Octubre 1
“Mientras callé mi pecado, mi cuerpo se consumió con mi gemir durante todo el día. Porque día y noche Tu mano pesaba sobre mí; mi vitalidad se desvanecía con el calor del verano”. Salmo 32:3-4
Aquellos que trabajan en los campos de la psicología, psiquiatría y servicios sociales a menudo se enfrentan a una fuerte correlación entre lo que está sucediendo en el corazón y la mente de una persona y lo que se muestra en el cuerpo de esa persona. La Palabra de Dios habla en esta conexión y luego va más profundo, porque nos dice que hay una conexión entre el estado de nuestro cuerpo y el estado de nuestra alma.
En el Salmo 32, David habla muy personalmente a Dios, reconociendo la pesadez que experimentó cuando se escondió en las sombras y se negó a confesar su pecado contra Betsabé y el asesinato de su esposo, Urías (ver 2S 11). A través de David, el Espíritu nos enseña que hay un vínculo entre una conciencia torturada, falta de arrepentimiento y nuestro bienestar físico. Aquellos que estaban en la compañía inmediata de David pueden no haber sido conscientes de lo que estaba sucediendo dentro de él espiritualmente, pero no podrían haber evitado las indicaciones de lo que le estaba sucediendo físicamente.
La descripción que proporciona se suma al relato que da en otra parte: “Palpita mi corazón, mis fuerzas me abandonan, y aun la luz de mis ojos se ha ido de mí. Mis amigos y mis compañeros se mantienen lejos de mi plaga, y mis parientes se mantienen a distancia.” (Sal 38:10-11). Es una imagen bastante devastadora.
David reconoció su condición por lo que era: un castigo. La Biblia deja en claro que hay un resultado natural a la lujuria, exceso y desprecio por los mandamientos de Dios (ver Ro 1:24-25), de lo cual David fue culpable. La fragilidad, pérdida de peso, insomnio, sensación de rechazo, melancolía, ansiedad y desesperación a menudo persiguen a las personas que buscan ocultar su pecado ante Dios y negárselo a sí mismos.
Lo que restauró a David no fue cuidar más de su salud o acostarse más temprano, sino más bien lidiar con la causa raíz: su pecado: “Te manifesté mi pecado… y Tú perdonaste la culpa de mi pecado” (Sal 32:5). Dios mantuvo Su mano pesada sobre David hasta que David puso su pecado en las manos de Dios y le pidió que se ocupara de él. Es una bendición para nosotros cuando Dios no nos permite olvidar nuestro pecado, cuando sentimos pesadez física debido a nuestra enfermedad espiritual. Es Su medio de llevarnos a hacer lo que más necesitamos: confesarlo y pedir perdón por ello.
¿Estás ocultando pecado? No lo encubras; confiésalo. David experimentó un alivio liberador de su dolor y angustia cuando buscó el perdón de Dios. Tú también puedes experimentar el gozo, porque la promesa de la Palabra de Dios es que “si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad” (1Jn 1:9).
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
