Junio 7
…la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gálatas 2:20).
La fe está en perfecta armonía con la gracia venidera de Dios. Es consistente con la libertad y la plena suficiencia de la gracia, y dirige nuestra atención a la gloriosa confiabilidad de Dios.
Una de las implicaciones importantes de esta conclusión es que la fe que justifica y la fe que santifica no son dos clases de fe distintas. “Santificar” simplemente quiere decir hacer algo santo o transformar en semejanza a Cristo. Todo es por gracia.
Por tanto, también debe ser por fe, porque la fe es la acción del alma que se conecta con la gracia, y la recibe, la canaliza para convertirla en poder para obedecer, y la protege para que no quede anulada a causa de la jactancia humana.
Pablo hace explícita esta relación entre la fe y la santificación en Gálatas 2:20 (“vivo por la fe”). La santificación es por el Espíritu y por la fe; dicho en otras palabras, es por gracia y por fe. El Espíritu es el “Espíritu de gracia” (Hebreos 10:29). Dios nos hace santos por obra del Espíritu, pero el Espíritu obra mediante la fe en el evangelio.
La simple razón por la que la fe que justifica es también la fe que santifica, es porque tanto la justificación como la santificación son la obra de la gracia soberana. La fe es consistente con la gracia. La justificación y la santificación no son el mismo tipo de obra (la justificación es la imputación de la justicia; la santificación es la impartición de la justicia), pero ambas son obra de la gracia. La santificación y la justificación son “gracia sobre gracia” (Juan 1:16).
La fe es la consecuencia natural de la libertad de la gracia. Si tanto la justificación como la santificación son la obra de la gracia, es lógico que ambas son por la fe.
