Un ministerio que dura décadas: la perseverancia que nace del evangelio

¿Cómo es que Pablo siguió adelante durante décadas? ¿Qué motivó un ministerio tan inquebrantable? La respuesta está en Damasco.
Foto: Envato Elements

En el corazón de la India, en una región marcada por la pobreza y la geografía difícil, nació una historia que es sinónimo de una determinación sobrehumana: la vida del campesino Dashrath Manjhi. Un día, mientras su esposa intentaba llevarle comida y agua a través de un estrecho y peligroso sendero en una colina, resbaló y sufrió heridas de gravedad. El hospital más cercano estaba a solo un kilómetro de distancia en línea recta, pero una inmensa formación rocosa bloqueaba el paso. Para llegar allí, era necesario rodear la montaña en un trayecto tortuoso de 70 kilómetros. Debido a esta barrera física, su esposa no llegó a tiempo y falleció.

Cualquier otra persona se habría hundido en la desesperación o el resentimiento. Manjhi, sin embargo, tomó una decisión que sus vecinos calificaron de locura: tomó un martillo y un cincel, y se propuso picar la montaña él solo para que nadie más tuviera que sufrir el mismo destino. Durante veintidós años, bajo el sol abrasador, en medio de hambrunas y burlas constantes, Manjhi continuó golpeando la piedra. Finalmente, después de más de dos décadas de esfuerzo inquebrantable, logró abrir un camino de solo un kilómetro a través de la roca sólida.

Esta deuda de amor ilustra la perseverancia cristiana. Los seguidores de Jesús hemos recibido una comisión: una tarea de abrir camino para el mensaje de Dios en un mundo que a menudo es tan duro y resistente como la roca. Sin embargo, la gran pregunta para cualquier persona que intenta vivir con propósito es: ¿cómo evitar que el ánimo se apague después de tanto tiempo?  ¿De dónde sale la fuerza para seguir golpeando la piedra cuando los años pasan y las fuerzas flaquean?

Los seguidores de Jesús hemos recibido la comisión de abrir camino para el mensaje de Dios en un mundo difícil. / Foto: Lightstock

Para responder a esta pregunta, podemos observar la vida del apóstol Pablo. Al igual que nosotros, él recibió una comisión el día en que Jesús lo detuvo en el camino a Damasco (Hch 9). En aquel encuentro sobrenatural, Pablo no solo recibió el perdón de sus pecados, sino un llamado que definiría el resto de sus días. Dios lo designó como un instrumento para que anunciara el nombre de Cristo a todos los hombres, tal como Jesús le dijo a Ananías: “Ve, porque él es Mi instrumento escogido, para llevar Mi nombre en presencia de los gentiles, de los reyes y de los israelitas; porque Yo le mostraré cuánto debe padecer por Mi nombre” (Hch 9:15-16). Esta tarea de abrir camino entre naciones paganas y culturas hostiles se convirtió en su montaña personal.

Sobrevivir a toda costa

Hay un momento clave en la vida de Pablo que nos muestra su perseverancia. En Hechos 22, encontramos al apóstol en una situación límite: está en Jerusalén, rodeado por una multitud que intenta lincharlo y bajo la custodia de soldados romanos. Los judíos lo acusan de despreciar la ley de Moisés y sus tradiciones religiosas. Antes de que se lo lleven arrestado, él le pide al comandante romano que le permita defenderse frente al pueblo.

En su discurso, afirma que él no odia a los judíos, pues él mismo fue un importante fariseo formado bajo el prestigioso Gamaliel. Para explicar su cambio de rumbo, narra su famosa conversión, el momento en que cae del caballo camino a Damasco. Cuando Pablo narra aquí este suceso, han transcurrido aproximadamente 25 años desde aquel día. Pablo ya no es un joven movido por la euforia de su primer encuentro con Jesús; es un veterano que, tras un cuarto de siglo de naufragios, azotes y rechazos, sigue dándole a la “piedra” con el mismo cincel.

En Hechos 22, Pablo está en Jerusalén, rodeado por una multitud que intenta lincharlo y bajo custodia romana. / Foto: Jhon Montaña

Resulta fascinante observar cómo Pablo está escapando con todas sus fuerzas de la muerte, con una intención que incluso parece no ser saludable. Su deseo de sobrevivir lo impulsa a hablar en griego para abordar al comandante y luego a dirigirse a la multitud en hebreo. Incluso después de su defensa, cuando la hostilidad persiste y los soldados se preparan para azotarlo, Pablo no se rinde ante la fatalidad, sino que utiliza su estatus legal como una armadura para protegerse (“¿Les es lícito azotar a un ciudadano romano sin haberle hecho juicio?”). Ante esto, surge la pregunta: “Bueno, ¿acaso no sería bueno que muriera como mártir? ¿Por qué insiste tanto en vivir?”.

La respuesta a esa insistencia por vivir se encuentra en la claridad de su meta: su carrera no terminaba en Jerusalén. Su objetivo no era el martirio apresurado, sino el cumplimiento de una comisión específica: “Después que haya estado [en Jerusalén], debo visitar también Roma” (Hch 19:21). Para el apóstol, cada recurso (desde su bilingüismo hasta su ciudadanía) es una herramienta para asegurar que el mensaje avance; no busca salvar su piel por comodidad, sino por fidelidad a una agenda que todavía tiene misiones pendientes por cumplir.

Para el apóstol Pablo, cada recurso era una herramienta para asegurar que el mensaje avance. / Imagen: Rembrandt

Esta actitud nos enseña que la perseverancia consiste en luchar por cada oportunidad para que el evangelio progrese. Pablo pudo haberse entregado al desánimo después de veinticinco años de hostilidad, pero su mirada estaba puesta en el destino que el Señor le había trazado y no en las dificultades del presente. Esta determinación de seguir adelante mientras hubiera aliento fue respaldada por la voz del mismo Cristo, quien le confirmó: “Ten ánimo, porque como has testificado fielmente de Mi causa en Jerusalén, así has de testificar también en Roma” (Hch 23:11).

Ahora, ¿qué fue lo que sostuvo a Pablo tanto tiempo? ¿Cuál es el secreto para perseverar frente a tanta hostilidad en el mundo? Para entenderlo, debemos volver al momento de su conversión.

El evangelio: el sustento del ministerio

La imagen central que atraviesa el relato de la conversión de Pablo es la de un hombre ciego que recupera la visión, una transformación que va mucho más allá de lo físico. Antes de su encuentro con Jesús, Pablo (conocido entonces como Saulo) creía ser una persona perfecta y justa porque cumplía rigurosamente todas las normas de su religión. Estaba tan convencido de su propia “bondad” y rectitud que perseguía violentamente a quienes seguían a Jesús, creyendo que con ello servía a Dios. En términos espirituales, Saulo estaba ciego; poseía una gran cantidad de información religiosa, pero era incapaz de ver la verdad sobre su propia condición.

La conversión de Pablo muestra a un ciego que recupera la vista, reflejando una transformación más allá de lo físico. / Foto: Lightstock

Su transformación comenzó de manera drástica en el camino hacia la ciudad de Damasco, cuando una luz cegadora proveniente del cielo lo rodeó repentinamente, derribándolo al suelo. En ese momento, escuchó una voz que lo cuestionaba directamente por su persecución, identificándose como Jesús el Nazareno. Esta experiencia lo dejó físicamente ciego, obligándolo a ser llevado de la mano hacia la ciudad. Dios envió entonces a un hombre llamado Ananías para que orara por él, le devolviera la vista y le entregara un mensaje: el Dios de sus antepasados lo había designado para que viera al “Justo” (Hch 22:14) y oyera Su palabra. Este “Justo” era Jesús mismo, el único que vivió una vida de perfección absoluta.

Para alguien que empieza a explorar la fe cristiana, “ver a Jesús” implica comprender la necesidad profunda de ser restaurado desde el interior. El pecado no es una simple falta de modales, sino una rebelión interna que nos deja en una condición de impureza y deuda ante un Dios que es santo. Al recuperar la vista espiritual, Pablo comprendió que, a pesar de toda su trayectoria religiosa y su celo por la ley, él era en realidad un hombre cuya maldad lo hacía estar corrompido.

Esta realidad nos lleva al núcleo del mensaje que transformó a Pablo: el lavamiento de los pecados por medio de la persona de Jesús. La Biblia explica que no somos aceptados por Dios por acumular buenas obras, sino por una intervención divina que limpia nuestra historia. El mensaje que Pablo recibió por medio de Ananías fue contundente: “Levántate y bautízate, y lava tus pecados invocando Su nombre” (Hch 22:16). Aquí reside la diferencia fundamental entre una religión de reglas y el cristianismo: mientras la primera exige un desempeño humano que nunca es suficiente, el cristianismo ofrece una limpieza total basada en el nombre de Aquel que murió y resucitó para vencer la muerte y el pecado.

Comprender que hemos sido limpiados de esta manera nos impulsa a vivir para la gloria de Aquel que nos rescató de la muerte. Al ver al “Justo” que nos lavó, nace una motivación que nos empuja a seguir adelante con la comisión de llevar esa misma salvación al mundo entero, proyectándonos hacia las misiones y la plantación de nuevas iglesias. Dar gloria a Dios por nuestra limpieza es el combustible real que permite al creyente mantenerse firme frente a los obstáculos por décadas, pues si tenemos un evangelio que limpia los pecados, es imposible permanecer en silencio. Vivir para Su gloria significa confiar en que Él proveerá lo necesario para completar la carrera, encontrando un porqué para vivir que es infinitamente más fuerte que cualquier montaña.

La Biblia explica que no somos aceptados por Dios por acumular buenas obras, sino por una intervención divina que limpia nuestra historia. / Foto: Pexels

Cerca de Jesús por décadas

Incluso la asombrosa historia de Dashrath Manjhi se queda pequeña frente a la magnitud de nuestra tarea espiritual. Mientras que el amor humano impulsó a un hombre a picar una montaña por veintidós años, la comisión que hemos recibido de parte de Jesús exige una fuerza que trasciende por completo cualquier esfuerzo natural. Debemos ser honestos: nuestra fuerza de voluntad no será capaz de llevarnos a ningún lado en el largo plazo ministerial. Para no tirar la toalla, necesitamos una fuerza sobrehumana, aún más grande que la de aquel campesino de la India: necesitamos el poder de Aquel que nos rescató de la muerte.

Al final del camino, para que podamos pronunciar con la misma convicción que Pablo aquellas palabras: “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe” (2Ti 4:7), necesitaremos haber pasado décadas enteras alimentando nuestra alma con el evangelio. Esa declaración no es el fruto de una pasión pasajera. No es nuestra mucha energía del comienzo la que nos sostiene hasta el final, sino la realidad de que Cristo, el Justo, lavó nuestros pecados y pagó la deuda que nosotros no podíamos costear. Solo si el evangelio de este sacrificio gratuito es nuestro combustible diario, tendremos la fuerza para continuar golpeando la roca hasta que, por Su gracia, hayamos completado la misión que se nos ha trazado.

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David Riaño

David Riaño es editor general de BITE Project. Es parte del equipo plantador de la Iglesia Familia Fiel en Cajicá, donde también sirve en ministerios de enseñanza. Es Licenciado en Filología Inglesa y Magíster en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia. Disfruta tomar café y ver series con su esposa Laura.

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