Mayo 8
«Recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes; y serán Mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra». Hechos 1:8
El Espíritu Santo nos fue dado para que el pueblo de Dios pueda llevar la Palabra de Dios al mundo de Dios.
Sin el Espíritu, los eventos en el libro de Hechos (que narra la historia de la expansión del evangelio, después de que los discípulos de Jesús se lanzaran a las calles proclamando el mensaje del Cristo resucitado) nunca podrían haber sucedido. Después de todo, unas pocas semanas antes, estos mismos discípulos habían estado escondidos detrás de puertas cerradas, un grupito asustado que lloraba a su Rey crucificado. ¿Qué explica su transformación repentina?
La respuesta se encuentra en el triunfo de Jesús sobre la tumba y en la promesa que Él les dio a Sus discípulos: que Su Espíritu Santo los capacitaría y les daría poder. Esta promesa iba de la mano con un mandamiento: los discípulos de Jesús debían ir a todo el mundo y predicar las buenas nuevas.
Antes que los discípulos salieran con entusiasmo, Jesús afiló su enfoque. Ellos no habían entendido todavía que Su preocupación no se limitaba a Israel, sino a todos los pueblos, en todas partes. (Y les tomaría un poco más de tiempo apreciar por completo esta verdad: ver Hch 10:1 – 11:18). Por lo tanto, Jesús ordenó a Sus discípulos que fueran Sus «testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (énfasis añadido).
Después de la ascensión de Jesús, el Espíritu Santo descendió sobre Sus seguidores, tal como Él lo había prometido, y entonces la gran historia del avance de la iglesia por todo el mundo conocido comenzó. Esta es una historia que aún no ha concluido, y que incluye a cada creyente a medida que el evangelio continúa siendo predicado en todo el mundo.
Si eres de Cristo, tienes a este mismo Espíritu, y has recibido Su poder para extender la verdad de Jesús a todo el mundo. El Espíritu no fue dado para que tú y yo podamos sentarnos por ahí y platicar sobre nuestras experiencias espirituales. Más bien, debemos usar nuestros dones y talentos para llevar el evangelio a las naciones. Para algunos de nosotros, eso significa ir de misiones a otros países. Para otros, significa cruzar nuestra calle o nuestra ciudad como parte de esa misma misión.
Dios te llama a amar y a servir incluso a aquellos con quienes no compartes una ciudadanía terrenal. Él te llama a cruzar abismos y a acercarte a esas personas hacia quienes, de manera natural, serías indiferente, e incluso a los que viven en enemistad contra ti. Sin embargo, Él no te llama a producir por ti mismo el amor y la valentía que eso requiere. No. Debemos ser transformados por un poder ajeno a nosotros mismos, y eso es lo que Jesús prometió y lo que el Espíritu provee. Así que pídele a Dios que derrame de nuevo Su Espíritu en tu vida hoy para que puedas proclamar las buenas nuevas con valentía y pasión.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
