Como creyentes, todos necesitamos aprender a orar. Lejos de ser un simple deber religioso, la oración es una de las disciplinas espirituales más reveladoras, que expone lo que verdaderamente vive en nuestros corazones. El obispo anglicano y escritor del siglo diecinueve, J. C. Ryle, lo expresó de manera magistral en su clásico Un llamado a la oración. Él entendía que, mientras otras disciplinas pueden ser una fachada, la oración en privado es la prueba más fiable de una fe genuina:
De todas las evidencias de la verdadera obra del Espíritu, un hábito de oración privada y ferviente es una de las más satisfactorias que pueden mencionarse. Un hombre puede predicar por motivos falsos. Un hombre puede escribir libros, pronunciar discursos elocuentes y parecer diligente en las buenas obras, y aun así ser un Judas Iscariote. Pero un hombre rara vez entra en su aposento y derrama su alma ante Dios en secreto, a menos que sea sincero. El Señor mismo ha puesto Su sello sobre la oración como la mejor prueba de una verdadera conversión.[1]

Si la oración es tan crucial, ¿cómo podemos aprender a hacerlo bien? La mejor escuela de oración es la propia Escritura. Es un consuelo maravilloso y un impulso para la fe saber que estamos orando en línea con la voluntad de Dios. Nuestras oraciones cobran poder y propósito cuando se moldean según los patrones que encontramos en la Biblia. D. A. Carson, en su libro Un llamamiento a la renovación espiritual, en el cual enseña sobre la oración usando como base las oraciones del apóstol Pablo, dice:
Aprende a argumentar en oración con Moisés, a cantar con David, a ser visionario y de gran alcance con Salomón en la dedicación del templo. Reflexiona en lo que significa orar la oración que nos enseñó el mismo Señor Jesús. Aprende a orar con Pablo. Tal estudio nos ayudará a identificar qué pedir, cómo acercarnos a Dios y los fundamentos apropiados para nuestras peticiones.[2]

Precisamente, este artículo busca condensar las enseñanzas de uno de los modelos de oración más ricos del Nuevo Testamento: Colosenses 1:9-14. Basándonos en el capítulo 6 del libro de Carson mencionado anteriormente, titulado “El contenido de una oración desafiante”, reflexionamos aquí sobre lecciones invaluables en dos áreas fundamentales: por un lado, nos enseña cómo oraba el apóstol y, por otro, nos revela el contenido de su oración.
1. Lecciones sobre cómo orar
El modelo de Pablo en Colosenses revela que la dinámica de nuestra oración es tan crucial como su contenido. No se trata de un asunto de formas, como si se arrodillaba o se encerraba para hacerlo, sino de la actitud fundamental de su corazón. El ejemplo del apóstol nos presenta una oración cuya naturaleza se define por tres rasgos distintivos: trasciende el círculo personal, es incesante y nace de la gratitud.
Primero, la oración de Pablo trascendía su círculo personal, impulsada por un profundo amor pastoral. Su reacción fue inmediata, como lo revela la frase del versículo 9: “…desde el día que lo supimos”. Esto es extraordinario, pues Pablo no había fundado la iglesia en Colosas ni la conocía personalmente; es probable que fueran sus “nietos espirituales”, plantados por Epafras. Aun así, su amor por el cuerpo de Cristo lo movió a orar por ellos con el mismo celo que por sus congregaciones más cercanas. Así, ¿en qué medida nosotros vamos más allá de nuestros familiares e iglesias, para unirnos en el gozo del reino de Dios en el mundo? ¿Pedimos por informes específicos de iglesias distintas a las nuestras?

Segundo, la oración de Pablo era incesante. Su afirmación en el versículo 9, “no hemos cesado de orar por ustedes”, no describe una emoción pasajera, sino una disciplina espiritual sistemática. Su intercesión era deliberada, fruto de una carga pastoral que perseveraba en el tiempo. Esta actitud no debe confundirse con un vago y místico estado ininterrumpido de oración, sino que demuestra una diligencia concreta para presentar peticiones ante Dios con regularidad. El apóstol nos modela así un principio fundamental: ciertas cargas espirituales exigen una intercesión perseverante. Entonces, ¿por quiénes estamos dispuestos a pedir disciplinadamente a lo largo del tiempo?

Finalmente, su oración nació de un espíritu de acción de gracias. Los versículos 3 al 8 son una explosión de gratitud: Pablo le da gracias a Dios por la fe, el amor y la esperanza que el evangelio ha producido en los colosenses. Esta gratitud es el combustible que enciende su intercesión; al escuchar el buen informe sobre la obra de Dios en ellos, es impulsado a pedir más. Esto resalta una lección fundamental: nuestra oración no debería limitarse a clamar por los momentos de crisis, sino por aquellos asuntos gozosos en curso. Dicho de otra forma, no solo pidamos por aquel hermano enfermo o que perdió su trabajo, sino por el crecimiento de aquellos que siguen perseverando en la fe.
2. Lecciones sobre el contenido de la oración
Si la forma de orar de Pablo es instructiva, el contenido de su petición es transformador. Sus peticiones se alejan de lo superficial y se centran en lo que es eternamente valioso. La petición central se encuentra en el versículo 9: que los colosenses “sean llenos del conocimiento de Su voluntad en toda sabiduría y comprensión espiritual”.
Aquí es crucial entender qué significa “Su voluntad”. Pablo no está pidiendo una revelación sobre lo que Dios hará en el futuro, lo que los teólogos llaman la “voluntad soberana de Dios”. Más bien, pide que ellos comprendan profundamente la “voluntad revelada de Dios”, lo que Él ya ha plasmado en Su Palabra para la vida de Su pueblo. Un ejemplo claro es 1 Tesalonicenses 4:3, que declara: “Esta es la voluntad de Dios: su santificación; es decir, que se abstengan de inmoralidad sexual”.

Este conocimiento tiene un propósito supremo, como se describe en el versículo 10: “…para que anden como es digno del Señor, haciendo en todo, lo que le agrada”. El conocimiento bíblico no es un fin en sí mismo ni es un simple requisito espiritual; es el medio para vivir una vida que honre y agrade a Cristo. La meta de la vida cristiana no es otra que buscar la gloria de Dios, lo cual se traduce en una obediencia informada. No podemos ser piadosos sin un entendimiento profundo de quién es Dios y qué desea para nosotros.
La pregunta de fondo es: ¿vivimos según lo que nos parece que es bueno, o según lo que la Palabra nos dice que Dios quiere para nosotros? Así, esta petición de ser llenos del conocimiento de la voluntad de Dios es quizás una de las más importantes de la vida cristiana, tanto para nosotros mismos como para nuestras intercesiones por otros.

A continuación, en los versículos 10-14, Pablo detalla las cuatro manifestaciones prácticas de una vida que verdaderamente agrada al Señor:
- “…dando fruto en toda buena obra” (10): Una vida que agrada a Dios es necesariamente una vida productiva. No se trata de una fe pasiva, sino de una que impacta su entorno por medio de acciones concretas de amor, servicio y santidad.
- “…creciendo en el conocimiento de Dios” (10): Este no es un saber meramente intelectual, sino un conocimiento relacional e íntimo de Dios. Pablo describe un hermoso ciclo virtuoso: nuestro andar digno (el fruto) nos permite conocer a Dios más profundamente, y este conocimiento, a su vez, alimenta y enriquece nuestro andar.
- “[…siendo] fortalecidos con todo poder… para obtener toda perseverancia” (11): La vida cristiana no se vive con nuestras propias fuerzas; Pablo especifica que somos fortalecidos “conforme a la potencia de Su gloria”. Este poder divino no es para realizar proezas espectaculares, sino para el desafío de soportar las pruebas con perseverancia.
- “…dando gracias al Padre” (12-14): La gratitud es tanto el motor como el clímax de la vida cristiana. El círculo que comenzó con la gratitud de Pablo ahora se cierra con los colosenses agradeciendo al Padre. ¿Qué agradecen? Que Dios los ha hecho aptos para la herencia de los santos, los ha rescatado del dominio de las tinieblas y los ha trasladado al reino de Su Hijo amado.
Debido a que así se ve una vida que agrada al Señor, nuestras oraciones deben girar en torno a un conocimiento que resulte en estas cuatro manifestaciones.

Conclusión: aprender los principios
Estudiar la oración de Pablo en Colosenses 1:9-14 no tiene como único fin que la repitamos de memoria todos los días, aunque ese sería un ejercicio espiritual excelente. El objetivo más profundo es captar los principios que la sustentan: una motivación arraigada en la gratitud, una pasión por la iglesia global y una centralidad absoluta en la gloria de Dios. Este modelo nos desafía a evaluar nuestras propias oraciones. ¿Están mayormente enfocadas en asuntos triviales y terrenales? En palabras de Carson:
Supongamos, por ejemplo, que el ochenta o noventa por ciento de nuestras peticiones le piden a Dios buena salud, recuperación de una enfermedad, seguridad en el camino, un buen trabajo, éxito en los exámenes, las necesidades emocionales de nuestros hijos, éxito en nuestra solicitud de hipoteca, y mucho más de lo mismo. ¿Cuánto de la oración de Pablo gira en torno a asuntos equivalentes? Si el centro de nuestra oración está muy alejado del centro de la oración de Pablo, entonces incluso nuestra propia oración puede servir como un testimonio lamentable del éxito notable de los procesos de paganización en nuestra vida y pensamiento.
Que el ejemplo del apóstol Pablo nos inspire a transformar nuestras oraciones, pidiéndole a Dios que nos llene del conocimiento de Su voluntad.
[1] Un llamado a la oración, de J. C. Ryle. Publicado por Chapel Library. Disponible aquí.
[2] Un llamamiento a la renovación espiritual, de D. A. Carson. Publicado por Andamio Editorial. Disponible aquí.