Cuando cumplí 70 años en enero del año pasado, estaba lleno de una fe renovada respecto a lo que Dios quería que hiciera en la próxima década. Pensaba en escribir libros, dirigir música en conferencias, trabajar en canciones, pastorear en mi iglesia local, invertir en mis hijos y nietos, discipular y formar a quienes me reemplazarían. “¡Quiero que mis setenta sean mi década más productiva hasta ahora!”, le dije a algunos amigos.
Pero a principios de diciembre, resbalé en el hielo mientras estaba en una mini gira en Harrisburg, Pensilvania, y terminé en la sala de emergencias. Más tarde supe que había sufrido un desgarro parcial del tendón del cuádriceps por encima de la rótula izquierda. Después de algo de fisioterapia, a finales de enero ya caminaba de manera relativamente normal, aunque con cuidado.
Llegó febrero y bajaba dos escalones hacia mi garaje. Decidí comprobar si mi pierna izquierda era lo suficientemente fuerte para soportar mi peso. Evidentemente no lo era. Mi rodilla cedió, completando el desgarro del tendón izquierdo. Al girar la pierna derecha, golpeó el escalón y escuché un claro “pop”. Por segunda vez en dos meses, me encontré retorciéndome en el suelo, gritando de dolor.

Mi esposa y mis amigos finalmente me llevaron a emergencias, donde, providencialmente, fui admitido de inmediato gracias a una amiga enfermera que estaba de turno. A la noche siguiente, una resonancia magnética mostró que había roto completamente ambos tendones del cuádriceps. Después de una cirugía de dos horas el jueves, pasé diez días en el hospital. Luego fui trasladado a un centro de rehabilitación intensiva durante nueve días, antes de finalmente regresar a casa.
Sé que muchos han experimentado pruebas de salud más graves. Pero hasta ahora, nunca había pasado una noche en un hospital, excepto cuando acompañaba a Julie. Y he aprendido lecciones que no quiero olvidar. Lecciones que Dios sabía que no aprendería de otra manera.
Así que las escribo principalmente para recordarlas. Si te resultan útiles, será un extra. Y quién sabe… ¡quizá algún día te encuentres en una cama de hospital!
1. Dios define cómo se ve la productividad
Pensaba que tenía claro lo que Dios quería que hiciera y cómo debía verse. Mucha productividad. Mucha actividad. Mucho movimiento. Mucha interacción con personas y logros visibles. Mucho fruto para el reino.
Pero allí estaba yo: con las piernas inmovilizadas, con dolor en distintos niveles (gracias a Dios por los medicamentos), incapaz de hacer nada por mí mismo. ¿Debía simplemente esperar hasta poder caminar de nuevo para ser útil al Señor?
Durante los primeros días después de la cirugía, Julie me envió una cita del libro He Will Be Enough [Él será suficiente], de Katie Faris. Fue un momento decisivo, y desde entonces he citado numerosas veces a otros la frase que aparece a continuación.

Tu servicio puede no ser como pensabas ni verse como esperabas. En el camino, puede que tengas que redefinir las “buenas obras”; recuerda que nuestras buenas obras no tienen que ser espectaculares para ser valoradas en el reino de Dios. ¡Sufrir con el nombre de Dios en nuestros labios puede ser precisamente la buena obra que Él tiene en mente para que realices! (énfasis mío).
Después de cancelar numerosos viajes y eventos en los que estaba programado para dirigir o participar, tuve que redefinir lo que son “buenas obras”. Y fue un gran gozo comprender que acudir a Jesús, aun estando indefenso, le daba gloria. Era exactamente la obra que Dios había preparado para mí (Ef 2:10).
2. Jesús no solo entiende, sino que también carga nuestro sufrimiento
Durante los días previos a la cirugía, y especialmente en los días posteriores, las noches fueron difíciles. Aparte de que las férulas inmovilizadoras, las botas de compresión y las bolsas de hielo no formaban parte de mi forma habitual de dormir, el dolor era inescapable. Pero en distintos momentos me encontraba diciendo: “Jesús, no puedo soportar este dolor. Tú tienes que llevarlo por mí. No tengo los recursos. Por favor, tómalo”. Y Él lo hizo.
No estoy seguro de cómo obró la gracia en ese momento, pero encontré alivio al saber no solo que Jesús había sufrido más de lo que yo he sufrido o sufriré jamás al cargar con el castigo por mis pecados en la cruz, sino también que Él estaba conmigo en mi dolor y estaba llevando mi carga, tal como lo prometió. “Bendito sea el Señor, que cada día lleva nuestra carga; el Dios que es nuestra salvación” (Sal 68:19).
Agradezco que los avances en la medicina hayan permitido que mi dolor, y el dolor aún mayor de otros, sea mucho menor de lo que sería de otro modo. Pero, al final, solo Jesús puede llevar nuestro mayor sufrimiento. Y Él ya lo ha hecho. Por eso, también puede encargarse del resto.
3. El Espíritu no está limitado por nuestra debilidad
Estar confinado a una cama en una habitación de hospital durante tres semanas no es precisamente la plataforma ideal para el ministerio. Pero, como resultado, mi necesidad abrió puertas.
A medida que fui conociendo a las personas que me atendían cada día, descubrí que algunos estaban lejos de Dios, otros tenían una relación con Él, y otros solo pensaban que la tenían. Pude hablar de mi iglesia, de Sovereign Grace Music, de la Biblia, de mi conversión y de muchas otras cosas. Cuando una auxiliar de enfermería estaba terminando su turno, vio la Biblia abierta sobre mis piernas y me preguntó: “¿Tienes algún consejo para leer la Biblia?”. Con gusto le respondí. Regalé ejemplares de mi libro Verdaderos adoradores e invité a varios enfermeros y terapeutas a visitar mi iglesia.
Estoy seguro de que en estas últimas tres semanas he compartido el evangelio más que en los tres meses anteriores.
4. Las canciones de adoración son un medio de gracia
Uno pensaría que, debido a que mi trabajo consiste en producir música que busca mostrar a las personas la bondad y la gloria de Dios en Cristo, yo ya sabría esto. Y sí, lo sabía. Pero ahora lo entiendo mejor.
Por lo general, no escucho mucha música de adoración. A menudo me encuentro evaluando las canciones cuando las escucho, y normalmente prefiero cantar con otros o, cuando estoy solo, concentrarme en lo que estoy oyendo.
Resulta que, en una cama de hospital, tienes mucho tiempo para concentrarte. Y en los días más difíciles después de la cirugía, Dios usó la verdad bíblica envuelta en melodía y armonía para fortalecer mi cuerpo y mi alma. A menudo comenzaba el día con la canción El Señor es bueno, de Stillcreek, para recordarme realidades como estas:
En cada prueba Tú vas delante de mí,
guiando mis pasos con gracia.
Has marcado mi vida con Tu amor fiel;
oh, no puedo dejar de decir:
el Señor es bueno, el Señor es bueno para mí.
¿“Guiando mis pasos con gracia”?. Sí, incluso aquellos que me llevaron a una cama de hospital. Escuché todo nuestro álbum Knowing God [Conocer a Dios] y descubrí que sus letras llenas de fe eran un dulce bálsamo para un alma cansada, consuelo para un corazón fatigado y fortaleza para un cuerpo débil.
La bondad de Dios al permitirme estar del otro lado de lo que hacemos fue una misericordia que no doy por sentada.
5. Uno de los mejores regalos es la presencia
He estado literalmente abrumado de gratitud por la cantidad de personas que han expresado su cariño mediante mensajes de texto, correos electrónicos, llamadas y redes sociales. Pero estar del lado del “herido” también me ha hecho consciente del impacto único de simplemente hacerse presente.
Tan pronto como McKenzie, nuestra única hija que vive cerca, se enteró de lo sucedido, fue rápidamente a la sala de emergencias y se quedó varias horas. Cuando algunos de nuestros hijos que viven fuera de la ciudad supieron de mi accidente, hicieron planes para viajar a Louisville en distintos momentos para estar con nosotros. Una vez aquí, tuvimos conversaciones que de otro modo nunca habríamos tenido. Reímos, recordamos momentos pasados, compartimos en comunión (e incluso jugamos un poco de Scrabble).

David Zimmer, mi compañero de trabajo y también uno de mis queridos amigos, estuvo conmigo todos los días antes y después de la cirugía, animándome mientras comenzaba la fisioterapia. En algunas ocasiones llevaba a su esposa, Julie, y a sus hijos.
Personas, matrimonios y familias de mi iglesia comenzaron a escribir o llamar preguntando si podían pasar a visitarme. La mayoría preguntaba: “¿Puedo llevar algo?”. Algunos lo hicieron sin preguntar. Padres trajeron dibujos y tarjetas que sus hijos habían hecho con oraciones por mi recuperación y, a veces, con sabios consejos (¡no escaleras!). Verlos pegados en la pared era un recordatorio diario del cuidado de Dios.
Una vez más, tuve conversaciones que muy probablemente no habrían ocurrido si ellos no hubieran tomado el tiempo para visitarme en el hospital o en el centro de rehabilitación. Cada interacción fue un regalo.

Y por si fuera poco, McKenzie, su esposo Zach y sus tres hijos, se mudaron con nosotros el día que regresé a casa y se quedaron durante dos semanas para asegurarse de que la transición fuera lo más fluida posible.
Uno de los mejores regalos es la presencia.
6. La iglesia local está llamada a sufrir junta
Como uno de los pastores de mi iglesia, soy consciente de que hay mucho sufrimiento que ocurre. Lo que no siempre veo es cuánto cuidado, servicio y ministerio se levantan en respuesta. La Escritura nos dice: “Si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; y si un miembro es honrado, todos los miembros se regocijan con él” (1Co 12:26). Esto lo he entendido de una manera nueva por medio de cómo mi iglesia ha cuidado de Julie y de mí en esta temporada.
Hemos recibido mensajes de texto, correos electrónicos, comidas, oración, Escrituras, caramelos Goetze y chocolate negro (IYKYK). Los miembros de la iglesia nos han dado transporte, han construido un nuevo conjunto de escalones en mi garaje (unos que puedo subir y bajar con las piernas inmovilizadas con férulas), y han ofrecido ayuda en diversas tareas del hogar.

Y sé que no estamos recibiendo un trato especial. Esto es lo que hace nuestra iglesia. Esto es lo que la iglesia está llamada a hacer, por la gracia de Dios.
7. El cristianismo no es como la fisioterapia
Por primera vez en mi vida, no solo entiendo en cierta medida lo que hacen los fisioterapeutas y terapeutas ocupacionales, sino que también siento el mayor respeto y aprecio por ellos. Cuando estás acostado en una cama sin tener idea de cómo podrás ponerte de pie, mucho menos caminar, y alguien no solo te enseña cómo vas a lograrlo, sino que lo hace con alegría, cuidado y sensibilidad, se siente como si hubiera realizado un milagro.

Les dije a varios de los terapeutas que me atendieron: “Doy gracias a Dios por ustedes. No tendría ni idea de cómo comenzar este proceso hacia la rehabilitación, y por medio de su instrucción paciente estoy empezando a tener la esperanza de que algún día realmente será posible”.
El día antes de salir del centro de rehabilitación, tuve la oportunidad de agradecer al personal. Primero, les expresé lo agradecido que estaba por lo que estaban haciendo. Les agradecí por haber elegido una profesión que ofrece tanta esperanza a las personas. Luego los felicité por ser tan alegres, atentos, amables y considerados. Nadie salía de mi habitación sin decir: “Si necesitas algo, avísanos”. Me trataron como a la realeza.
Después les dije: “Saben, muchas personas piensan que el cristianismo es como la fisioterapia. Dios toma a personas dañadas y trabaja con ellas, y así vamos mejorando. Pero no es así. La Biblia dice que estamos muertos. No necesitamos terapia, necesitamos resurrección”. Luego hablé brevemente de cómo, aunque estamos muertos en nuestros pecados, Jesús, mediante Su muerte por nosotros y Su resurrección, nos ofrece perdón y esperanza eterna. Y, por supuesto, los invité a conocer mi iglesia.
No sé qué semillas darán fruto, pero sí sé que la mayoría de las personas piensa que Dios solo quiere ayudarnos a mejorarnos o superarnos. Pero solo Jesús puede darnos lo que necesitamos: nueva vida.
8. La actividad y el movimiento no siempre son productivos
Ya lo sabía. Pero ahora lo he experimentado. Hasta que pueda caminar sin férulas (lo cual puede tardar entre uno y dos meses más), paso la mayor parte de mis días en mi nuevo sillón reclinable. Es donde paso mi tiempo con el Señor por la mañana. Es donde almuerzo. Es donde leo. Es donde envío correos electrónicos. Es donde planifico y tomo decisiones. Es donde lidero reuniones. Es donde he estado viendo el March Madness (aunque el sillón reclinable es opcional para eso).
Antes de mi caída, a menudo pensaba que ir a algún lugar equivalía a lograr algo. Subirme al coche podía significar estar haciendo la voluntad del Señor, pero también podía significar evitar el trabajo profundo al que realmente debía dedicarme.
Sigo orando para que mis años setenta sean productivos, pero creo que ahora entiendo mejor lo que eso significa. Quiero que estos años sean productivos según la definición del Señor, no la mía. No necesariamente haciendo muchas cosas, sino haciendo las cosas correctas.
Si el Señor quiere, seguiré escribiendo algunos libros y canciones, dirigiendo en algunas conferencias, equipando a la próxima generación de líderes y sirviendo en mi iglesia local. Pero quiero que sea Dios quien defina mis “buenas obras”.
9. Todavía no merezco a mi esposa
He sabido durante décadas, y he dicho repetidamente a otros, que cuando Dios eligió a Julie para casarse conmigo estaba mostrando una bondad y una misericordia incomparables. Mi estancia en el hospital me recordó esa realidad.
Antes de entrar en esta etapa, el cáncer de Julie volvió por tercera vez, haciendo metástasis en sus huesos. Ha estado recibiendo infusiones cada tres semanas, y parece que eso va bien. Pero desde septiembre ha estado usando un andador debido a un dolor significativo en sus piernas. He disfrutado servirle en todo lo que he podido.

Pero cuando, por así decirlo, me fallaron las piernas, ella se convirtió en mi cuidadora (aunque ciertamente tuvo ayuda). Cuando yo estaba en el hospital, ella me visitó todos los días menos uno, soportando un dolor intenso. Organizó cenas para que pudiéramos compartir. Me animó. Preparó la casa para cuando regresara. Me amó.
Las personas han comentado acerca de nuestra fe firme durante esta etapa, pero estoy bastante seguro de que simplemente sabemos que tenemos un Salvador firme. Hace poco leí esto en Letters on Living the Faith [Cartas sobre la fe viva], de C. S. Lewis:
Dos hombres tenían que cruzar un puente peligroso. El primero se convenció de que los sostendría a ambos, y llamó a esa convicción, fe. El segundo dijo: “Si se rompe o si aguanta, si muero aquí o en otro lugar, estoy igualmente en las manos de Dios”. Y el puente se rompió y ambos murieron; y la fe del segundo hombre no fue defraudada, pero la del primero sí.
No tenemos ninguna duda de que nuestra fe no será defraudada. Estamos en buenas manos.
Publicado originalmente en Worship Matters.