¿Te has detenido alguna vez a contemplar un amanecer desde su inicio hasta su final?
¿Has visto como la luna nueva aparece en el horizonte púrpura y despejada al lado del brillante planeta Venus?
No hablo de solo echarle un vistazo o de que estés consciente de que está ocurriendo durante el día, sino de salir intencionalmente de la rutina y apartar un espacio en tu agenda para, así sea solo una vez en la vida, disfrutar de las hermosas escenas que Dios pinta cada día en el lienzo de Su cielo para hablarnos de Su gloria.
¿Lo has hecho alguna vez?, pero ¿lo has hecho siendo una nueva criatura en Cristo?
Confieso que esa fue mí experiencia hace muchos años atrás recién convertido y fue extremadamente maravillosa. Aunque antes de Cristo pude ver muchos amaneceres y atardeceres, ese día ver salir el sol desde las montañas renovó mí calma y oración al Dios que hizo todo lo que existe y que me acompañaba en ese momento animando mí corazón. Tan solo quedarme quieto y contemplar la belleza y hermosura de la grandeza de Dios fue algo que me marcó y es algo que procuro, de vez en cuando, repetir con aquella misma intencionalidad.

Pero hay algo más de lo que te quiero hablar.
A veces nos sentimos desanimados, frustrados, confundidos, abatidos y derribados hasta el suelo ¡Y creemos que lo que tenemos que hacer es lograr más cosas para salir de ese estado! Pero, hoy te propongo algo que me ha ayudado muchísimo: que contemples la mayor obra de Dios.
Si bien un amanecer y un atardecer son obras de Dios, expresiones de Su revelación general que pueden transmitir impresiones significativas en nuestros corazones, te invito a que veas la mayor obra de Dios: la revelación de Su gloria en la persona y obra de Jesucristo.
Hay pasajes en las Escrituras que son más bellos que millares de amaneceres y atardeceres, y que tienen la sustancia, el poder divino y la capacidad para levantar al alma cansada, abatida y derrotada hasta el suelo ¡Y Dios lo ha inspirado en Su Palabra para que los contemplemos con gran atención y oración ante Su presencia!

Hablo de pasajes como cuando Pablo dice:
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo. Porque Dios nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él. En amor nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo, conforme a la buena intención de Su voluntad, para alabanza de la gloria de Su gracia que gratuitamente ha impartido sobre nosotros en el Amado (Ef 1:3-6).
O cuando Pedro dice:
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien según Su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, para obtener una herencia incorruptible, inmaculada, y que no se marchitará, reservada en los cielos para ustedes (1P 1:3-4).
O las poderosas palabras del mismísimo Cristo glorificado cuando dice:
No temas, Yo soy el Primero y el Último, y el que vive, y estuve muerto. Pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del Hades (Ap 1:17-18).
Hablo de pasajes dónde el evangelio es presentado ante nosotros como un bello amanecer o un claro atardecer de luna nueva para que contemplemos la persona y obra de Cristo, lo cuál puede devolver el ánimo a nuestros corazones y transformarnos a Su semejanza (2Co 3: 18).
A veces pensamos que ese avivamiento personal que necesitamos vendrá con muchas más horas de oración, con mucho más servicio en la iglesia local, o con mucho más ayuno ¡Todo esto es bueno! Pero no es la fuente a la cual debemos ir y tomar fuerzas para vivir para la gloria de Dios. Es tan solo contemplar el evangelio revelado ante los ojos de nuestro corazón lo que puede impulsar una vida de obediencia y de servicio fortalecida por el Espíritu Santo de forma continua y creciente.

Así pues, se intencional, saca el tiempo, prepárate una taza de café o de té (o con lo que mejor te guste) sal a tu ventana, o al balcón, y contempla atardeceres o amaneceres, pero, si quieres experimentar un avivamiento personal y vívido en tu vida diaria, asegúrate de ser intencional en contemplar la mayor obra de Dios revelada en el evangelio. Asegúrate de contemplar con atención y oración aquellos pasajes dónde la persona y obra de Cristo es revelada con claridad, pues, la gloria del Dios vivo se revela plenamente en el rostro de nuestro Señor Jesucristo (2Co 4:6).
