Julio 20
“Entonces los judíos le dijeron: ‘Ya que haces estas cosas, ¿qué señal nos muestras?’. Jesús les respondió: ‘Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré’”. Juan 2:18-19
Algunos piensan que la Biblia es poco más que una mezcla de información filosófica y consejitos espirituales. Nada puede estar más lejos de la verdad, porque ella contiene la revelación del drama de la intervención de Dios en nuestro mundo. El tema del reino de Dios nos brinda una manera útil de entrar en esta historia y de seguir su hilo. Y, en cada reino, hay una morada para el rey.
En la mayor parte del Antiguo Testamento, el tabernáculo fue el lugar donde Dios moró con Israel. Aunque el tabernáculo estaba en medio de Su pueblo, no estaba abierto para ellos. Incluso Moisés mismo no pudo entrar cuando la nube de la gloria de Dios descendió sobre el santuario (Ex 40:34-35). Más tarde, una vez que Jerusalén se había vuelto la capital de la nación, la tienda del tabernáculo fue reemplazada por un edificio permanente: el templo. Aquí estaba Dios, el Rey de Su pueblo, morando en la ciudad capital y en su tierra. Sin embargo, el camino a Él seguía bloqueado por un velo que separaba el Lugar Santísimo del resto del edificio del templo (26:31-34).
Y, luego, “el Verbo se hizo carne” y, literalmente, “habitó entre nosotros” (Jn 1:14).
Al leer el Nuevo Testamento, descubrimos que, tal como el pueblo en el pasado buscaba el tabernáculo para un encuentro con Dios, ahora buscamos a una persona: Dios mismo, quien se vistió de carne humana y vivió entre nosotros. El lenguaje de Juan comunica de manera específica que Dios, en Jesús, moró entre Su pueblo físicamente y ahora mora en Su pueblo por Su Espíritu (Jn 14:16-18). Él está aquí entre nosotros. Jesús, en otras palabras, es el tabernáculo verdadero.
Esto es lo que Él estaba buscando explicar cuando, después de purificar el templo al echar a los comerciantes y a los cambistas que se habían establecido allí, Su autoridad fue retada por haber hecho algo tan audaz (Jn 2:13-16) y contestó: “Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré”. Juan explica que, después que Jesús fue crucificado, sepultado y resucitado de entre los muertos, Sus discípulos entendieron que “Él hablaba del templo de Su cuerpo” (v. 21).
Cuando Jesús murió, el velo del templo se rasgó, anunciando que, a través de Cristo, ahora tenemos acceso ilimitado a Dios, aunque también mostrando que el edificio del templo había quedado obsoleto, pues su cumplimiento había llegado. Décadas más tarde, el templo de Jerusalén sería destruido finalmente.
Si queremos encontrarnos con Dios, debemos acudir a Jesús. Ya no necesitamos un edificio específico ni íconos ni santuarios específicos. Dios se encuentra con Su pueblo (cuando estamos reunidos e, inclusive, cuando estamos separados), no en lugares, sino en la persona de Su Hijo, el templo verdadero. Sin importar qué día sea hoy y qué responsabilidades tengas por delante, no hay nada ni nadie que se interponga entre tú y un encuentro en vida con el Dios santo. El Rey mora dentro de ti hoy.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
