciéndolo hasta el momento de su muerte, dejando un legado de 37 himnos, muchos de los cuales eran versiones de los Salmos, siempre leídos de forma cristocéntrica. Lutero batalló con la depresión, y es sabido que en tiempos de ansiedad llamaba a los sirvientes y les decía: «Vengan, a pesar del diablo, cantemos, Aus tiefer Not schrei’ ich zu dir y de este modo alabemos y glorifiquemos a Dios». Se refería a las palabras iniciales del Salmo 130: «Desde lo más profundo, oh Señor, he clamado a ti». Catherine Winkworth, quien tradujo los himnos de Lutero al inglés, notó la forma en la que él incluía en todos ellos «su ferviente fe y profunda devoción». Su versión del Salmo 46, Ein’ Feste Burg, tiene entrelazadas esta severidad con un vívido sentido de batalla. Thomas Carlyle consideró que el lenguaje era como una avalancha alpina o los inicios de un terremoto. Nos referimos, por supuesto, a su himno más famoso, «Castillo fuerte es nuestro Dios». Como expresa Dick Watson: «La imagen de batalla es empleada con fuerza y energía, y los versos a menudo están llenos de giros violentos en la sintaxis, con inversiones inesperadas, suspensiones e interrogantes» [1]. En el himno celta, «Sé Tú mi visión», se encuentran los versos muy característicos celtas: «Sé Tú mi escudo de batalla, espada para la lucha» donde se puede ver la similitud con los himnos de Lutero. No obstante, en medio de esta batalla, el himno comunica claramente el sentido de libertad de la Palabra de Dios que también expresaba Lutero. Su completa confianza estaba en Cristo como el único que puede ganar la batalla. Este era un himno a Cristo como Dios: Nuestro valor es nada aquí, Con él todo es perdido; Más con nosotros luchará De Dios, el escogido. Es nuestro Rey Jesús, El que venció en la Cruz, Señor y Salvador, Y siendo Él solo Dios, Él triunfa en la batalla. Lutero fue el Ambrosio de los himnos alemanes. Puso en movimiento la gran tradición del coral luterano y de los himnos del Pietismo Alemán, incluyendo el tesoro de los himnos de Paul Gerhardt. El renovado enfoque de la Reforma en la Palabra de Dios llevó a un desarrollo distinto en la parte Calvinista del movimiento. Calvino resaltó el canto de palabras espirituales solo en la lengua vernácula y supervisó el desarrollo de un salterio métrico (Geneva Psalter [Salterio de Ginebra], 1562). También puso en verso otros pasajes bíblicos, como el Padre Nuestro. Pero no había himnos per se. El objetivo de Calvino era la simplicidad y la modestia de la Escritura misma. Aun así, había una gran variedad en métrica (110) y en tonadas (125). Casi todas las tonadas eran enteramente silábicas y la música era homófona. No había nada de la polifonía de Palestrina o de William Byrd, con todo su entretejido de líneas musicales independientes. Sin duda, el énfasis estaba en las palabras y en la claridad. Calvino contrató la ayuda de Louis Bourgeois en Ginebra, un compositor de salmos, conocido como el padre del himno moderno. El antiguo centésimo («Todos los que en la tierra habitan») es una de las tonadas más famosas de Bourgeois. Con el tiempo, el cántico de salmos entre las iglesias reformadas fue disminuyendo y muchos se quejaron de lo aburrido que era. No obstante, al inicio, estos salmos eran cantados con gran viveza y ritmo. La Reina Isabel I en Inglaterra se quejó de esas «jigas ginebras».

Ver a David convertido en cristiano

El próximo desarrollo en verdad radical en los himnos vino con Isaac Watts. Watts fue un disidente de la Iglesia de Inglaterra, y una vez más es el impulso por reformar y renovar el que produce canciones. Watts fue el escritor de himnos más importante en establecer la canción congregacional en Inglaterra. Su objetivo era aceptar las limitaciones reales de tratar de escribir poesía para un grupo de personas ordinarias y volcar esto en un reto estético. Como dijo, se trataba de «sumergir cada verso al nivel de toda la congregación y a la vez mantenerlo por encima de todo menosprecio». Logró esto extraordinariamente bien—tanto así que el crítico Donald Davie describe la poesía de Watts como llena de un cierto clasicismo, una austeridad que «corrige a la vez que deleita». Es una frase excelente [2]. Sin embargo, Watts sintió que los cristianos debían cantar de manera directa sobre Cristo, y que los salmos debían ser adaptados conforme a ello. Su primer éxito vino a través de sus «Salmos de David», donde dijo su conocida frase de que deseaba ver a David convertido en cristiano. Cambió el horizonte de la interpretación, de forma que en su versión uno cantaba cada salmo explícitamente a la luz de Cristo y de la Iglesia. Su versión del Salmo 72 empieza, por ejemplo, no con Yahweh e Israel, sino con «Jesús reinará dondequiera, que Su viaje sucesivo lleve el sol». Su versión del Salmo 98 es una que aún cantamos en Navidad, pensando del mismo modo en Cristo: «Al mundo paz, nació Jesús». Las iglesias que se han enfrentado debido a estilos de adoración deben recordar que tales tensiones no son nuevas. Con su enfoque, Watts encendió una verdadera controversia y algunos evangélicos como William Romaine estaban disgustados de que él fuera más allá de las palabras exactas de la Escritura. Incluso, se refirió a los himnos de Watts con un nombre peyorativo. «Mi preocupación» escribió Romaine «es ver a las congregaciones silenciadas de las palabras divinamente inspiradas en los salmos, y tomando las fantasías del doctor Watts; como si las palabras de un poeta fueran mejores que las palabras de un profeta» [3]. ¡Ay! Si durante mi vida, en la iglesia ha habido controversias por los himnos versus las canciones modernas de adoración, durante la generación de Watts la controversia era por los salmos versus los himnos. Todos los cristianos jóvenes y radicales estaban cantando himnos.

Avivamiento evangélico y sublime gracia

Una generación después de Watts, hubo un despertar espiritual generalizado entre los evangélicos en el Atlántico Norte. Con él vino todo un renacimiento de escritura y de cántico de himnos. A modo de ejemplo tomemos a John y a Charles Wesley. Charles escribió unos nueve mil poemas, tres veces tantos como el poeta inglés Wordsworth. Esto equivale a alrededor de diez versos cada día durante cincuenta años. Algunas veces llegaba a su casa a caballo y aun antes de decir «¡Hola! ¿cómo estás?», gritaba «¡Papel y tinta! ¡Papel y tinta!» de modo que pudiera plasmar los himnos que había compuesto mientras cabalgaba. Los Wesley publicaron unas 56 colecciones de himnos en 53 años. [4] Estos himnos tuvieron una profunda influencia en la gente ordinaria. He visto diversos ejemplos de esta influencia en una colección de cartas manuscritas a Charles Wesley. Elizabeth Downs, una mujer laica, describió su experiencia como un choque eléctrico durante un himno que mencionaba a la cruz. Contó: «Sentí un cambio en mi interior y exterior. Mi corazón se agitó como si hubiese sido arrancado de mi cuerpo». Thomas Tennant escribió: «Sin duda, me alegré cuando alguien me pidió que fuera a una reunión de amigos cristianos, pero cuando llegué a la puerta y los escuché cantar, tuve tal idea de su bondad y de mi propia indignidad, que no me atreví a entrar». Para Tennant, el cántico de himnos evocaba algo inefablemente santo. El predicador laico Duncan Wright escribió sobre un evento extraordinario en Wexford en Irlanda. Un adversario católico romano se había escondido en un saco en un establo donde los metodistas se reunían, con el plan de darle entrada a una turba en el momento preciso. La turba esperaba afuera, y el plan era que él se escabulliría fuera del saco cuando iniciara la reunión y con sigilo abriría la cerradura para dejarlos entrar y provocar un caos. Sin embargo, sentado dentro del saco durante los cánticos, el hombre fue tocado. «Pensó que era una inmensa lástima… perturbarlos mientras cantaban». Pronto, Wright continuó «el poder de Dios lo confundió de tal manera que rugió con todas sus fuerzas; y no teniendo energía para salir del saco, se quedó allí chillando y gritando». Cuando algunos de la congregación se aventuraron a ver qué sucedía, lo ayudaron a salir y «lo levantaron; él confesó sus pecados y pidió misericordia; lo cual fue el inicio de una obra permanente en su alma». Fue un himno, de nuevo, lo que hizo la obra espiritual [5]. Como vemos con claridad, los himnos evangélicos no son un asunto de separación del resto del mundo. El convertido traficante de esclavos y ministro evangélico, John Newton, solía escribir himnos cada semana para sus parroquianos pobres. Los himnos eran escritos para combinar con sus sermones. Los humildes costureros que trabajan con encajes podían repetirse los himnos mientras trabajaban en su oficio en los fríos meses de invierno. El himno «Faith’s Review and Expectation [Repaso y expectativa de la fe]» fue escrito para un sermón del Año Nuevo de 1773, inspirado en 1 Crónicas 17:16-17. Por supuesto, era un día para mirar hacia atrás a lo que Dios había hecho y mirar hacia delante a lo que Dios haría en el año por venir. Así que, en el texto de la Escritura, tenemos ese mismo mirar hacia atrás y hacia delante en la respuesta del rey David al profeta Natán. El profeta declaró que David no construiría una casa a Dios (esa tarea sería para su hijo, Salomón), pero que Dios construiría su casa—es decir, su dinastía. David se sorprendió y respondió en oración: ¿Quién soy yo, oh Señor Dios, y qué es mi casa para que me hayas traído hasta aquí? Y aun esto fue poco ante tus ojos, oh Dios, pues también has hablado de la casa de tu siervo concerniente a un futuro lejano, y me has considerado conforme a la medida de un hombre excelso, oh Señor Dios. David dijo, en otras palabras: «Sublime gracia del Señor que a un infeliz salvó». Dijo «Su gracia siempre me libró y me guiará feliz». «Faith’s Review and Expectation [Repaso y expectativa de la fe]» es por supuesto el himno que conocemos como «Sublime gracia». Pero originalmente, «Sublime gracia» no era una canción de testimonio personal. Es una paráfrasis de las palabras de David. No obstante, John Newton vio en el ungido de Dios también la promesa de gracia divina que vendría de manera definitiva y plena a través del Hijo de David, Jesucristo. Este también era un himno de alabanza a Cristo como Dios. No obstante, quizás porque ni Jesús ni Cristo aparecen en el himno, al día de hoy se ha convertido en un himno nacional. «Sublime gracia» ha tenido un largo éxito en la música pop y ha sido la canción a la que las personas han acudido para expresar un clamor de gracia en medio de terribles tragedias y en tiempos de desastre nacional. No obstante, la palabra “gracia” es lo que un crítico literario llamaría sinécdoque. “Gracia” es un diminutivo para la gracia de Dios en Jesucristo. Sin duda, hay una tremenda riqueza de teología bíblica en las simples palabras de este famoso himno.

La canción continúa

La tradición de los himnos se amplificó y fortaleció de manera poderosa en el siglo XIX, pero quizás es suficiente que veamos el impulso perenne entre los cristianos que los lleva a cantar canciones de alabanza. Este impulso a cantar a Cristo como Dios permanece vivo y renovado. Es lo que Thomas Chalmers llamó «el poder expulsivo de un nuevo afecto». Es la respuesta normal de los cristianos de cada generación a las buenas nuevas del evangelio. Esto es cierto para nosotros y será cierto para nuestros hijos y nietos, así como lo fue para las generaciones anteriores. Cuando nos encontremos con el Cristo viviente, nosotros también, diremos como David: «Puso en mi boca un cántico nuevo» (Sal. 40:3). Cuando pensamos en esta larga historia de cristianos ofreciendo alabanzas a nuestro Salvador, para concluir, parafraseemos Hebreos 11 y 12. Podríamos decir que por la fe Moisés y Miriam cantaron su nueva canción, y por la fe David cantó su propia canción con gozo. ¿Y qué diremos de Prudencio y de Bernardo, quienes cantaron sus himnos a Cristo como Dios? El tiempo no nos alcanzaría para hablar de John Masoiempon Neale o de Fanny Crosby o de Reginald Heber. Todos estos recibieron aprobación por su fe, pero Dios había provisto algo mejor para nosotros, a fin de que solamente junto a nosotros ellos puedan ser hechos perfectos. Puesto que tenemos en derredor nuestro tan gran coro de testigos, cantemos ahora con gozo la canción que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de cada canción. [1] See further, J.R. Watson, ed., An Annotated Anthology of Hymns (Oxford: Oxford University Press, 2002), 67–70. [2] Donald Davie, Purity of Diction in English Verse (London: Chatto & Windus, 1952), 35. [3] William Romaine, A Collection out of the Book of Psalms (London, 1775), 136–37 [4] See further, Frank Baker, ed., Representative Verse of Charles Wesley (London: Epworth Press, 1962) [5] See further, my account of these and other lay narratives of hymns in Hindmarsh, The Evangelical Conversion Narrative (Oxford: Oxford University Press, 2005)

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