Abril 11
“Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la sacó e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha… Jesús le dijo a Pedro: ‘Mete la espada en la vaina. La copa que el Padre me ha dado, ¿acaso no he de beberla?’”. Juan 18:10-11
El arresto de Jesús en el huerto de Getsemaní reveló en última instancia Su sumisión al Padre. Cuando los soldados vinieron por Él, Jesús ya había resuelto beber la copa del sufrimiento —Su muerte en la cruz— para que fuera para nosotros una copa de salvación.
Pero ¿cuál de los discípulos intervino, en el momento exacto que uno esperaría que interviniera? El impetuoso Simón Pedro, por supuesto, empuñando una espada. Pedro no era ajeno a los actos y palabras apasionadas. Había caminado sobre el agua hacia Cristo. Había reprendido a Cristo. Había ofrecido dar su vida por Cristo. Y, sin embargo, poco después de salir en defensa de Jesús, negó con temor siquiera conocerlo.
La reacción de Pedro al ver a su Maestro arrestado es totalmente comprensible, pero totalmente equivocada. Aunque Pedro estaba dispuesto a luchar por Cristo aquí, en realidad estaba luchando contra Cristo. Estaba luchando contra la propia voluntad de Dios, quien había establecido que Jesús fuera el sacrificio expiatorio de los pecados. El ejemplo de Pedro nos enseña una importante lección; como exhorta Calvino: “Aprendamos a moderar nuestro celo. Y como el desenfreno de nuestra carne siempre quiere atreverse a más de lo que Dios manda, aprendamos que nuestro celo saldrá mal siempre que nos atrevamos a emprender algo más allá de la Palabra de Dios”.¹
Sabiendo que la acción de Pedro necesitaba corrección, Jesús intervino con una pregunta retórica: “La copa que el Padre me ha dado, ¿acaso no he de beberla?”. Estaba afirmando la parte de la voluntad de Dios que acababa de aceptar en oración, la misma acción que más tarde le llevó a gritar en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27:46). A través de Su sufrimiento, Su gloria se magnificó y la salvación se ofreció gratuitamente a todos los que creyeran. Ningún camino que Pedro pudiera haber orquestado podría haber sido mejor que este, y se equivocó al resistirse a él. Cuando nuestra impaciencia trata de interferir en los planes de Dios, debemos aprender a guardar nuestras espadas figuradas. Debemos confiar en el plan de Dios, esperar Su tiempo y actuar según Su mandato. Cuanto más familiarizados estemos con las Escrituras —conociendo la gran historia, las promesas y las verdades que se encuentran en ellas— más entenderemos Sus planes. Pero, aun así, habrá momentos en los que Sus caminos sean muy misteriosos para nosotros y queramos luchar contra el camino que Él nos está llevando. Tal vez lo estés haciendo ahora mismo.
Toma en serio las palabras de Cristo a Pedro: “Mete la espada en la vaina”. Confía en la mano amorosa de Dios, obedece Sus mandamientos y sigue Su dirección. Él es “el autor y consumador de la fe” (Heb 12:2), y la historia que está escribiendo es más gloriosa de lo que podrías imaginar o dirigir por ti mismo.
1 Juan Calvino, The Gospel According to St John 1–21 and The First Epistle of John [El Evangelio según San Juan 1–21 y la Primera Epístola de Juan], trad. T. H. L. Parker, ed. David W. Torrance y Thomas F. Torrance, Calvin’s New Testament Commentaries [Comentarios de Calvino del Nuevo Testamento] (Eerdmans, 1994), 156.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
