Abril 24
“Les mostró las manos y el costado. Entonces los discípulos se regocijaron al ver al Señor”. Juan 20:20
El primer Domingo de Resurrección no se parecía a una celebración típica de un Domingo de Resurrección.
Antes de que se descubriera la resurrección de Jesús, el día estuvo marcado por llanto, devastación y desconcierto, no por gozo, esperanza y alabanza. Los discípulos se reunieron por miedo, para protegerse unos a otros, no para cantar: “El Señor resucitó, ¡aleluya!”. Se sentaron con tristeza; su historia se había detenido, y la siguiente página estaba en blanco.
O eso pensaban.
La Biblia no niega ni idealiza el dolor que sintieron los seguidores de Cristo tras Su crucifixión. No entendían lo que había sucedido, y ciertamente no sabían lo que pasaría después. Su tristeza revela las limitaciones de la humanidad para conocer el panorama general. A pesar de las profecías del Antiguo Testamento y de que el mismo Jesús predijo Su muerte (Mr 8:31; 9:31; 10:33-34), el Evangelio de Juan nos dice que “todavía no habían entendido la Escritura de que Jesús debía resucitar de entre los muertos” (Jn 20:9). No entendieron que cuando Jesús dijo desde la cruz: “¡Consumado es!” (Jn 19:30), no estaba expresando una derrota sino declarando la victoria.
Esta victoria significaba la resurrección. Y cuando el Salvador resucitado se acercó a los discípulos en su oscuridad, miedo y tristeza, trajo transformación. Su incredulidad se convirtió en fe y su tristeza en alegría. Esa alegría estaba arraigada en el hecho de que comprendían que Jesús había resucitado de entre los muertos. Su fe y su futuro volvieron a estar arraigados en esta maravillosa realidad. La oscuridad de su desesperación hizo más gloriosa la luz de la resurrección.
Si buscas un dios que solo te alegre, no deberías buscar al Dios de la Biblia. Él nos alegra —más que cualquier otra cosa—, pero a menudo empieza por entristecernos. Nos entristece este mundo roto, nos entristece nuestro propio pecado, nos entristece que en la cruz Jesús muriera por nuestra maldad, desobediencia y desinterés. Solo a través de un verdadero sentimiento de tristeza podemos comprender plenamente la alegría de que nuestra cuenta haya sido pagada, de que nuestra deuda haya sido cancelada y de que nuestros males hayan sido perdonados.
Podemos conocer la alegría de Aquel que nos ama aunque no seamos dignos de Él, que nos ama cuando no queremos escuchar. ¿Qué clase de amor es este? Es el amor de Dios por hombres y mujeres, por ti y por mí. Hoy, aparta la mirada de ti mismo y míralo a Él. Esto es amor, y cuando sabemos que somos amados de esta manera, somos capaces de ver la sanidad en la herida y la tristeza como una tierra fértil en la que crece la alegría eterna. ¿Sobre qué parte de tu vida —quizás una parte llena de dolor, o arrepentimiento, o ansiedad— necesitas escuchar esto hoy? Recuerda que, en cualquier experiencia que estés atravesando, sigue siendo cierto que Cristo el Señor ha resucitado. ¡Aleluya!
1 Charles Wesley, “El Señor resucitó” (1739).
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
